Capítulo 18
No soy de los que le dan muchas vueltas a las cosas.
O lo intento, al menos. Hay personas que procesan todo hacia dentro durante días y hay personas que lo dejan estar y esperan a ver qué pasa, y yo soy más de lo segundo, no por falta de profundidad sino porque la experiencia me ha enseñado que darle vueltas a algo que todavía no tiene forma definida suele ser una pérdida de tiempo y de sueño.
Pero la noche de la tormenta la llevo dando vueltas desde hace días y no parece que vaya a parar pronto.
No es que haya pasado nada. Eso es lo raro.
Una sopa, una chimenea, una conversación que fue más lejos de lo habitual, y ella diciéndome que todavía no sabe quién es pero que cree que lo está averiguando, con esa honestidad suya que aparece de vez en cuando sin avisar y que siempre me coge un poco desprevenido porque no es lo que esperas de alguien que lleva semanas construyendo distancias con la misma dedicación con que otros construyen puentes.
Cuando la acompañé a la puerta del café y nos despedimos en la calle con la nieve crujiendo y el aliento visible en el aire frío, hubo un momento, brevísimo, en que ninguno de los dos dijo nada y el silencio tuvo una forma muy concreta, una forma que reconozco aunque haga tiempo que no la había visto.
No hice nada con ese momento. Lo dejé estar.
Creo que fue lo correcto. Casi seguro que fue lo correcto.
* * *
El miércoles por la mañana estoy revisando el inventario de la taberna cuando suena el teléfono. Número desconocido, prefijo de Chicago. Lo cojo con la mitad de la atención puesta todavía en la lista de pedidos.
— ¿Jamie?
Tardo un segundo en ubicar la voz. Hace años que no la escucho y en ese tiempo ha cambiado poco, sigue teniendo esa cadencia suya de hombre que habla despacio porque sabe que lo que dice va a escucharse de todas formas.
— Adrian —digo.
— El mismo. ¿Cómo estás?
— Bien. Sorprendido. No sabía que tenías mi número.
— Lo tengo de la reunión familiar de Boston. —Una pausa breve—. Hace tiempo que no hablamos.
— Seis años, más o menos.
— Más o menos. —Hay algo en su tono que no es exactamente cordial pero que lo imita bien—. He pensado en llamarte varias veces. No lo hacía porque el tiempo pasa y uno se descuida con estas cosas.
No sé qué responder a eso porque es verdad pero también es una verdad que ninguno de los dos ha hecho nada por cambiar, así que me quedo callado un momento y dejo que él siga.
— He pasado por un momento difícil —dice—. Perdí a mi mujer hace unas semanas. Un accidente.
Me quedo quieto con el teléfono en la mano.
— Lo siento mucho —digo, y lo digo en serio porque independientemente de lo poco que conozco a Adrian, perder a alguien así no es algo que se reciba con indiferencia—. No lo sabía.
— No es algo que uno anuncie. —Otra pausa, más corta—. Estoy intentando retomar el contacto con gente. Con familia, sobre todo. Supongo que estas cosas te hacen pensar en lo que importa.
— Sí —digo—. Entiendo eso.
Pienso en mi padre. En esos primeros meses después de perderle, en cómo el mundo se reordena solo cuando algo así ocurre, en cómo de repente ciertas cosas pesan diferente.
— ¿Cómo está el pueblo? —pregunta Adrian, y el cambio de tema es tan natural que no me llama la atención en el momento—. Wisteria Hollow, ¿verdad?
— Sí. Bien. Igual que siempre, que es lo mejor que puede decirse de un sitio como este.
— Me alegra oír eso. —Y luego, con esa misma calma—. Oye, puede que me pase por allí en algún momento. Necesito salir de Chicago una temporada, cambiar de aire. Y tengo familia allí, al fin y al cabo.
— Cuando quieras —digo, porque es lo que se dice, porque es lo correcto decirlo—. El pueblo es pequeño pero tiene su encanto en invierno.
— Ya me lo imagino. —Hay algo en su voz que no sé ubicar del todo, algo demasiado tranquilo quizás, pero lo atribuyo al duelo, a esa manera en que el dolor a veces aplana el tono de la gente—. Cuídate, Jamie.
— Tú también. Y de nuevo, lo siento mucho. Lo de tu mujer.
— Gracias.
Cuelga. Me quedo un momento con el teléfono en la mano mirando la lista de pedidos sin verla.
* * *
Priscila está en el café cuando paso por allí a mediodía. Wren ha salido a hacer un recado y somos solo ella y yo en la barra, que es una situación que Priscila suele aprovechar para decirme cosas que prefiere decir sin testigos.
Le cuento lo de la llamada de Adrian. No sé por qué lo cuento, no era mi intención al entrar, pero Priscila tiene esa manera de estar que hace que las cosas salgan solas.
Me escucha sin interrumpir, con la taza de té entre las manos y esa expresión suya de atención total que a veces resulta un poco incómoda porque sabes que no se le escapa nada.
— ¿Y qué te pareció? —dice, cuando termino.
— No sé. Raro, un poco. No hemos hablado en seis años y de repente llama para decirme que ha perdido a su mujer y que igual viene a visitarme.
— ¿Lo conoces bien?
— Apenas. Lo he visto cuatro o cinco veces en mi vida. Es el tipo de primo que existe en la familia pero con el que no tienes relación real.
Priscila asiente despacio, mirando su té.
— ¿Cómo se llamaba su mujer? —dice.
— No lo sé. No me lo ha dicho y yo no he preguntado.
Silencio. Priscila sigue mirando el té con esa expresión que a veces tiene de estar calculando algo que todavía no tiene suficientes piezas para calcular.
— Qué pena —dice al final, en voz baja.
Y no sé si habla de la mujer de Adrian o de otra cosa, y no le pregunto porque en ese momento entra Wren por la puerta con las mejillas rojas del frío y una bolsa de la tienda de comestibles, y la conversación se queda donde está, a medias, con ese peso particular de las cosas que no se terminan de decir.
Wren nos mira a los dos.
— ¿Qué pasa? —dice.
— Nada —dice Priscila, con una sonrisa que llega primero a los ojos—. Jamie nos estaba contando que tiene familia que viene de visita.
— Puede que venga —la corrijo—. No es seguro.
— Claro —dice Priscila.
Wren deja la bolsa en la barra y empieza a colocar cosas en el almacén y yo me termino el café y me voy, y en todo el camino de vuelta a la taberna no consigo quitarme de encima esa sensación vaga e imprecisa de que algo no encajaba del todo en esa llamada, algo que no sé nombrar pero que está ahí, como una palabra que tienes en la punta de la lengua y que no termina de salir.
Lo dejo estar.
O lo intento.