Capítulo 10
Es un miércoles por la mañana, durante la hora tranquila entre el desayuno y el almuerzo en que el café se queda casi vacío y el tiempo parece expandirse un poco, cuando Jamie entra con la chaqueta de lana y el pelo todavía con el frío de la calle encima y pide su café de siempre y se queda en la barra en vez de irse a su mesa habitual.
Lo noto pero no digo nada. Sirvo el café, lo dejo delante de él, y me pongo a organizar las tazas del estante de atrás con esa concentración mía que a veces es genuina y a veces es simplemente algo que hacer con las manos para no tener que mirar a la gente de frente.
— ¿Has visto el faro? —dice.
Me giro despacio.
— ¿Qué faro?
— El de la punta norte. A unos veinte minutos a pie desde aquí, siguiendo la costa.
—Toma el café con calma, sin apartar los ojos de la taza, como si la pregunta fuera algo que ha mencionado de paso y no algo que ha estado pensando—.
Es el sitio más bonito del pueblo. O eso creo yo, que llevo treinta y dos años aquí y algo de criterio habré desarrollado.
— No lo he visto —digo.
— Ya me parecía. —Pausa breve—. Cierras a las tres los miércoles, ¿no?
— Sí.
— Yo termino a las dos y media. Si quieres te lo enseño.
—Lo dice con la misma naturalidad con que dice casi todo, sin carga extra, sin el tono de quien está proponiendo algo que podría ser rechazado y se ha preparado para esa posibilidad—.
Veinte minutos de camino, un cuarto de hora mirando el mar, veinte minutos de vuelta.
Una hora en total. No te compromete a nada.
Lo último lo añade sin mirarme, sin énfasis, pero lo escucho y sé que lo ha dicho a propósito, que ha entendido algo sobre mí sin que yo se lo haya explicado y que lo está usando no para presionarme sino para quitarme una razón de rechazo.
Es una táctica tan discreta y tan respetuosa que me descoloca más que cualquier insistencia habría podido hacer.
Estoy a punto de decir que no. Tengo el no preparado, es mi respuesta por defecto para casi todo desde hace semanas, una respuesta cómoda y segura que mantiene las distancias donde las distancias deben estar.
— Bien —digo.
Jamie levanta la vista de la taza. No sonríe de esa manera exagerada de quien acaba de conseguir algo que quería. Solo asiente, como si hubiera esperado esa respuesta o cualquier otra con la misma ecuanimidad.
— A las tres, entonces. Te espero en la puerta.
Vuelve a su mesa con el periódico y me quedo mirando el estante de las tazas sin ver ninguna de ellas, preguntándome qué acabo de hacer y sin encontrar una respuesta que me convenza del todo.
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A las tres y cinco minutos estoy en la puerta del café con el abrigo gris y una bufanda que Priscila me ha prestado esa mañana sin que yo se la pida, como si hubiera sabido que la voy a necesitar.
Jamie está apoyado en la pared de enfrente con las manos en los bolsillos, mirando la calle, y cuando me ve salir se despega de la pared con ese movimiento suyo de quien no tiene ninguna prisa porque el tiempo es algo que administra él.
— Lista —dice. No es una pregunta.
— Lista.
Caminamos por la calle principal hacia el norte y después giramos por una calle más estrecha que baja hacia la costa.
Jamie camina a mi lado con la distancia justa, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, y habla de vez en cuando de cosas del pueblo, de ese edificio que fue una fábrica de conservas hace ochenta años y que ahora es el estudio de una pintora que viene todos los veranos, de esa casa azul de la esquina donde vive el hombre más viejo de Wisteria Hollow, noventa y cuatro años y todavía sale a caminar cada mañana con su perro.
No me pregunta nada sobre mí. Lo noto y no sé si agradecerlo o encontrarlo extraño, porque estoy tan acostumbrada a que las conversaciones sean en ambas direcciones, a que cualquier cosa que yo diga sea seguida por una pregunta de vuelta, que la ausencia de esas preguntas crea un silencio diferente, un silencio que no exige nada.
— ¿Siempre has sabido que ibas a volver? —le pregunto en un momento, sin haberlo planeado.
Me mira de lado.
— No. Durante años me convencí de que no. Que el pueblo era pequeño y que yo era demasiado para él, que es lo que te dice la gente cuando tienes veintitantos y estudias en una ciudad grande y el mundo parece lleno de posibilidades que solo existen si te quedas lejos de donde creciste.
— ¿Y qué cambió?
Piensa un momento antes de responder, que es algo que hace siempre, pensar de verdad antes de hablar, y que he empezado a notar porque es un hábito poco común.
— Nada dramático —dice—. Un día estoy en Boston, en una reunión de trabajo que no importa en absoluto, y me doy cuenta de que llevo tres años sin hacer nada que me importe de verdad.
Que soy bueno en mi trabajo y que mi trabajo no me gusta.
Y pienso en el pueblo y en la taberna y en Priscila y en el mar por las mañanas y decido que es suficiente razón.
— ¿Y fue suficiente?
— Más que suficiente. —Lo dice sin dudarlo—. Resulta que la vida pequeña, si es la tuya de verdad, es bastante más grande de lo que parece desde fuera.
Camino un momento en silencio procesando eso.
Hay algo en esa frase que me llega de una manera que no espero, quizás porque he pasado años viviendo una vida grande que no es mía en absoluto, un apartamento de revista en una ciudad importante con un hombre exitoso y una agenda llena de cenas a las que no quiero ir, y todo ese tamaño no ha servido de nada, no ha habido en él ni un solo momento de verdad.
No digo nada de eso. Pero Jamie me mira un segundo de reojo y algo en su expresión me dice que no es necesario que lo diga.
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El faro aparece al doblar un último recodo del camino costero, y entiendo en el momento en que lo veo por qué Jamie lo considera el sitio más bonito del pueblo.
Es un faro pequeño, de los de otra época, pintado de blanco con la base de piedra gris, situado en una lengua de tierra que se adentra en el mar con esa decisión tranquila de las cosas que llevan mucho tiempo en el mismo sitio y no tienen intención de moverse.
A su alrededor el suelo es de hierba corta y piedra y el viento llega directo desde el agua, limpio y frío y sin obstáculos.
El mar está abajo, chocando contra las rocas con un sonido rítmico y constante que llena el aire de una manera que no deja espacio para ningún otro sonido.
Me detengo sin que nadie me lo pida.
— ¿Ves? —dice Jamie, a mi lado.
— Sí —digo.
Y es un sí que significa más de lo que dice, que es otra cosa que él probablemente entiende sin necesidad de que yo lo explique.
Nos quedamos de pie un rato mirando el agua.
El viento mueve los mechones de pelo que se me han escapado de la bufanda de Priscila y el frío es intenso pero del tipo que no molesta sino que despierta, que hace que el cuerpo recuerde que está vivo y que el mundo tiene temperatura y textura y que eso es, en general, algo bueno.
— Mi padre me traía aquí cuando era pequeño —dice Jamie, sin apartar la vista del mar—. Decía que este sitio ponía las cosas en perspectiva. Que cuando algo te parecía demasiado grande, venías aquí y mirabas el agua y te dabas cuenta de que no era para tanto.
— ¿Funcionaba?
— A veces. —Sonríe levemente—. Otras veces el problema seguía siendo igual de grande pero al menos tenías el mar delante, que ya es algo.
Me río. Es un sonido breve, casi sorprendido, que sale antes de que pueda decidir si quiero que salga, y Jamie me mira con algo en la cara que no es triunfo sino simplemente atención, la atención de alguien que nota las cosas buenas cuando ocurren y las deja estar sin hacer ningún comentario que las estropee.
— Gracias por traerme —digo, cuando emprendemos el camino de vuelta.
— Cuando quieras. —Y añade, después de un momento—. El pueblo tiene más sitios así. Si alguna vez te apetece verlos.
No respondo de inmediato. Camino unos pasos mirando el camino de piedra bajo mis pies, la hierba corta a los lados, el cielo de noviembre encima de todo con ese gris suave que en Maine no es tristeza sino simplemente invierno, y pienso en lo fácil que ha sido esa hora, lo diferente que es ese tipo de facilidad de todo lo que he conocido antes.
— Si alguna vez me apetece —digo al final—, te lo digo.
Es poco. Es casi nada. Pero viniendo de mí, en ese momento, es bastante más de lo que he dado en mucho tiempo, y los dos lo sabemos, aunque ninguno de los dos dice nada al respecto.
Caminamos de vuelta al pueblo con el viento detrás y el sonido del mar perdiéndose poco a poco, y yo guardo ese rato en algún lugar del pecho con el cuidado de quien guarda algo que sabe que es frágil y que aun así he decidido que vale la pena conservar.