Capítulo 8
El tercer día es el primero en el que casi me olvido.
No del todo.
No es algo que desaparezca así, sin más. Pero hay momentos —breves, pequeños— en los que el pensamiento no está ahí, en los que no estoy midiendo cada gesto, cada palabra, cada silencio.
Momentos en los que simplemente estoy.
Y eso… eso es nuevo.
Estoy detrás del mostrador, limpiando una taza que ya está limpia. El paño se desliza por la cerámica una y otra vez, más por costumbre que por necesidad. Priscila habla con un cliente habitual al otro lado, apoyada en la barra como si llevara toda la vida haciendo exactamente eso.
Quizá sea así.
Aquí todo da esa sensación.
Como si nada empezara ni terminara nunca. Como si simplemente continuara.
— Te vas a desgastar las manos —dice de repente.
Levanto la vista.
Priscila me está mirando. No ha dejado de hablar con el cliente, pero una parte de su atención está aquí, conmigo. Es una habilidad extraña. No invasiva. No incómoda.
Solo… presente.
— La taza está limpia —añade.
Bajo la mirada.
Lo está.
Dejo el paño a un lado.
— Lo siento.
— No te disculpes por trabajar —responde, sin darle importancia—. Solo digo que no hace falta que lo hagas dos veces.
Asiento.
El cliente se despide y sale del café con una inclinación de cabeza. Priscila espera a que la puerta se cierre antes de volver a mirarme del todo.
— ¿Cómo has dormido?
La pregunta es sencilla. Normal.
Pero el cuerpo reacciona como si no lo fuera.
— Bien.
No es mentira.
Tampoco es toda la verdad.
Priscila asiente, como si no necesitara más.
— Eso es buena señal.
No pregunta nada más.
No insiste.
Y, sin embargo, hay algo en su manera de estar que hace que el silencio no sea incómodo. No llena los huecos con palabras innecesarias. No busca respuestas que no quiero dar.
Solo deja espacio.
Y eso… eso es más difícil de lo que parece.
Suena la puerta.
El pequeño tintineo de la campanilla se instala en el aire como una señal suave, casi acogedora. Me giro por reflejo.
Y entonces lo veo.
Jamie.
Se detiene un segundo al cruzar el umbral, como si necesitara ajustar la vista al interior del café, como si el cambio de luz le obligara a reducir la velocidad durante un instante.
No mira directamente hacia aquí.
Primero observa el espacio. Las mesas. La barra. A Priscila.
Después, a mí.
Es un gesto breve.
Casi casual.
Pero suficiente.
Siento cómo algo en mi pecho se tensa de forma automática, como si el cuerpo todavía no hubiera aprendido a diferenciar entre peligro y simple desconocido.
No es justo.
Lo sé.
Pero sigue pasando.
— Buenos días —dice él.
Su voz es tranquila. Sin prisa. Sin intención.
Priscila responde antes que yo.
— Llegas tarde.
— He llegado —contesta, encogiéndose ligeramente de hombros.
Se acerca al mostrador y deja las llaves sobre la superficie con un sonido seco. Solo entonces vuelve a mirarme, de forma más directa esta vez.
No hay insistencia en su mirada.
No hay análisis.
Solo… reconocimiento.
— Hola.
La palabra es simple.
No pesa.
No exige nada.
— Hola —respondo.
Mi voz suena normal.
Eso también es nuevo.
Hay un silencio breve después. No incómodo. Solo… presente. Como si ambos estuviéramos midiendo algo que no tiene nombre todavía.
Priscila rompe el momento con un gesto de la mano.
— Si vas a quedarte ahí plantado, al menos haz algo útil —dice, señalando la cafetera—. Tenemos pedidos.
Jamie sonríe ligeramente, como si eso fuera exactamente lo que esperaba.
—Sí, jefa.
Se mueve detrás del mostrador con naturalidad, ocupando su espacio sin invadir el de nadie. No se acerca más de lo necesario. No hace preguntas. No intenta llenar el aire con palabras.
Y, sin embargo, su presencia se nota.
No como una presión.
Como una… variación.
Algo distinto en el ritmo del lugar.
Vuelvo a la taza. A otra distinta esta vez.
La limpio una sola vez.
Es suficiente.
De reojo, lo observo.
La forma en que trabaja. Preciso, pero sin rigidez. Como alguien que está acostumbrado a hacer las cosas bien, pero no por miedo a equivocarse.
Eso también es distinto.
Todo aquí lo es.
— ¿Siempre haces eso? —pregunta de repente.
Levanto la vista.
— ¿Qué?
— Limpiar algo que ya está limpio.
No hay burla en su tono.
Solo curiosidad.
Eso lo hace más difícil de responder.
— Supongo que sí.
Asiente, como si esa respuesta fuera suficiente.
— Tiene sentido.
No explica por qué.
No hace falta.
Bajo la mirada otra vez.
Pero algo cambia.
No en el espacio.
No en el café.
En mí.
Es pequeño.
Casi imperceptible.
Pero está ahí.
Como una pieza que encaja sin hacer ruido.
El resto de la mañana pasa sin incidentes.
Clientes que entran y salen. Tazas que se llenan y se vacían. Conversaciones que no requieren mi participación, pero que escucho sin querer, como si fueran parte del ambiente.
En algún momento, dejo de estar pendiente de la puerta.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Y cuando me doy cuenta de eso, algo en mi pecho se afloja un poco más.
No es confianza.
Todavía no.
Pero tampoco es miedo.
Es otra cosa.
Algo intermedio.
Algo que no sé nombrar.
Aún.