Capítulo 3
La cena con los Harrington es un viernes.
Es una de esas noches de octubre en que Chicago huele a lluvia y a hojas mojadas, y paso la tarde entera preparándome con la concentración de quien estudia para un examen que no puede suspender.
El vestido correcto, el pelo recogido pero no demasiado formal, el maquillaje justo.
Repaso mentalmente los temas de conversación permitidos, los que a Adrian no le molestan, los que puedo tocar sin que él frunza el ceño de esa manera suya casi imperceptible que solo yo sé leer.
El restaurante es uno de esos sitios donde los manteles son de lino grueso y los camareros hablan en voz baja.
Richard Harrington es el socio más importante de Adrian, un hombre corpulento y afable que ríe con facilidad y que llena el silencio con anécdotas de golf.
Su mujer, Caroline, es delgada y rubia y lleva una pulsera de diamantes que tintinea cada vez que mueve la mano.
Me cae bien desde el principio, que es exactamente el tipo de cosa que Adrian nunca aprobaría si lo dijera en voz alta.
La cena va bien durante casi dos horas. Hablamos de un viaje que los Harrington han hecho a Italia, de un proyecto nuevo de Adrian, de una exposición en el Art Institute que Caroline quiere ver.
Yo escucho, asiento, sonrío en los momentos correctos, hago las preguntas adecuadas.
Soy buena en eso, en ocupar el espacio exacto que se espera de mí sin derramarme hacia los lados.
Es durante el postre. Richard está contando algo sobre una negociación que ha salido mal, algo complicado con unos inversores de Nueva York, y Adrian escucha con esa expresión suya de autoridad tranquila.
Y entonces Caroline me pregunta a mí, directamente, qué pienso yo, porque he trabajado en comunicación, ¿verdad?
, y algo así seguramente tiene que ver con la manera en que se ha gestionado la imagen pública del asunto.
Debo haberme excusado. Debo haber dicho que hace mucho que no estoy al día, que no soy la persona indicada.
Lo sé ahora, lo sé también ahora mismo, en algún lugar de mí que cada vez tiene menos espacio.
Pero Caroline me mira con una sonrisa genuina y Richard asiente con curiosidad y por un segundo, solo un segundo, soy la persona que fui antes, la que tiene opiniones y las dice.
Hablo durante quizás dos minutos. Digo algo sobre la gestión de crisis, sobre la importancia de la transparencia en los primeros comunicados, sobre un caso parecido que manejo en la agencia años atrás.
No es nada extraordinario. Es una observación razonable, bien argumentada, el tipo de cosa que en cualquier otra mesa pasaría desapercibida.
Adrian no dice nada. Eso es lo peor, que no dice nada.
Solo gira levemente la cabeza hacia mí, una fracción de segundo, y lo veo todo en ese giro.
Lo veo todo y dejo de hablar a mitad de frase con una excusa sobre el vino, me río de algo que no es gracioso y cambio el tema con tanta torpeza que Caroline me mira un instante con algo parecido a la confusión.
El resto de la noche lo paso contando los minutos.
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En el coche, de vuelta a casa, Adrian no habla.
Conduce con las dos manos en el volante, la mandíbula tensa, los ojos fijos en la carretera.
Yo miro por la ventanilla los edificios iluminados de Michigan Avenue y respiro despacio, muy despacio, con esa técnica que desarrollo sola durante años y que consiste en hacer el cuerpo lo más pequeño posible, lo más silencioso, como si pudiera volverme invisible antes de llegar a casa.
No funciona.
Tampoco funciona nunca, en realidad. Es solo una forma de retrasar lo inevitable.
Entramos al apartamento y Adrian cierra la puerta con calma, que es siempre la peor señal. Los portazos pueden significar rabia que se agotará sola. La calma significa otra cosa.
Me quito los zapatos en el recibidor y empiezo a decir algo, no recuerdo qué, algo sobre lo tarde que es, sobre que mañana tengo que madrugar, el tipo de frase inútil con la que intento construir una salida hacia el dormitorio, hacia el baño, hacia cualquier lugar que no sea ese pasillo.
Adrian me coge del brazo antes de que termine la frase.
No voy a describir todo lo que pasa después con detalle clínico porque no puedo, porque hay partes de esa noche que mi memoria decide guardar de una manera fragmentada y yo aprendo a no forzarla.
Lo que sí recuerdo es el suelo frío del recibidor contra mi mejilla.
Recuerdo el sabor a sangre, ese sabor metálico inconfundible.
Recuerdo pensar, con una claridad extraña que no encaja con lo que está ocurriendo, que el parquet necesita que lo limpien, que hay una mancha pequeña cerca del rodapié que lleva días ahí.
La mente hace esas cosas. Se va a otro sitio.
Adrian dice cosas mientras ocurre. Las dice en voz baja, casi con serenidad, que es su manera.
Dice que lo he humillado delante de Richard.
Que lo he puesto en evidencia, que lo he hecho quedar como alguien cuya mujer no sabe cuál es su lugar.
Que Caroline Harrington va a pensar que en esa casa no hay orden.
Escucho cada palabra con esa nitidez absurda con la que se escuchan las cosas cuando el cerebro decide que lo más urgente es registrar, no sentir.
Cuando termina se va al dormitorio. Así, sin más. Como quien cierra un asunto pendiente y pasa al siguiente punto del día.
Me quedo en el suelo del recibidor un tiempo que no sé medir. Después me levanto. Me limpio la boca con el dorso de la mano. Me miro en el espejo del recibidor, ese espejo con marco dorado que Adrian elige porque queda bien en las fotos cuando la gente viene a casa, y me miro durante un buen rato.
No lloro. Hace mucho tiempo que no lloro después de estas cosas. No sé exactamente cuándo ocurre ese cambio, cuándo las lágrimas dejan de venir, pero ocurre y a veces pienso que es la pérdida más silenciosa de todas las que sufro en ese apartamento.
Me miro en el espejo y tomo una decisión.
No es la primera vez que la tomo. Me la tomo antes, otras noches parecidas a esta, y siempre hay algo que la deshace al día siguiente, el miedo, la duda, la voz pequeña que dice que quizás puede cambiar, que quizás es culpa mía, que quizás si hago las cosas de otra manera.
Esta noche la voz pequeña no dice nada. Esta noche solo hay silencio y el sabor a sangre en la boca y mis propios ojos mirándome desde el espejo con una expresión que no reconozco de inmediato pero que después identifico como determinación.
Ya está. Ya está.
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Lo he planeado durante meses, pero esta noche lo convierto en algo real.
Me siento en el baño del pasillo, el pequeño, el que Adrian casi nunca usa, con el portátil sobre las rodillas y la puerta cerrada con el pestillo, y repaso cada parte del plan con una concentración que me sorprende incluso a mí.
La cuenta. He ido abriendo una cuenta durante los últimos seis meses, poco a poco, con cantidades pequeñas sacadas en efectivo de la compra, de los gastos del hogar, de los márgenes invisibles de un presupuesto que Adrian revisa pero no con la minuciosidad con que revisa otras cosas.
No es mucho dinero. Es suficiente para empezar.
El nombre. Wren. Lo practico en silencio tantas veces que ya me sale natural, ya es mío de una manera que Hermione deja de serlo hace tiempo.
El destino. Wisteria Hollow. Maine. Priscila y su café y esa foto guardada en una carpeta sin nombre en un portátil que Adrian no sabe que existe, comprado en efectivo en una tienda de segunda mano en un barrio al que nunca vamos.
Y la salida.
El lago Michigan está a veinte minutos del apartamento.
Hay una curva en la carretera de la costa norte, pasado el faro viejo, donde el arcén es estrecho y la valla de protección lleva años en mal estado.
Lo compruebo dos veces en los últimos meses, en distintos días, con distintas excusas para estar en coche sola. La curva da directamente sobre el agua.
No voy a morir. Eso es lo importante. El plan no incluye morir, incluye desaparecer, que es una cosa completamente distinta aunque desde fuera pueda parecerse.
Dejaré el coche. Con mis cosas dentro, el bolso, el abrigo, los zapatos que me quito en el recibidor esa misma noche y que ahora están en el suelo del baño junto a mis pies. El coche irá hacia el agua, lo suficiente para que la escena tenga sentido. Y yo no estaré dentro.
He pensado en cada detalle con la misma meticulosidad con la que Adrian organiza su mundo, y hay algo irónico en eso que no se me escapa. Que la única manera de salir de una vida controlada hasta el último detalle es volverme yo misma alguien que controla cada detalle de la salida.
Escribo a Priscila esta noche. No le digo nada concreto, nunca le digo nada concreto, pero le pregunto si sigue teniendo ese puesto en el café que mencionó semanas atrás, alguien que ayude con las mesas y con la cocina, alguien de confianza.
Le digo que conozco a una persona que busca un lugar tranquilo donde empezar de nuevo.
Le digo que esa persona es buena trabajadora y discreta y que no necesita mucho.
Priscila responde en menos de diez minutos, que para ser la una de la mañana dice mucho de ella o de su insomnio.
— Mándale que venga cuando quiera —escribe—. Aquí siempre hay sitio para quien lo necesita de verdad.
Cierro el portátil. Me quedo sentada en el suelo del baño con la espalda apoyada en la bañera y los ojos cerrados, escuchando el silencio del apartamento, la respiración lejana de Adrian al otro lado del pasillo, el sonido casi inaudible de la ciudad ahí fuera.
Tres días, me digo. En tres días esto habrá terminado.
Hermione Blake va a morir un lunes por la mañana, en una curva de la carretera de la costa norte, con el lago Michigan de testigo y nadie más.
Y Wren empieza a vivir.