El café de la vida Capítulo 11
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Capítulo 11

Hay una rutina nueva instalándose en mis días y no sé exactamente cuándo ha ocurrido.

Lo noto esta mañana mientras preparo el café de las siete, mientras coloco las sillas que Priscila apila cada noche contra las mesas, mientras abro la puerta al frío de noviembre y dejo que el aire entre un momento antes de que lleguen los primeros clientes.

Es una rutina pequeña y mía, sin nadie que la supervise ni la corrija, y eso la hace distinta a cualquier rutina que haya tenido antes.

Priscila llega a las siete y cuarto con el pelo azul recogido en un moño todavía impreciso y un jersey de un verde intenso que en otra persona sería demasiado para esa hora de la mañana.

En ella es simplemente Priscila. Deja el abrigo en el gancho del almacén, se ata el delantal con esa eficiencia suya de quien lleva décadas repitiendo el mismo gesto, y se asoma a la sala para comprobar que todo está en orden.

​—​      Bien —dice, que es su manera de decir buenos días cuando las cosas están como deben estar.

Llevo casi tres semanas aquí y ya entiendo su lenguaje.

El bien de las mañanas cuando el café está listo.

El silencio de cuando algo no le cuadra pero decide no decirlo todavía.

La manera en que me mira de reojo cuando cree que no me doy cuenta y que no es vigilancia sino algo más parecido a la atención que se le presta a una planta que está echando raíces y a la que no quieres molestar demasiado por si acaso.

Me gusta trabajar con ella. Es una conclusión a la que he llegado despacio, con cautela, porque durante mucho tiempo gustar de algo o de alguien me parecía información peligrosa, algo que podía usarse en mi contra de maneras que no siempre sabía anticipar.

Pero Priscila no usa nada en contra de nadie.

Es simplemente quien es, con una consistencia que resulta casi extraordinaria en su normalidad.

* * *

El martes por la mañana entra una mujer que no había visto antes.

Tiene unos cincuenta años, el pelo corto y gris, y una manera de moverse que sugiere que sabe exactamente a dónde va y que no tiene tiempo que perder en dudas.

Se sienta en la barra y me mira con la franqueza directa de quien evalúa a la gente no por curiosidad sino por costumbre.

​—​      Tú debes ser la chica nueva de Priscila —dice.

​—​      Wren —digo.

​—​      Dorothy Marsh. —Me tiende la mano por encima de la barra y se la estrecho—. Tengo la librería al final de la calle. La de la puerta verde.

​—​      La he visto. Tiene una vitrina preciosa.

Sonríe, satisfecha pero sin vanidad.

​—​      La arreglo cada dos semanas. Es lo mejor del negocio, decidir qué le muestras al mundo desde fuera. —Pide un té con leche y lo acepta cuando se lo llevo con la naturalidad de quien está acostumbrada a que la atiendan bien en ese café—. ¿Te gusta el pueblo?

​—​      Sí —digo, y esta vez es verdad sin matices, sin la reserva con la que suelo responder esa pregunta.

Dorothy asiente como si hubiera esperado esa respuesta.

​—​      Los que llegan a Wisteria Hollow y se quedan suelen decir lo mismo. Y los que se van lo echan de menos antes de llegar a la siguiente parada.

No le pregunto cómo sabe que me he quedado. En un pueblo de este tamaño todo el mundo sabe todo antes de que tú lo decidas, y he aprendido a aceptar eso no como una amenaza sino como una característica del lugar, como el frío o el olor a mar o las farolas de hierro de la calle principal.

Dorothy se termina el té, deja una propina generosa y se va con el mismo paso decidido con el que ha entrado. Antes de salir se gira un momento.

​—​      Si algún día quieres pasar por la librería, los miércoles por la tarde es cuando está más tranquilo. Mejor para curiosear sin prisas.

​—​      Gracias —digo.

La puerta se cierra detrás de ella y me quedo un momento mirando el espacio que ha dejado, pensando en lo diferente que es la gente de este pueblo.

No en el sentido pintoresco y un poco condescendiente con que la gente de ciudad habla a veces de los pueblos pequeños, como si su simplicidad fuera entrañable pero no del todo seria.

Sino diferente de verdad, con una manera de relacionarse que tiene más espacio, más aire, menos urgencia de llenar cada silencio con algo que no sea necesario.

* * *

Jamie entra el miércoles a su hora habitual y yo noto, antes de que llegue a la barra, que algo en mí se ha ajustado de una manera que no había planificado.

No es nerviosismo exactamente. Es más parecido a la atención, a ese estado en que el cuerpo registra la presencia de algo antes de que la cabeza haya decidido qué hacer con esa información.

Lo dejo pasar sin nombrarlo. Es lo más sensato.

​—​      Buenos días —dice, y se sienta en el taburete de la barra en vez de irse a su mesa, que es un hábito nuevo de los últimos días y que yo finjo no haber notado.

​—​      Buenos días. ¿Lo de siempre?

​—​      Lo de siempre.

Preparo el café con los movimientos ya automáticos de quien lleva semanas haciendo lo mismo, y cuando lo dejo delante de él él lo coge con las dos manos y lo mira un momento antes de beber, que es otro de sus hábitos que he aprendido sin querer aprenderlos.

—¿Cómo te fue con Dorothy? —pregunta.

Lo miro.

​—​      ¿Cómo sabes que vino Dorothy?

​—​      Porque pasa todos los martes y porque seguro que te examinó con esa mirada suya de bibliotecaria medieval y después te invitó a la librería los miércoles por la tarde.

​—​      Librera —digo—. Tiene una librería, no una biblioteca.

​—​      La distinción es tuya, no de ella. Para Dorothy todos los libros son suyos independientemente de dónde estén.

Me río. De nuevo ese sonido breve que sale antes de que pueda decidir si quiero que salga, y de nuevo Jamie lo deja estar sin subrayarlo, que es exactamente lo que hace que no me arrepienta de haberme reído.

​—​      ¿Vas a ir? —pregunta.

​—​      Puede. —Limpio la barra con el trapo aunque no necesita limpiarse—. Me gustan las librerías.

​—​      A Dorothy le vas a gustar tú. Le gustan las personas que leen de verdad, dice que se nota en la manera en que miran los libros, que los que leen de verdad los miran de una manera distinta a los que compran libros para tenerlos en la estantería.

​—​      ¿Y cómo los miro yo? —pregunto, y me arrepiento casi inmediatamente porque es una pregunta que invita a que me mire, que es exactamente lo que llevo semanas intentando evitar.

Jamie me mira con esa calma suya que no es indiferencia sino algo más parecido a la certeza, como si las cosas que ve no le generaran urgencia porque ya sabe lo que son.

​—​      Como si te importaran —dice, simplemente.

No respondo. Vuelvo a las tazas del estante de atrás y él vuelve a su café y el silencio que queda entre esa frase y lo que viene después es un silencio distinto a los anteriores, más cargado, más consciente de sí mismo.

Priscila sale de la cocina en ese momento con una bandeja y nos mira a los dos con una brevedad calculada que no engaña a nadie, y yo me concentro en las tazas con una dedicación que roza lo absurdo.

* * *

Esa noche, después de que el café cierra y Priscila se va a su casa, que está a dos calles y a la que vuelve cada noche con la puntualidad de quien tiene la vida bien organizada, me quedo un rato sentada en la mesa del rincón con una taza de té que ya está frío.

Pienso en Adrian. No porque quiera sino porque a veces el cerebro vuelve a los sitios que conoce aunque esos sitios no sean buenos, por la misma razón que la lengua busca una muela que duele, por algún impulso oscuro de comprobar que sigue ahí, que el dolor sigue siendo real.

Me pregunto si habrán encontrado el coche.

Si habrá llamado a la policía con esa eficiencia suya de quien gestiona los problemas antes de que se conviertan en algo que no puede controlar.

Me pregunto qué cara ha puesto, si ha llorado delante de alguien, si ha sabido exactamente cuándo llorar y cuándo dejar de hacerlo para que pareciera lo que tenía que parecer.

Me pregunto si me busca.

Esa última pregunta la dejo sin responder porque no tiene respuesta que me convenga.

Si me busca, el miedo tiene sentido y hay que hacer algo con él.

Si no me busca, hay algo en eso que duele de una manera que no debería doler y que sin embargo duele, la confirmación de que lo que yo era para él era una posesión y no una persona, y que las posesiones que desaparecen se reemplazan.

Ninguna de las dos opciones es buena.

Me levanto, enjuago la taza, apago las luces del café una a una. Subo al cuarto de arriba, me siento en la cama con el edredón de flores y la ventana con vistas a la calle, y escucho el silencio del pueblo, que es un silencio que ya reconozco, que ya tiene textura y temperatura propias.

No escucho el crujido de ningún escalón.

Eso, esta noche, tiene que ser suficiente.

Y lo es.