Capítulo 23
Lleva cuatro días en el pueblo y yo llevo cuatro días funcionando.
Es la única manera que tengo de describirlo, funcionando, porque no es vivir exactamente, es ejecutar los movimientos correctos en el orden correcto con la expresión adecuada en la cara, que es algo que aprendí a hacer durante tres años y que mi cuerpo recuerda aunque yo hubiera preferido olvidarlo.
Viene al café cada día con Jamie. Se sientan en la mesa junto a la ventana, que es la mesa de Jamie, y Priscila les lleva café y tarta y Adrian dice siempre algo amable sobre el local, sobre la tarta, sobre el pueblo, y Priscila responde con su naturalidad de siempre aunque yo noto, o creo notar, que algo en ella está más quieto de lo habitual, más observador.
Yo me quedo detrás de la barra.
Adrian no me habla directamente. No lo necesita.
A veces me mira cuando cree que no me doy cuenta, con esa mirada suya de inventario que yo conozco mejor que nadie, y yo finjo no verla y sigo con lo que estoy haciendo y por dentro algo se aprieta cada vez más, como una cuerda que se tensa despacio sin que nadie la suelte.
Por las noches no duermo. O duermo mal, en esos tramos cortos e irregulares en que la cabeza no se apaga del todo y los sueños tienen la textura confusa de las cosas que no terminan de resolverse.
Me levanto antes de que amanezca y me quedo sentada en la cama mirando la ventana oscura pensando en opciones, calculando, intentando encontrar una salida que no implique destruir todo lo que he construido aquí o poner en peligro a personas que no tienen nada que ver con esto.
No encuentro ninguna que me convenza.
Porque Adrian no ha hecho nada. Eso es lo más desesperante. Está aquí, en mi pueblo, en mi café, y no ha hecho nada que yo pueda señalar, nada concreto, nada que le diga a alguien lo que está pasando sin que suene a locura.
* * *
El jueves por la mañana Jamie llama para decir que va a llegar tarde al café porque tiene un problema con el proveedor, que Adrian irá antes y que lo atendemos mientras llega él.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirándolo un momento.
Priscila está en el almacén cuando llega Adrian. Entra sin prisa, como siempre, cuelga el abrigo, se sienta en la barra esta vez, no en la mesa de Jamie, y me mira con esa calma suya que durante tres años aprendí a leer como la calma que precede a algo.
El café está vacío. Es temprano y los clientes de la mañana todavía no han llegado.
— Hola, Wren —dice.
— Hola —digo—. ¿Lo de siempre?
— Lo de siempre.
Preparo el café con los movimientos automáticos de siempre, sin darle la espalda más de lo estrictamente necesario, con toda la atención puesta en él aunque estoy mirando la cafetera.
Dejo el café delante de él. Él no lo coge todavía.
— Estás bien —dice. No es una pregunta.
— Sí.
— Wisteria Hollow te sienta bien. —Una pausa breve—. El pelo más largo. Y ese nombre.
Me quedo quieta.
— Wren —dice, despacio, como si lo estuviera probando—. Es un pájaro pequeño. Muy discreto. Difícil de ver si no sabes dónde mirar.
No respondo. No puedo responder porque cualquier cosa que diga va a confirmar lo que él ya sabe, y cualquier cosa que no diga también.
— Hiciste un buen trabajo —dice, en el mismo tono de siempre, sin subir la voz ni un grado—. En serio. Mejor de lo que esperaba. Las retiradas en efectivo, el portátil, el foro. Muy meticuloso todo.
Escucho pasos en el almacén. Priscila va a salir en cualquier momento.
— ¿Qué quieres? —digo, en voz baja.
Me mira. Y en sus ojos no hay rabia ni frialdad ni ninguna de las cosas que yo habría esperado. Hay algo peor. Hay tranquilidad.
— Hablar —dice—. Solo hablar. Tú y yo, sin público. —Y añade, cuando escuchamos la puerta del almacén abrirse—. Esta tarde. Hay un camino junto al muelle. A las seis.
Priscila sale con una caja de servilletas y nos mira a los dos con esa expresión que tiene cuando llega a una habitación y nota que algo ha ocurrido en ella antes de que ella llegara.
— Buenos días, Adrian —dice.
— Buenos días, Priscila. —Coge la taza, sonríe—. Como siempre, un café extraordinario.
Priscila lo mira un segundo más de lo necesario y después me mira a mí y yo bajo los ojos a la barra y empiezo a limpiarla con el trapo aunque no necesita limpiarse.
* * *
Jamie llega una hora después, sin el problema del proveedor resuelto del todo pero con mejor humor del que esperaba.
Se sienta con Adrian y hablan de cosas del pueblo y yo los escucho desde la barra con ese desdoblamiento extraño de estar físicamente en un sitio y mentalmente en otro, calculando, midiendo, intentando entender qué quiere Adrian con esa reunión junto al muelle y si ir es más peligroso que no ir.
Antes de irse Jamie se acerca a la barra un momento, solo, mientras Adrian se pone el abrigo.
— ¿Estás bien? —dice, en voz baja.
Lo miro. Hay algo en su cara que me dice que lleva días con esa pregunta y que hoy ha decidido hacerla.
— Sí —digo—. Cansada. Dormí mal.
Me mira un segundo más. No se lo cree del todo, lo sé, Jamie no se cree las cosas a medias, pero tampoco insiste porque no tiene pruebas de nada y porque respeta los espacios, que es una de las cosas que más le agradezco en este momento y que también es lo que me impide decirle la verdad.
— Si necesitas algo —dice.
— Lo sé —digo—. Gracias.
Se va. La puerta se cierra. Priscila está en la cocina y el café se queda en silencio y yo me quedo de pie detrás de la barra mirando la calle de diciembre por la ventana.
Las seis de la tarde.
El camino junto al muelle.
Voy a ir. No porque quiera sino porque no ir sería peor, porque Adrian va a seguir aquí de todas formas y porque saber lo que quiere es mejor que no saberlo, que es una lección que aprendí durante tres años a costa de no aprenderla a tiempo.
Pero esta vez soy yo la que decide cuándo y cómo.
O eso me digo.