El café de la vida Capítulo 19
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Capítulo 19

Hay una mañana, un jueves de finales de noviembre, en que me levanto y lo primero que pienso no es en Adrian.

No pienso en el crujido del escalón ni en el vaso correcto ni en medir el espacio que ocupo.

Me levanto, abro la ventana un momento para ver cómo está el día, hace frío y el cielo está despejado y la calle adoquinada tiene una capa fina de escarcha que la hace brillar un poco bajo la luz de primera hora, y lo primero que pienso es que hoy va a ser un buen día.

Es un pensamiento tan simple que casi me sorprende tenerlo.

Me quedo un momento en la ventana con el frío entrando y ese pensamiento nuevo dando vueltas, intentando recordar cuándo fue la última vez que me levanté sin que lo primero fuera calcular el humor de otra persona o anticipar lo que podía salir mal.

No lo recuerdo con precisión. Hace mucho.

Quizás tanto que en realidad nunca fue un hábito sino solo un momento suelto que no supe apreciar porque entonces no sabía que era algo que podía perderse.

Cierro la ventana. Me preparo para bajar al café.

Hoy va a ser un buen día.

* * *

Y lo es. No de manera extraordinaria, no pasa nada especial que justifique llamarlo así, pero hay días que son buenos simplemente porque todo lo que tiene que pasar pasa a su ritmo sin que nada se tuerza ni se complique.

El café se llena a la hora del desayuno con la gente de siempre y algún turista rezagado que se ha atrevido con Maine en noviembre y que mira el local con esa expresión de quien acaba de encontrar algo que no esperaba encontrar.

Priscila está de buen humor, que es su estado habitual pero que hoy tiene algo extra, algo más luminoso, y se mueve por el café con esa energía suya que contagia sin que uno se dé cuenta hasta que ya lo ha cogido.

Dorothy entra a media mañana y se sienta en la barra y pedimos las dos un café y hablamos un rato de un libro que ella ha recibido esta semana y que según sus propias palabras es de esos que te cambian la manera de ver una cosa concreta, no la vida entera, sino una cosa concreta, que es el tipo de libro que más le gusta a ella.

​—​      ¿Cuál? —le pregunto—. ¿Qué cosa concreta te cambia?

​—​      La manera de escuchar —dice—. Hay un capítulo entero sobre la diferencia entre escuchar para responder y escuchar para entender. Parece obvio dicho así pero no lo es cuando lo lees.

Me quedo pensando en eso mientras ella termina el café y se va, con ese paso suyo de siempre, decidido y sin prisa a la vez.

Escuchar para entender. Pienso en cuántas conversaciones he tenido en mi vida en que nadie escuchaba para entender, en que las palabras eran piezas de un juego cuyas reglas solo conocía una persona, y en lo diferente que es esto, este pueblo, estas personas, que escuchan de verdad y preguntan de verdad y no usan lo que les cuentas para nada que no sea simplemente conocerte un poco mejor.

Es una diferencia que todavía me sorprende cuando la noto.

* * *

Por la tarde, cuando el café se calma, Jamie viene con la chaqueta de lana y una bufanda nueva, de un azul oscuro que le queda bien aunque probablemente no lo sabe, y se sienta en el taburete de la barra con ese aire suyo de quien llega a un sitio donde sabe que es bienvenido.

​—​      Hoy tienes buena cara —dice, cuando me mira.

​—​      ¿Hoy especialmente? —digo.

​—​      Hoy especialmente.

No sé qué responder a eso así que no respondo nada y le preparo el café, y él lo acepta con esa media sonrisa suya y no añade nada más, que es su manera de decir algo y dejarlo ahí sin exigir que se recoja.

Hablamos un rato de cosas pequeñas. De que los Turner han abierto la casa de huéspedes y ya tienen dos reservas para diciembre.

De que el ayuntamiento ha empezado con los adoquines de la calle sur antes de lo previsto y que el ruido de la mañana es considerable.

De que Dorothy ha organizado un club de lectura los jueves por la noche en la librería y que Priscila ya se ha apuntado.

​—​      ¿Tú vas? —le pregunto.

​—​      No soy muy de clubes de lectura.

​—​      ¿Por qué?

​—​      Porque me gusta leer solo y pensar solo y no tener que defender lo que pienso ante un grupo de personas que probablemente piensan lo contrario.

Me río. Ese sonido que ya no me sorprende tanto cuando sale.

​—​      Eso es exactamente lo que es un club de lectura —digo.

​—​      Ya. Por eso no voy.

Hay algo en ese intercambio tan normal y tan sin importancia que sin embargo me quedo con él, lo guardo en algún sitio, no sé exactamente por qué.

Quizás porque es el tipo de conversación que no tiene ningún peso y que precisamente por eso pesa, porque hablar de algo sin que importe lo que dices es un lujo que no tuve durante mucho tiempo.

Antes de irse Jamie se queda un momento con la taza vacía entre las manos, mirándola.

​—​      Puede que venga alguien a visitarme la semana que viene —dice, sin aparente énfasis—. Un primo. No nos vemos hace años.

​—​      ¿Bien o mal? —pregunto, que es la pregunta que se hace cuando alguien dice que viene una visita con ese tono neutro que podría ser cualquier cosa.

​—​      Neutral, supongo. No lo conozco demasiado. Ha pasado por un momento difícil, perdió a su mujer hace poco, y dice que necesita cambiar de aires.

Asiento. No digo nada más porque no hay nada más que decir, es una situación que se entiende sola y que no necesita comentario.

Jamie deja la taza, se pone la chaqueta, se despide con ese gesto suyo de siempre, una inclinación de cabeza breve que con el tiempo he aprendido que significa más de lo que parece.

La puerta se cierra.

Me quedo mirando la taza vacía en la barra.

Pienso en esa persona, el primo de Jamie, que ha perdido a su mujer y que viene a un pueblo pequeño de Maine a cambiar de aires.

Pienso en que el dolor te lleva a veces a los sitios más inesperados, en que Wisteria Hollow tiene esa cualidad de recibir a la gente que necesita un lugar sin hacerles demasiadas preguntas.

No pienso en nada más que eso.

No tengo razones para pensar en nada más que eso.

* * *

Esa noche llamo a mi madre.

Es la primera vez que la llamo desde que llegué al pueblo.

Le había mandado un mensaje hace semanas, uno corto, solo para que supiera que estaba bien, sin decirle dónde ni por qué, y ella había respondido con cuatro palabras, te quiero, cuídate, que era todo lo que podía decir sin tener más información y que era también todo lo que yo necesitaba escuchar en ese momento.

Ahora marco su número y espero y cuando contesta hay un segundo de silencio antes de que diga mi nombre, no Wren, mi nombre de verdad, el que llevo toda la vida, y ese sonido después de tanto tiempo hace algo raro en el pecho, algo que no es exactamente dolor pero que se le parece y que también es otra cosa, algo más parecido al alivio.

​—​      Hola, mamá —digo.

​—​      Hola, cariño —dice ella.

Y durante un rato, en el cuarto pequeño con el edredón de flores y la ventana con vistas a la calle nevada, simplemente hablamos. No de todo, no todavía, pero de algo. De que estoy bien. De que estoy en un sitio bueno. De que la echo de menos más de lo que creía.

Ella no me pregunta dónde estoy. Quizás lo hará otro día. Por ahora solo escucha, y escucha de esa manera que Dorothy diría que es escuchar para entender, y eso es suficiente.

Cuando cuelgo me quedo un momento con el teléfono en la mano y el cuarto en silencio y la calle nevada fuera, y pienso que hoy ha sido un buen día.

Lo pienso sin sorpresa esta vez.

Como si ya fuera una posibilidad real.