Capítulo 9
Priscila lleva treinta y dos años siendo la persona más observadora de Wisteria Hollow y los últimos veinte utilizando esa habilidad principalmente para meterse en los asuntos de todo el mundo con una eficiencia que resultaría insoportable si no fuera porque casi siempre tiene razón.
Yo lo sé mejor que nadie. He crecido entrando y saliendo de su café desde que tengo edad para cruzar la calle solo, y en todo ese tiempo Priscila me ve enamorarme tres veces, equivocarme en al menos el doble de ocasiones y tomar una decisión verdaderamente buena quizás en una, que es la de volver al pueblo cuando me doy cuenta de que la ciudad no me está dando nada que no pueda encontrar aquí en mejor versión.
Todo eso para decir que cuando Priscila me llama un martes por la mañana con la excusa de que necesita que le revise la calefacción del almacén, sé antes de colgar el teléfono que la calefacción del almacén funciona perfectamente y que lo que Priscila quiere en realidad es contarme algo o preguntarme algo o las dos cosas a la vez, que es su especialidad.
Llego al café pasadas las diez. Wren está detrás de la barra cuando entro, colocando tazas con esa concentración suya que pone en las cosas pequeñas, como si cada taza necesitara estar exactamente en su sitio y ella fuera la única persona en el mundo capaz de garantizarlo.
Levanta la vista cuando escucha la campanilla, me ve, y vuelve a las tazas sin decir nada.
— Buenos días —digo.
— Buenos días.
Dos palabras. Las mismas de siempre, con ese tono neutro que no es grosería sino algo más complicado, algo que llevo intentando descifrar desde la primera mañana sin llegar a una conclusión definitiva.
No es timidez, eso lo tengo claro. La gente tímida evita el contacto visual y Wren no lo evita, me mira directamente cuando me habla, solo que la mirada dura exactamente lo necesario y no un segundo más, como si hubiera calculado el tiempo justo que puede dedicarle a una persona sin darle más información de la estrictamente necesaria.
Es una habilidad extraña. No la he visto antes en nadie, o quizás sí y no me he fijado, pero en ella resulta llamativa precisamente porque todo lo demás en su cara contradice esa contención.
Tiene unos ojos oscuros que guardan demasiado, el tipo de ojos que en otras circunstancias habrían sido expresivos sin remedio, y una boca que en reposo tiene algo serio y en movimiento, cuando habla o cuando algo le hace casi sonreír, cambia el carácter de toda la cara de una manera que yo he notado más veces de las que es estrictamente necesario notar.
Priscila sale de la cocina limpiándose las manos en el delantal.
— Jamie. Qué rápido has venido.
— Me dijiste que era urgente.
— Dije que necesitaba que revisaras la calefacción.
— Que es tu manera de decir urgente.
Me dirige una sonrisa que significa que tengo razón pero que no va a admitirlo.
— El almacén está al fondo. —Y añade, con una inocencia que no engaña a nadie—. Wren, ¿le preparas un café a Jamie mientras revisa?
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La calefacción del almacén está perfecta, como era de esperar.
Reviso los radiadores con la parsimonia de quien sabe que está haciendo teatro pero lo hace igualmente porque la alternativa es admitir que ha venido simplemente porque Priscila lo ha llamado y eso implicaría una conversación sobre por qué Priscila tiene ese poder, que es una conversación que prefiero no tener.
Cuando vuelvo a la barra el café está esperándome.
Wren lo ha dejado ahí y se ha ido al otro extremo a limpiar una mesa, que es su manera de cumplir con lo que Priscila le ha pedido sin tener que quedarse cerca.
Lo observo un momento, el café, y después la observo a ella, que limpia la mesa con movimientos precisos y eficientes y que sabe perfectamente que la estoy mirando y lo ignora con una dedicación que en sí misma es una forma de comunicación.
Me siento en el taburete de la barra y tomo el café.
Priscila aparece a mi lado al cabo de un momento, con esa manera suya de materializarse donde quiere estar sin que nadie la haya visto moverse.
— ¿Qué te parece? —dice, en voz baja, con los ojos puestos en un punto neutro de la barra como si estuviera hablando de la carta del día.
— La calefacción funciona bien —digo.
— Jamie.
— Priscila.
Me mira de lado con esa expresión suya de paciencia infinita que reserva para las personas que se hacen las tontas cuando ella sabe perfectamente que no lo son.
— Es una chica buena —dice—. Trabaja bien, no se queja, aprende rápido. Y tiene algo.
— Todo el mundo tiene algo.
— No de ese tipo. —Hace una pausa pequeña—. Ha llegado de algún sitio difícil, Jamie. No sé de dónde exactamente y no le he preguntado porque no es asunto mío hasta que ella quiera que lo sea. Pero lo sé. Lo veo.
No respondo. Priscila ve esas cosas antes que nadie y cuando las dice en voz alta es porque ya las ha pensado muchas veces en silencio y ha llegado a una conclusión lo suficientemente sólida como para compartirla. No es el tipo de mujer que especula en voz alta.
— Te lo cuento porque sé que te has fijado en ella —continúa, con la misma calma—. Y porque quiero que lo tengas en cuenta.
— Solo he hablado con ella cuatro veces.
— Cinco. Y las he contado yo, así que no me corrijas.
Me termino el café para tener algo que hacer con las manos.
— No voy a hacer nada, Priscila.
— No te estoy pidiendo que hagas nada. Te estoy pidiendo que seas tú mismo y que no la asustes, que son dos cosas distintas aunque en tu caso suelan ir juntas.
— Gracias. Muy útil.
Sonríe con toda la cara esta vez, esa sonrisa suya de satisfacción tranquila que significa que ha dicho lo que quería decir y que el resto es cosa mía.
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Pienso en esa conversación más de lo que debería durante el resto del día. No en lo que Priscila me ha dicho sobre Wren, exactamente, sino en la parte que no me ha dicho, en el espacio entre las palabras donde ella deja las cosas que considera que uno debe llegar solo.
Ha llegado de algún sitio difícil.
No es difícil creerlo. Hay algo en la manera en que Wren se mueve por el café que me llama la atención desde el principio, algo que tardo días en identificar porque es una ausencia más que una presencia.
Es la ausencia de esa despreocupación pequeña que tiene la gente cuando se siente segura en un sitio, el gesto de dejar las cosas tiradas, de hablar sin calcular, de reírse de algo sin comprobar primero si está bien reírse.
Wren no hace nada de eso. Wren hace todo con una atención que parece agotadora desde fuera y que probablemente lo es desde dentro también, aunque ella no lo muestre.
Lo noto el domingo en la taberna también.
Ha entrado sola, se ha sentado en la mesa más discreta, ha comido mirando el local con esa atención suya que registra sin parecer que registra.
Y cuando la he visto y me he acercado ha habido un segundo, brevísimo, en que algo en su cara ha cambiado antes de volver a la expresión neutral de siempre.
No es miedo exactamente. Es algo más parecido al reflejo de quien ha aprendido a calcular rápidamente si una situación es segura antes de decidir cómo responder a ella.
Ese reflejo no se aprende en abstracto.
Cierro la taberna esa noche un poco más tarde de lo habitual, revisando el inventario con menos concentración de la necesaria, y me permito pensar en ella con más honestidad de la que me he permitido hasta entonces.
No es que no me haya fijado, porque me he fijado desde el primer día, desde que la veo detrás de la barra con las tazas y me devuelve el saludo con una sílaba y vuelve a lo suyo como si yo fuera parte del mobiliario.
Eso no ha pasado antes, o no exactamente así, y hay algo en esa indiferencia tan deliberada que resulta, paradójicamente, más difícil de ignorar que cualquier otra cosa.
Pero Priscila tiene razón, como casi siempre. Y lo que me ha dicho no es no te acerques sino ten cuidado de cómo lo haces, que es una distinción importante.
Apago las luces de la taberna y salgo a la calle fría de noviembre.
El pueblo está en silencio, que es el silencio bueno, el de un sitio donde la gente duerme tranquila porque no tiene razones urgentes para no hacerlo.
Desde la calle principal puedo ver la ventana del piso de arriba del café de Priscila, la única con luz a esa hora.
Me pregunto si Wren duerme bien.
Me pregunto de dónde viene exactamente y qué ha dejado atrás y si algún día me lo dirá o si la distancia que pone entre ella y el mundo es permanente, una decisión tomada de una vez para siempre, y no simplemente el tiempo que necesita para decidir en quién vale la pena confiar.
Espero que sea lo segundo.
No tengo ninguna razón de peso para esperarlo.
Solo la manera en que a veces, cuando cree que no la mira nadie, se queda mirando por la ventana del café con una expresión que no es tristeza exactamente pero que se le parece, y que dura solo un segundo antes de que ella vuelva a lo que está haciendo como quien recuerda que tiene cosas más importantes que hacer que sentir.
Eso también se aprende. Y también se puede desaprender.
Al menos eso espero.