Capítulo 12
El informe de la detective está sobre mi escritorio desde las nueve de la mañana y no lo he abierto todavía.
No porque no quiera saber lo que contiene sino porque sé exactamente cómo voy a leerlo, despacio, sin saltarme nada, y para eso necesito que la oficina esté en silencio y que mi café esté a la temperatura correcta y que no haya ninguna interrupción posible.
Esas condiciones no se han dado hasta ahora, que son las once y cuarto y la secretaria sabe que hasta las doce no debe llamar a esta puerta por ningún motivo que no sea una emergencia real.
Abro el informe.
La detective se llama Karen Smith y tiene fama de ser meticulosa, que es el único rasgo que considero imprescindible en cualquier persona a la que contrato para hacer algo.
La mediocridad me resulta físicamente intolerable, una pérdida de tiempo y de dinero que además dice algo sobre la persona que la tolera. Yo no la tolero. Nunca la he tolerado.
El informe tiene doce páginas. Las leo de principio a fin sin detenerme, con esa concentración mía que no se parece a ningún otro tipo de concentración, que no es el esfuerzo de quien intenta entender algo sino la atención fría y precisa de quien organiza información en categorías mientras la recibe.
Los hechos son los siguientes.
El coche de Hermione fue encontrado el lunes por la tarde, parcialmente hundido en el lago Michigan, en el tramo de carretera de la costa norte conocido por tener el arcén estrecho y la valla en mal estado.
La policía de Chicago catalogó el suceso inicialmente como accidente de tráfico con víctima desaparecida.
El cuerpo no fue recuperado. Las corrientes en esa zona del lago son complejas y la visibilidad bajo el agua en octubre es prácticamente nula, factores que la policía utilizó para explicar la ausencia de restos.
Dentro del coche se encontraron el bolso de Hermione, su teléfono móvil, su cartera con las tarjetas de crédito y el efectivo que llevaba habitualmente, y el abrigo de lana azul marino que yo le había comprado el invierno anterior. No se encontró ninguna nota.
Cierro el informe un momento y miro por la ventana el skyline de Chicago bajo el cielo gris de noviembre. Pienso, no en Hermione exactamente, sino en el patrón. En los elementos. En lo que encaja y lo que no.
Vuelvo al informe.
Karen Smith ha ido más lejos que la policía, que es para lo que la pago.
Ha revisado los movimientos de las cuentas bancarias de Hermione en los seis meses anteriores al accidente y ha encontrado algo que la policía no buscó porque la policía no tenía razones para buscar.
Retiradas en efectivo pequeñas y regulares, distribuidas a lo largo de meses, en cajeros distintos de distintos barrios, nunca la misma cantidad dos veces seguidas.
No llamativas individualmente. Llamativas en conjunto, si sabes lo que estás buscando.
Leo esa parte dos veces.
El total acumulado en seis meses es de cuatro mil trescientos dólares aproximadamente. No es una fortuna. Es suficiente para empezar en algún sitio pequeño si eres cuidadosa y si has planeado cada paso con antelación.
Hay otra cosa. Karen Smith encontró la existencia de un segundo dispositivo, un portátil de segunda mano comprado en efectivo en una tienda de electrónica de segunda mano en el barrio de Pilsen hace ocho meses.
La compra fue en efectivo y el dispositivo no está registrado a nombre de nadie, pero la vendedora recuerda a la compradora porque era una mujer joven, morena, con un abrigo gris, que pagó sin regatear y se fue sin dar sus datos. La descripción coincide con Hermione.
Dejo el informe sobre el escritorio con cuidado. Me levanto, voy a la ventana, miro la ciudad.
Pienso.
No es la primera vez que considero esta posibilidad.
Sería deshonesto conmigo mismo decir que no la he considerado desde el primer momento, desde que la policía llamó ese lunes por la tarde para informarme de que el coche de mi mujer había sido encontrado en el lago y que no había rastro del cuerpo.
Yo escucho, respondo con las palabras correctas, dejo que mi voz tenga la textura adecuada de un hombre al que acaban de dar una noticia devastadora.
Después cuelgo y me quedo sentado en silencio durante varios minutos pensando en la última noche que la veo, en su expresión cuando se mira en el espejo del recibidor antes de que yo me vaya al dormitorio, y hay algo en esa expresión que no encaja del todo con ninguna de las expresiones que conozco de ella.
Hermione tiene un repertorio limitado de expresiones.
Las he catalogado durante tres años con la misma atención con que catalogo todo lo que me importa.
El miedo, que es el más frecuente y el más útil.
La resignación, que viene después. La tristeza silenciosa de ciertos momentos que ella cree que yo no noto y que yo noto perfectamente porque notarlo me da información.
La esperanza pequeña y cautelosa que aparece a veces cuando piensa que no la mira nadie.
Lo que veo esa noche en el espejo no es ninguna de esas cosas.
Es determinación.
No soy un hombre que cometa el error de subestimar a la gente.
Es un error de aficionados, de personas que confunden la docilidad con la incapacidad.
Hermione es dócil porque ha aprendido que la docilidad es la respuesta más eficiente a mi manera de funcionar.
Eso no significa que sea incapaz. Eso significa que ha decidido serlo, y que las decisiones pueden cambiar.
El problema no es que Hermione haya huido. El problema, el único problema real, es que lo haya planeado durante meses sin que yo lo detectara. Eso dice algo sobre un fallo de atención por mi parte que no estoy dispuesto a aceptar sin corregirlo.
Llamo a Karen Smith.
— He leído el informe —digo, cuando contesta.
— ¿Y bien?
— Siga buscando. Quiero saber si hay actividad en foros o plataformas online desde ese segundo dispositivo.
Quiero saber si hay alguna cuenta de correo, algún perfil, cualquier rastro digital que no sea el que yo conozco.
Y quiero saber si ha habido alguna transacción en efectivo en cualquier lugar fuera de Illinois en los últimos treinta días.
Hay una pausa breve al otro lado.
— Eso va a llevar tiempo —dice Karen Smith.
— Tómese el que necesite. Pero quiero resultados.
Cuelgo. Me quedo de pie junto a la ventana con el teléfono en la mano y miro la ciudad que conozco mejor que cualquier otra cosa, esa ciudad donde Hermione Blake ha muerto oficialmente y donde yo soy el viudo respetable que ha perdido a su mujer en un accidente terrible, y pienso en lo ordenado que es ese relato y en lo mucho que me molesta que alguien haya decidido escribirlo sin mi permiso.
Nadie desaparece para siempre. Eso lo sé con la misma certeza con que sé otras cosas, con la certeza de quien ha dedicado su vida a entender cómo funciona el mundo real, que no es el mundo de las buenas intenciones sino el de las consecuencias.
Hermione está en algún sitio.
Y yo voy a encontrarla.
No porque la eche de menos, que es una emoción que no experimento con suficiente intensidad como para considerarla relevante.
Sino porque Hermione es un asunto sin cerrar, y yo no dejo asuntos sin cerrar.
Nunca lo he hecho. Es, junto con la intolerancia a la mediocridad, el rasgo que mejor me define.
Vuelvo al escritorio. Abro el ordenador. Tengo tres reuniones por la tarde y un informe trimestral que revisar antes de las seis.
La vida continúa. Siempre continúa.
Y mientras continúa, Karen Smith busca.