El café de la vida Capítulo 20
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Capítulo 20

Tardo dos semanas en decidir cómo hacerlo. No porque no sepa lo que quiero hacer sino porque la diferencia entre saber lo que quieres y saber cómo hacerlo bien es la diferencia entre ganar y perder, y yo no pierdo. No en esto.

El problema no es encontrar a Hermione. Eso ya está hecho.

El problema es el después, que es siempre la parte que la gente descuida cuando está demasiado ocupada con el antes.

Qué pasa cuando llego a Wisteria Hollow.

Qué pasa cuando la veo. Qué pasa con Jamie, que está ahí en medio sin saber que está en medio de nada.

Jamie es una variable que hay que manejar con cuidado.

No porque me importe Jamie en particular sino porque Jamie conoce a la gente del pueblo y la gente del pueblo conoce a Hermione, o a quien sea que Hermione sea ahora en ese lugar, y un movimiento en falso convierte una situación manejable en algo que no lo es.

Así que pienso. Tomo notas en un cuaderno que guardo en el cajón de la mesilla y que no tiene ninguna otra cosa escrita porque no soy de los que escriben sus pensamientos, pero esto requiere orden y el orden a veces necesita papel.

Llego a Wisteria Hollow como el primo de luto que necesita cambiar de aires. Eso ya está establecido, Jamie lo espera, la historia es coherente y simple y no requiere mantenimiento porque las historias simples son las que mejor funcionan. Paso unos días. Conozco el pueblo. La veo.

Y entonces decido.

* * *

El vuelo a Portland lo reservo para un lunes de la primera semana de diciembre. Desde Portland alquilo un coche. El trayecto hasta Wisteria Hollow son poco más de dos horas por carretera costera, según el mapa, y llego a media tarde.

Hago la maleta el domingo por la noche con la misma metodología de siempre.

Lo necesario, nada más. No soy de los que llevan demasiado equipaje porque el equipaje innecesario dice cosas sobre la persona que lo lleva, dice que no confía en poder conseguir lo que necesita cuando lo necesita, y yo siempre confío en eso.

Mientras doblo la ropa pienso en la última vez que vi a Hermione.

No la noche del recibidor, eso no lo considero la última vez porque esa noche ella todavía era Hermione y lo que ocurrió fue parte de una dinámica que llevaba tres años establecida.

La última vez real fue esa mañana de lunes, cuando bajé a las ocho y cuarto y ella estaba en la cocina con la taza entre las manos y el zumo en el vaso correcto y la expresión adecuada en la cara.

O lo que yo creí que era la expresión adecuada.

Ahora sé que no lo era. Ahora sé que esa mañana, mientras yo desayunaba y leía el periódico y le decía que tenía ojeras y que durmiera mejor, ella ya sabía que era el último martes.

Que esa misma noche iba a estar sentada en el baño pequeño con el portátil y el plan completamente formado y listo para ejecutar.

No siento admiración por eso. Pero sí reconocimiento.

Reconozco la capacidad de sostener una cosa en la cabeza durante meses sin que se note en la cara, de funcionar con normalidad en la superficie mientras por dentro algo completamente diferente está ocurriendo.

Es una capacidad que yo mismo tengo y que no esperaba encontrar en ella.

Error mío. No volverá a ocurrir.

* * *

Llamo a Jamie el viernes para confirmar la visita. Contesta al segundo tono, que dice algo sobre la manera en que Jamie lleva el teléfono, siempre a mano, siempre disponible, el tipo de persona para quien perder una llamada sería una pequeña negligencia.

​—​      Adrian. ¿Sigues en pie lo de venir?

​—​      El lunes —digo—. Llego por la tarde. Si no es buena fecha puedo ajustar.

​—​      No, el lunes está bien. ¿Tienes dónde quedarte o necesitas que pregunte por alojamiento?

​—​      He visto que hay una casa de huéspedes en el pueblo.

​—​      Los Turner. Acaban de abrir, son buena gente. Puedo llamarles si quieres.

​—​      No hace falta, yo me ocupo. No quiero darte trabajo.

​—​      No es trabajo —dice Jamie, con esa naturalidad suya que he identificado en las pocas veces que hemos hablado, esa manera de ofrecer cosas como si ofrecerlas no le costara nada porque genuinamente no le cuesta—.

Oye, hay un café en el pueblo que abre los lunes.

La dueña se llama Priscila y hace la mejor tarta de manzana de Maine. Te llevo el primer día si quieres.

Hay algo casi irónico en eso, en que Jamie me proponga llevarme al café donde está Hermione como si fuera el plan más natural del mundo. No lo sabe, por supuesto. No sabe nada. Y esa inocencia suya, que en otro contexto podría resultarme ingenua, ahora simplemente me resulta conveniente.

​—​      Me parece bien —digo.

​—​      Perfecto. El lunes entonces. Y Jamie, de verdad, lo siento mucho. Lo de tu mujer. Si necesitas hablar o simplemente no estar solo un rato, aquí estoy.

Lo dice con esa sinceridad que tienen las personas que no han aprendido todavía que ofrecer ese tipo de cosas tiene un coste.

​—​      Gracias —digo—. Eso significa mucho.

Cuelgo. Dejo el teléfono en la mesilla junto al cuaderno con las notas.

Me quedo sentado en el borde de la cama un momento mirando el apartamento, ese apartamento grande y silencioso que Hermione llenó durante tres años con una presencia que yo no valoré en su justa medida hasta que desapareció, no porque la echara de menos exactamente sino porque su ausencia ha dejado al descubierto ciertas ineficiencias en mi vida cotidiana que no había anticipado.

El lunes.

Wisteria Hollow.

Hermione lleva casi dos meses construyendo algo en ese pueblo.

Ha hecho amigos, ha establecido rutinas, ha empezado a sentirse segura.

Lo sé porque la gente que huye de algo y encuentra un sitio donde esconderse siempre llega a ese punto en algún momento, el punto en que bajan la guardia porque el miedo se va volviendo abstracto con el tiempo y la vida cotidiana va llenando los espacios que el miedo dejaba.

Es el peor momento para bajar la guardia.

Pero ella no lo sabe.

Y el lunes voy a estar ahí.