El café de la vida Capítulo 6
13%

Capítulo 6

Priscila me da el domingo libre con la misma naturalidad con que hace todo, sin preámbulo ni explicación innecesaria.

Me lo dice el sábado por la tarde mientras cerramos el café, que el domingo es mío, que descanse o pasee o haga lo que me pida el cuerpo, que Wisteria Hollow es un pueblo para recorrerlo despacio y que llevo casi dos semanas sin salir más allá de la calle principal.

Tiene razón. Llevo dos semanas moviéndome en un radio de tres manzanas, entre el café y el cuarto de arriba y la pequeña tienda de comestibles que hay al doblar la esquina.

Es suficiente para sobrevivir pero no para conocer, y hay algo en mí que quiere conocer este pueblo, no con urgencia, sino con esa curiosidad nueva y cauta que ha empezado a crecer en el pecho desde que llego, como una planta que todavía no sabe bien si el suelo le conviene pero que echa raíces de todas formas porque no sabe hacer otra cosa.

El domingo amanece frío y despejado, con ese sol de noviembre que da luz sin dar calor y que pone el mundo entero bajo una claridad casi excesiva, como si alguien hubiera subido el contraste.

Me pongo el abrigo gris que compro en una tienda de segunda mano de Portland durante el viaje, el único abrigo que tengo ahora porque el de Chicago se queda dentro del coche, y salgo.

---

Wisteria Hollow es más grande de lo que parece desde la calle principal.

Tiene esa cualidad de algunos pueblos pequeños de ir revelándose despacio, como si guardara sus mejores partes para quien se toma la molestia de buscarlas.

Detrás de la calle de los comercios hay un barrio de casas de madera con jardines que en verano deben de ser preciosos y que ahora, en noviembre, tienen esa belleza desnuda y honesta de los árboles sin hojas.

Hay una biblioteca pequeña con un cartel pintado a mano en la puerta y una papelería con la vitrina llena de cuadernos de colores y una floristería que huele desde la calle a algo que no sé identificar pero que me hace aminorar el paso.

Camino sin rumbo durante casi una hora, que es un lujo que no tengo en años, el lujo de no tener que ir a ningún sitio concreto ni llegar a ninguna hora determinada.

En Chicago cada salida tiene una justificación, un recado, un propósito que yo pueda mencionar si Adrian pregunta.

Aquí nadie va a preguntarme nada y sin embargo sigo tardando en acostumbrarme a esa libertad, en dejar de calcular mentalmente a qué hora debo volver y qué debo decir.

El pueblo llega hasta el mar por el lado oeste.

Lo descubro casi por accidente, siguiendo una calle que baja en pendiente suave entre dos hileras de casas, y de repente el mar está ahí, sin avisar, enorme y gris y tranquilo bajo el sol frío de la mañana.

Hay un pequeño muelle de madera y un banco frente al agua y nada más.

Me siento en el banco y me quedo mirando el horizonte un buen rato sin pensar en nada concreto, que es otra cosa que he olvidado hacer.

El mar de Maine no se parece al lago Michigan.

El lago es ancho y abierto y a veces feroz, con esas tormentas de verano que llegan sin avisar y que hacen que el agua parezca otra cosa, algo vivo y poco fiable.

El mar de aquí es distinto. Tiene peso, tiene historia, tiene esa manera de moverse que sugiere que ha estado haciendo lo mismo durante mucho más tiempo del que cualquier persona podría calcular y que seguirá haciéndolo mucho después de que todos nos vayamos.

Me quedo en el banco hasta que el frío me vence.

---

La taberna está en el extremo norte de la calle principal, en un edificio de piedra con las ventanas iluminadas que desde fuera tiene ese aspecto de los sitios que llevan mucho tiempo en el mismo lugar y no necesitan anunciarse para que la gente los encuentre.

Se llama The Hollow, que es simple y exacto, y tiene una pizarra en la puerta con la carta del día escrita con la misma letra grande y redonda que la de Priscila, lo que me hace pensar que en Wisteria Hollow quizás hay una sola persona que escribe en todas las pizarras del pueblo.

Entro porque tengo frío y porque llevo horas caminando y porque el olor que sale por la puerta es el olor inequívoco de algo cocinado despacio, de esos guisos de invierno que tardan horas y que llenan el aire de una manera que es casi imposible resistir cuando llevas el cuerpo frío y el estómago vacío.

El interior es exactamente lo que el exterior promete.

Madera oscura y luz cálida y el murmullo tranquilo de una docena de conversaciones que no se pisan entre sí.

Hay una barra larga al fondo con taburetes altos y mesas repartidas sin demasiado orden aparente pero que funcionan, que dejan espacio suficiente entre unas y otras para que la gente se sienta cómoda sin sentirse aislada.

En la pared hay fotografías antiguas del pueblo, algunas en blanco y negro, y una colección de objetos que no siguen ningún criterio evidente pero que juntos forman algo coherente, algo que dice que este sitio tiene memoria.

Me siento en una mesa pequeña cerca de la ventana y una chica joven con el pelo recogido me trae la carta con una sonrisa rápida y eficiente.

Pido el guiso del día y una sidra caliente y me quedo mirando el local con esa atención discreta que he desarrollado en las últimas semanas, el hábito nuevo de observar los sitios antes de decidir si me siento segura en ellos.

Me siento segura. Es una sensación que todavía me sorprende cuando aparece, como algo que hubiera olvidado que existía y que de repente vuelve a estar disponible sin que yo sepa bien qué hacer con ella.

Estoy terminando el guiso, que es tan bueno como promete el olor, cuando escucho su voz desde detrás de la barra.

No lo he visto entrar. O quizás ha estado ahí todo el tiempo y yo no me he fijado porque no lo espero en ese contexto, fuera del café, sin el periódico y la taza de la mañana.

Lo veo cuando levanta la voz para decirle algo a la chica del pelo recogido, algo sobre un pedido que llega el martes, y la naturalidad con la que se mueve detrás de la barra no es la de un cliente sino la de alguien que conoce cada centímetro de ese espacio porque es suyo.

Tardo un momento en procesarlo.

Jamie es el dueño de la taberna. Por supuesto que lo es.

Priscila lo ha mencionado de pasada alguna vez, creo, o quizás lo ha dado por sabido porque en un pueblo del tamaño de Wisteria Hollow todo el mundo sabe todo sobre todo el mundo y solo yo soy la excepción, la única que llega sin contexto, sin historia previa, sin las capas de conocimiento acumulado que convierten a los vecinos en algo más que caras.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que él me vea.

No mucho. Sus ojos recorren el local con esa atención de quien tiene el hábito de comprobar que todo está bien en su casa, y cuando llegan a mi mesa se detienen un segundo con la misma expresión de curiosidad natural que tiene la primera mañana en el café, solo que esta vez hay algo más, un pequeño destello de sorpresa que desaparece enseguida.

Cruza el local hacia mí con las manos en los bolsillos.

​—​      Wren.

​—​      Jamie.

​—​      No sabía que conocías este sitio.

​—​      Acabo de descubrirlo —digo—. He estado paseando.

​—​      ¿Y qué te ha parecido el pueblo?

​—​      Grande. Más de lo que parece desde la calle principal.

Asiente como si eso le pareciera la respuesta correcta, como si hubiera pasado la prueba de algo sin saber exactamente de qué.

​—​      ¿Te ha gustado el guiso?

​—​      Sí. —Dudo un segundo—. Es tuyo, ¿verdad? El sitio.

​—​      Heredado —dice, con ese mismo tono de antes, como un dato y no una medalla—. Era de mi padre. Y antes del padre de mi padre. En este pueblo los Callahan llevan generaciones sin saber hacer otra cosa que darle de comer a la gente.

​—​      Podría ser peor —digo.

Sonríe. Esa sonrisa suya que llega primero a los ojos y que yo he decidido que no me afecta y que me afecta de todas formas, de esa manera sorda e inconveniente con la que a veces las cosas te afectan precisamente porque has decidido que no deben hacerlo.

​—​      Podría ser mucho peor —dice—. ¿Quieres algo más? La tarta de manzana de hoy está bien.

​—​      No, gracias. Tengo que volver.

No tengo que volver a ningún sitio. El domingo es mío, Priscila me lo ha dicho, y el café está cerrado y el cuarto de arriba no me espera con ninguna urgencia.

Pero necesito una razón para terminar la conversación antes de que continúe sola hacia algún lugar al que yo no quiero ir todavía, quizás nunca, quizás simplemente todavía.

Jamie no insiste. Eso es lo que hace, no insistir, y yo no sé si es un rasgo de su carácter o si ha detectado algo en mí que le dice que la distancia es necesaria y que la respeta sin necesitar que se lo expliquen.

En cualquier caso el resultado es el mismo y el resultado me conviene, aunque haya una parte de mí, pequeña y poco razonable, que a veces preferiría que insistiera un poco.

Me levanto y cojo el abrigo.

​—​      Gracias por el guiso —digo.

​—​      Vuelve cuando quieras. —Lo dice con naturalidad, sin doble intención, como quien dice que la puerta siempre está abierta porque en su mundo las puertas siempre están abiertas—. Wisteria Hollow es pequeño pero da para más de un paseo.

Salgo a la calle fría y camino de vuelta al café con las manos en los bolsillos y el olor a guiso todavía instalado en la ropa y algo en el pecho que no quiero examinar demasiado de cerca.

En Wisteria Hollow, descubro ese día, todo termina volviendo al mismo sitio.

No sé todavía si eso es una promesa o una advertencia.