El café de la vida Capítulo 16
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Capítulo 16

Karen Smith llama un jueves por la mañana.

Estoy en una reunión cuando suena el teléfono y lo dejo ir al buzón de voz, pero en cuanto la reunión termina salgo al pasillo y escucho el mensaje antes de hacer ninguna otra cosa.

Karen Smith no llama sin tener algo concreto que decir.

Eso lo aprendí la primera vez que trabajamos juntos y sigue siendo verdad.

El mensaje dura cuarenta y dos segundos. Lo escucho dos veces.

Después la llamo.

​—​      Cuéntame —digo, cuando contesta.

​—​      El foro. —Karen habla siempre directamente, sin preámbulos—.

Encontré actividad en un foro privado de los que no aparecen en búsquedas normales.

Hay un perfil creado hace aproximadamente ocho meses con un nombre que no es el de tu mujer pero desde el dispositivo que ya identificamos, el portátil de segunda mano.

Las conversaciones están parcialmente borradas pero recuperé fragmentos.

Habla de empezar de nuevo en algún sitio pequeño.

Menciona un café. Menciona a alguien llamado Priscila.

No digo nada durante un momento.

​—​      ¿Priscila qué más? —digo.

​—​      Solo el nombre. Pero con eso y con los movimientos en efectivo que ya teníamos he podido rastrear algo más.

Hubo una transacción en una gasolinera de las afueras de Chicago la mañana del lunes, antes de que encontraran el coche.

En efectivo, imposible de rastrear directamente, pero la cámara de la gasolinera recogió a una mujer que encaja con la descripción de Hermione.

Sin el abrigo azul. Con una bolsa de deporte.

​—​      ¿Dirección de viaje?

​—​      Hacia el norte. Eso es lo que tengo por ahora.

Miro el pasillo vacío de la oficina. Un colega pasa al fondo con una taza de café y me hace un gesto de saludo que correspondo con una inclinación de cabeza antes de seguir con la llamada.

​—​      Sigue con Priscila —digo—. Nombre completo, localización, cualquier negocio registrado a ese nombre en estados del noreste. Y quiero saber en cuántos pueblos pequeños del noreste hay un café con ese nombre o con una dueña que se llame así.

​—​      Eso puede llevar tiempo.

​—​      Llévalo. Y cuando lo tengas llámame directamente.

Cuelgo. Guardo el teléfono en el bolsillo. Vuelvo a mi despacho, cierro la puerta, me siento.

* * *

Pienso en Jamie.

Es un pensamiento que aparece de manera lateral, sin que lo haya buscado exactamente, pero que tiene sentido en cuanto aparece.

Jamie Callahan, mi primo segundo, el hijo del primo de mi padre, ese vínculo de familia que en la práctica significa que nos hemos visto en quizás ocho o diez ocasiones a lo largo de nuestras vidas, en bodas y en funerales y en aquella reunión familiar de hace seis años en Boston.

Jamie vive en un pueblo pequeño de Maine. Lo sé porque es el tipo de dato que retengo sin esfuerzo, no porque me importe sino porque retener información sobre las personas de mi entorno es un hábito que tengo desde siempre y que rara vez resulta inútil.

Un pueblo pequeño de Maine.

Un café.

Alguien llamado Priscila.

Las probabilidades de que sean el mismo pueblo son bajas. Maine tiene muchos pueblos pequeños y muchos cafés y no hay ninguna razón lógica para que Hermione hubiera elegido precisamente ese. Ella no conocía a Jamie, nunca se habían visto, me había ocupado de que sus mundos no se cruzaran nunca.

Pero Hermione había planeado su desaparición durante meses con una meticulosidad que todavía estoy procesando. Y la gente que planea con esa meticulosidad no elige los destinos al azar.

No es una conclusión. Es una posibilidad.

No trabajo con conclusiones hasta que tengo pruebas. Pero las posibilidades las anoto, las guardo, las dejo desarrollarse solas.

Abro el ordenador. Busco el nombre de Jamie Callahan en Maine. Encuentro en menos de dos minutos la web de una taberna, The Hollow, en un pueblo llamado Wisteria Hollow, a veinte minutos de la costa.

Leo la página entera. Hay una sección de historia del local que menciona que la taberna lleva tres generaciones en la familia Callahan y que el actual propietario regresó al pueblo hace varios años después de estudiar en Boston.

Cierro el ordenador.

Espero a que Karen llame con el nombre completo de Priscila.

* * *

La llamada llega el viernes por la tarde. Estoy en el coche cuando suena, de vuelta a casa después de una cena de negocios que ha ido exactamente como tenía que ir.

​—​      Priscila Donahue —dice Karen—. Sesenta y dos años. Propietaria del Café de la Vida en Wisteria Hollow, Maine. Lleva el negocio desde hace veintidós años. Sin antecedentes, sin deudas, sin nada llamativo. Es el único café del pueblo.

Paro el coche en el arcén aunque falta poco para llegar a casa. Necesito un momento sin movimiento.

​—​      Wisteria Hollow —repito.

​—​      ¿Lo conoces?

​—​      Tengo un familiar que vive allí. —Lo digo con calma, sin énfasis—. ¿Hay algo más?

​—​      Una cosa. En las conversaciones recuperadas del foro, en uno de los fragmentos, la persona del perfil menciona que ha encontrado trabajo. Dice que va a empezar pronto. El mensaje es de hace aproximadamente seis semanas.

Seis semanas. Hermione lleva seis semanas en Wisteria Hollow.

Trabajando en el café de Priscila Donahue.

A veinte minutos de la taberna de Jamie Callahan.

​—​      Bien —digo—. Por ahora es suficiente. Te aviso si necesito algo más.

Cuelgo. Me quedo sentado en el coche aparcado en el arcén con el motor en marcha y las luces de Chicago al fondo.

No siento rabia. La rabia es una emoción ineficiente, cara en términos de energía y poco útil en términos de resultados. Lo que siento es algo más frío y más preciso, algo parecido a la satisfacción de quien lleva semanas buscando una pieza y acaba de encontrarla donde tenía que estar.

Hermione está viva.

Está en Wisteria Hollow, Maine, trabajando en un café, construyendo una vida con otro nombre en un pueblo que cree que nadie va a buscar.

Y Jamie Callahan está allí.

Jamie no sabe nada, eso es evidente. Es transparente de esa manera en que lo son las personas que no tienen nada que ocultar. Es un rasgo que siempre he encontrado un poco ingenuo pero que ahora me resulta útil.

Arranco el coche.

No hay prisa. La prisa es para la gente que no tiene el control de la situación, y yo tengo el control. Siempre lo he tenido, incluso cuando pensé durante unos días que lo había perdido.

Hermione lleva seis semanas construyendo algo.

Voy a decidir qué hacer con eso.