Capítulo 7
La primera noche en Wisteria Hollow no es como había imaginado.
No es mejor.
No es peor.
Es… extraña.
Estoy sentada en el borde de la cama, con las manos apoyadas a ambos lados del colchón, mirando la habitación como si esperara que en algún momento hiciera algo inesperado, como si las paredes fueran a moverse o la puerta fuera a abrirse sin previo aviso.
No pasa nada.
Nada en absoluto.
El silencio es completo. No el silencio tenso del apartamento en Chicago, ese que siempre estaba cargado de algo a punto de ocurrir. Este es otro tipo de silencio. Más amplio. Más… indiferente.
No depende de nadie.
No me vigila.
No espera nada de mí.
Eso es lo que lo hace tan difícil de entender.
Me levanto y camino despacio por la habitación.
Son pocos pasos. De la cama a la ventana.
De la ventana a la puerta. Del armario a la mesilla.
Repito el recorrido dos veces, tres, como si el cuerpo necesitara aprender el espacio, memorizarlo, asegurarse de que no hay esquinas ocultas, de que todo está donde parece estar.
Abro el armario.
Nada.
Solo el edredón de repuesto doblado con cuidado y una caja de madera en la esquina inferior.
La cierro.
Voy al baño. Enciendo la luz. El reflejo me devuelve una imagen que tardo un segundo en reconocer como mía. No por los golpes —ya no se notan tanto—, sino por la expresión. Hay algo distinto en la forma en que me miro. Más directa. Más… presente.
Apago la luz.
Vuelvo a la habitación.
Me acerco a la ventana y aparto ligeramente la cortina. La calle está casi vacía. Una farola ilumina el tramo de adoquines frente al café y hay un banco al otro lado, desierto. Todo parece detenido, como si el pueblo entero hubiera decidido parar durante unas horas sin necesidad de avisar a nadie.
Me quedo mirando un rato.
Esperando.
No sé exactamente qué.
Quizás el sonido de un coche.
Quizás pasos en la escalera.
Quizás esa sensación en el pecho que me avisaba siempre de que algo iba a ocurrir.
No llega.
El cuerpo tarda más en entender que la mente.
Me siento en la cama otra vez. Me quito los zapatos. Los dejo alineados junto a la pared, con una precisión que no tiene sentido en este espacio, en esta vida que acabo de empezar, donde nadie va a mirar si están rectos o torcidos.
Los miro un momento.
Después los empujo ligeramente con el pie hasta que quedan descolocados.
Es un gesto mínimo.
Casi ridículo.
Pero algo en mi pecho cambia cuando lo hago. Una tensión pequeña que se afloja apenas un grado, lo suficiente para que lo note.
Me tumbo.
El colchón es blando, más de lo que estoy acostumbrada. Me hundo ligeramente al apoyar la espalda, y durante un segundo el cuerpo reacciona como si eso fuera un problema, como si necesitara mantenerse alerta incluso aquí, incluso ahora.
Respiro.
El techo es blanco. Sin grietas. Sin manchas. Sin nada que observar más allá de su propia superficie lisa.
Cierro los ojos.
Los abro al instante.
No.
Todavía no.
Me incorporo de nuevo y me paso las manos por la cara, despacio, como si eso pudiera ayudar a ordenar algo que no termino de entender.
No hay instrucciones.
Eso es lo que falta.
No hay una lista de cosas que hacer. No hay un horario que cumplir. No hay nadie que vaya a bajar las escaleras a una hora exacta esperando encontrar algo en un sitio concreto.
No hay margen de error porque no hay nada que fallar.
La idea debería ser liberadora.
Y lo es.
Pero también es otra cosa.
Vacío.
No un vacío malo. No el vacío de antes, ese que ocupaba todo el espacio y no dejaba sitio para nada más. Este es distinto. Es un vacío abierto, como una habitación sin muebles en la que todavía no sabes qué vas a poner.
Me levanto otra vez.
Cojo la bolsa de deporte y la abro sobre la cama. Saco la ropa, la poca que tengo, y la doblo con cuidado antes de colocarla en el cajón del armario. No es necesario hacerlo así. Nadie lo va a comprobar. Nadie va a notar la diferencia.
Lo hago igual.
Al terminar, me quedo mirando el cajón.
No está perfecto.
Una camiseta sobresale ligeramente por un lado.
La dejo así.
Cierro.
Vuelvo a la cama.
Esta vez me tumbo sin pensarlo demasiado.
Cierro los ojos.
El silencio sigue ahí.
El cuerpo tarda unos minutos en dejar de buscar señales, en aceptar que no hay nada que anticipar, nada que corregir, nada que evitar.
Cuando por fin lo hace, el sueño llega de golpe.
Profundo.
Sin interrupciones.
Me despierto sin saber qué hora es.
La luz entra por la ventana de una manera distinta, más clara, más directa. Me quedo tumbada un momento, sin moverme, escuchando.
Nada.
Ni pasos.
Ni puertas.
Ni respiraciones al otro lado de la pared.
Nada.
Y entonces lo entiendo.
No hay nadie.
No hay nadie en este espacio que pueda convertir cualquier pequeño gesto en un problema.
No hay nadie que esté esperando algo de mí.
No hay nadie que vaya a decirme qué he hecho mal.
Me incorporo despacio.
El aire de la habitación es frío, pero limpio. Respiro hondo una vez, dos, como si necesitara comprobar que de verdad puedo hacerlo sin que eso tenga consecuencias.
Funciona.
Voy a la ventana.
La calle ya no está vacía. Hay una mujer cruzando con una bolsa de la compra, un hombre mayor caminando despacio con un perro pequeño, alguien abriendo una tienda más abajo. Todo ocurre con una normalidad que me resulta casi desconcertante.
El mundo sigue.
Sin mí.
Sin lo que he dejado atrás.
Sin Adrian.
La palabra aparece sin que la llame.
No duele como esperaba.
No pesa.
Es solo un nombre ahora.
Uno que pertenece a otro sitio, a otra vida, a otra persona que ya no soy.
Apoyo la frente contra el cristal frío de la ventana.
Durante un segundo, muy breve, siento algo parecido al miedo.
No el miedo de antes.
Este es distinto.
Es el miedo a no saber qué hacer con todo esto.
Con el espacio.
Con el tiempo.
Con la posibilidad.
Cierro los ojos.
Respiro.
Y cuando los abro, la sensación sigue ahí, pero ya no es tan grande.
Es manejable.
Como todo lo demás.
Me aparto de la ventana.
Me visto.
Y bajo las escaleras hacia el café con la certeza, todavía frágil pero real, de que hoy va a ser el primer día de algo.
No sé exactamente de qué.
Pero por primera vez en mucho tiempo, eso no me parece un problema.