El café de la vida Capítulo 17
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Capítulo 17

Hay cosas que cambian sin que haya un momento exacto en que puedas decir aquí, fue aquí.

La noche de la tormenta es una de esas cosas.

No ha pasado nada que pueda contarse como un evento, no hay nada que señalar con el dedo y decir esto lo cambió todo.

Solo una sopa, una chimenea, una conversación que llegó más lejos de lo que ninguno de los dos había planeado, y esa frase suya que sigo escuchando de vez en cuando sin buscarlo.

Eso es suficiente.

El problema, si es que es un problema, es que ahora noto su ausencia de otra manera.

Antes cuando Jamie no venía al café simplemente no venía, era un dato neutro, como que lloviera o no lloviera.

Ahora cuando no viene hay algo en el aire del local que es diferente, algo que no sé nombrar bien pero que está ahí, como cuando quitaras un mueble de una habitación y el espacio que deja tuviera una forma propia.

No me gusta notar eso. O sí me gusta y eso es precisamente lo que no me gusta.

No sé. Las dos cosas a la vez, que es la respuesta más honesta aunque sea la más incómoda.

* * *

Esta mañana Priscila me ha enseñado a hacer la tarta de arándanos. La de verdad, no la versión rápida que uso cuando hay prisa, sino la que ella hace los domingos y que huele de una manera que hace que la gente entre al café desde la calle sin saber muy bien por qué ha entrado.

Hemos estado casi dos horas en la cocina.

Priscila explica las cosas de una manera muy suya, sin medir las cantidades con demasiada precisión, un poco de esto, cuando la masa tenga esta textura, cuando el olor cambie sabrás que es el momento.

Al principio me ponía nerviosa esa imprecisión porque yo estoy acostumbrada a seguir instrucciones exactas, a no improvisar, a no fiarme de mi propio criterio para decidir cuándo algo está listo.

Pero Priscila lo dice con tanta seguridad que al final simplemente lo intento.

​—​      Bien —dice, cuando saco la tarta del horno—. Eso es.

La dejamos enfriar en la encimera y Priscila se prepara un té y yo me preparo un café y nos quedamos las dos de pie en la cocina en ese silencio de las mañanas tranquilas que ya es familiar.

​—​      ¿Cómo estás? —me pregunta, de repente.

La miro. No es una pregunta de cortesía, con Priscila nunca lo es.

​—​      Bien —digo, y luego, porque con ella las respuestas de una sílaba no suelen ser suficientes y ella lo sabe y yo lo sé—. Mejor que hace un mes. Mejor que hace dos.

Asiente despacio, como si eso le pareciera la respuesta correcta.

​—​      ¿Tienes miedo de algo? —dice.

Me quedo quieta un momento con la taza entre las manos.

​—​      De varias cosas —digo al final.

​—​      Normal. —Lo dice sin dramatismo, como si el miedo fuera simplemente parte del paisaje y no hubiera ninguna razón para asustarse de él—. El miedo no desaparece de golpe. Va cambiando de tamaño.

No le pregunto cómo lo sabe. Hay cosas en Priscila que están ahí, en la manera en que dice ciertas frases, que sugieren que ella también ha tenido que aprender a medir el tamaño de sus propios miedos en algún momento.

Pero no me lo ha contado y yo no se lo he preguntado, que es el trato no verbal que tenemos y que funciona precisamente porque ninguna de las dos lo ha roto.

​—​      La tarta está bien —dice entonces, cambiando el tono sin aviso, que es otra de sus maneras—. Puedes hacerla tú el próximo domingo.

Es la primera vez que me confía algo así sin estar ella delante. Es un gesto pequeño pero no lo es, y las dos lo sabemos.

— De acuerdo —digo.

* * *

Por la tarde, cuando el café se vacía, me siento en la mesa del rincón con el libro de poemas y lo abro por una página al azar, que es una manera de leer que nunca había probado y que aquí, en este pueblo, con este libro, parece funcionar.

El poema que me toca habla de una mujer que aprende a vivir en una casa nueva después de mucho tiempo viviendo en una que no era suya.

No lo dice exactamente así, lo dice de otra manera, con metáforas y con imágenes que al principio no entiendo del todo, pero hay una línea hacia el final que sí entiendo, que entiendo de una manera muy concreta y un poco inesperada.

Dice algo sobre aprender a dejar la luz encendida sin pedir permiso.

Me quedo mirando esa línea un buen rato.

Pienso en cuántas veces en el apartamento de Chicago apagué luces que no necesitaba apagar, reducí el brillo de la pantalla del portátil, bajé el volumen de algo que estaba escuchando, no porque molestara sino porque ocupar espacio, hacer ruido, existir con cierta presencia, era algo que había aprendido a hacer con permiso o no hacerlo.

Aquí duermo con la luz de la mesilla encendida todas las noches. Nadie me ha dicho nada. Nadie me va a decir nada.

Es una cosa tan pequeña y sin embargo.

* * *

Jamie viene al día siguiente, un martes, a su hora de siempre. Entra, cuelga la chaqueta, se sienta en el taburete de la barra. Normal, igual que siempre, como si la noche de la tormenta no hubiera ocurrido o como si hubiera ocurrido y no necesitara ningún comentario especial.

No sé cuál de las dos opciones es.

Le preparo el café. Lo dejo delante de él. Él lo coge con las dos manos y me mira.

​—​      ¿Cómo estás? —dice.

Es la misma pregunta que me ha hecho Priscila esta mañana y sin embargo suena diferente, tiene un peso diferente, y yo tardo un segundo más de lo normal en responder.

​—​      Bien —digo—. ¿Y tú?

​—​      Bien.

Silencio. Pero no el silencio de antes, el que yo llenaba con tazas y trapos y cosas que hacer con las manos. Este es otro silencio, más tranquilo, más consciente de sí mismo, el silencio de dos personas que ya no necesitan llenarlo para demostrar que están cómodos.

​—​      La tarta de hoy es tuya —digo, después de un momento.

Me mira.

​—​      ¿La has hecho tú?

​—​      Priscila me ha enseñado.

Hay algo en su cara que no es exactamente orgullo pero que se le parece, y que me llega de una manera que no había anticipado.

​—​      Entonces me pido un trozo —dice.

Se lo sirvo. Se lo come despacio, mirando por la ventana la calle de noviembre, y cuando termina deja el tenedor en el plato y dice, sin girarse:

​—​      Está muy buena.

​—​      Ya —digo, intentando que no se me note demasiado que me alegra.

No lo consigo del todo. Y Jamie, que nota las cosas, lo nota, y tiene la delicadeza de no decir nada al respecto.

Lo cual, viniendo de él, es exactamente lo correcto.