Capítulo 2
El jueves por la mañana Adrian se olvida del reloj.
No es algo que ocurra a menudo. Adrian no se olvida de casi nada. Por eso, cuando bajo a la cocina y no escucho el crujido del último escalón a las ocho y cuarto en punto, algo en mi cuerpo se tensa antes de que mi mente entienda por qué.
Miro el reloj de la pared.
Ocho y diecisiete.
El café está listo. El zumo servido. La mesa en orden.
Ocho y diecinueve.
El silencio empieza a pesar de una manera extraña, como si la casa entera estuviera conteniendo la respiración conmigo. No debería pasar nada por tres minutos de retraso. No debería significar nada.
Pero significa.
Siempre significa.
Subo las escaleras con cuidado, apoyando el pie en los bordes de los peldaños para evitar el crujido. No quiero despertarlo bruscamente. No quiero que lo primero que vea al abrir los ojos sea una razón para enfadarse.
La puerta del dormitorio está entreabierta.
Lo veo antes de que él me vea a mí. Está sentado en la cama, con el teléfono en la mano y el ceño ligeramente fruncido, como si algo en la pantalla no encajara con lo que esperaba encontrar. No parece enfadado. Todavía no.
Eso es peor.
— Adrian —digo, suave—. El café está listo.
Levanta la vista despacio. Sus ojos pasan de mí al reloj de la mesilla.
— ¿Qué hora es?
— Las ocho y veinte.
Asiente, pero no se mueve.
— Deberías haberme despertado antes.
No es una acusación directa. Es peor. Es una afirmación presentada como lógica.
— Pensé que querrías dormir un poco más.
Error.
Lo sé en el mismo instante en que termino la frase.
Adrian deja el teléfono sobre la mesilla con un gesto controlado, demasiado controlado.
— No estás aquí para pensar lo que quiero —dice—. Estás aquí para anticiparlo.
Bajo la mirada. No respondo.
Se levanta. Pasa a mi lado sin tocarme, pero el espacio entre nosotros se siente más estrecho de lo que debería. Baja las escaleras sin prisa, con esa calma suya que convierte cualquier pequeño desajuste en algo más grande de lo que es.
Lo sigo.
La cafetera sigue caliente. El zumo en su sitio. Todo exactamente como debe estar, salvo por esos cinco minutos que ahora ocupan toda la cocina como si fueran un error imposible de ignorar.
Adrian se sirve el café sin mirarme.
— Hoy tienes que ir a la tintorería —dice—. Mi traje azul.
— Sí.
— Y llama al electricista. La lámpara del despacho parpadea.
— De acuerdo.
Hace una pausa. Lo noto antes de verlo. Ese pequeño silencio en el que decide si algo merece ser llevado más lejos o no.
— ¿Qué hiciste anoche? —pregunta.
La pregunta es simple. La respuesta debería serlo también.
— Estuve en casa.
— ¿Todo el tiempo?
— Sí.
Asiente.
— Deberías salir más —dice, como si fuera un consejo—. No es bueno que dependas tanto de este espacio.
No digo nada.
Es curioso cómo puede decir eso sin ver la ironía. Cómo puede hablar de dependencia como si no fuera algo que él ha construido con paciencia, capa a capa, durante años.
Se termina el café de pie.
— No vuelvas a dejar que se me haga tarde —añade, ya de camino a la puerta.
— No pasará.
Se detiene un segundo antes de salir. No se gira, pero sé que está sonriendo ligeramente. No es una sonrisa amable.
— Eso espero.
La puerta se cierra.
Me quedo en la cocina, de pie, con las manos apoyadas en la encimera, mirando el reloj de la pared.
Ocho y treinta y dos.
Solo doce minutos de diferencia.
Doce minutos que han cambiado el aire de toda la casa.
Respiro despacio.
Y por primera vez en mucho tiempo, no pienso en cómo hacerlo mejor mañana.
Pienso en cuánto más puedo aguantar.