Capítulo 4
No duermo.
No es que no pueda. Es que no quiero.
Hay una diferencia, y la entiendo con una claridad que no había tenido antes. Dormir significaría bajar la guardia, dejar que el cuerpo se relaje lo suficiente como para olvidar durante unos minutos dónde estoy, con quién estoy, qué ha pasado hace apenas unas horas en el recibidor.
No puedo permitírmelo.
Estoy sentada en el suelo del baño pequeño, con la espalda apoyada en la bañera y las rodillas recogidas contra el pecho. La luz está apagada. Solo entra la claridad tenue del pasillo por debajo de la puerta, una línea fina que divide el suelo en dos partes desiguales.
He limpiado la sangre.
Eso es lo primero que hago después de levantarme del suelo.
No pienso en nada más. No en lo que significa.
No en lo que debería hacer. Solo limpio.
El dorso de la mano, el lavabo, el espejo.
El parquet del recibidor, donde la mancha que antes me parecía vieja ahora se mezcla con una nueva que desaparece bajo el agua y el detergente como si nunca hubiera estado ahí.
El cuerpo sabe qué hacer antes que la mente.
Siempre.
Ahora estoy aquí, en el baño, escuchando.
Adrian duerme.
Lo sé por la respiración. Regular. Profunda. Sin interrupciones. Como si nada hubiera pasado. Como si el día hubiera terminado exactamente como debía terminar.
Como si todo estuviera en orden.
Apoyo la frente en las rodillas.
Hay un momento, muy breve, en que la idea aparece.
No es una idea completa. No tiene forma ni palabras todavía. Es más bien una sensación, un impulso que atraviesa el cuerpo como un escalofrío.
Esto no puede seguir así.
Es simple.
Es lo más simple que he pensado en años.
Y, sin embargo, no lo he pensado antes de esta manera. No con esta claridad. No sin que inmediatamente aparezca después la lista de razones por las que no es posible, por las que es peligroso, por las que no tengo a dónde ir, por las que es mejor esperar, aguantar, hacer las cosas mejor.
Esta vez la lista no llega.
O llega más tarde.
Primero llega el silencio.
Levanto la cabeza.
Miro la puerta cerrada del baño como si al otro lado pudiera haber algo distinto a lo que hay, como si abrirla fuera a cambiar la realidad de alguna manera.
No la abro.
Me quedo donde estoy.
Pienso en el coche.
No sé por qué. No tiene sentido todavía. No hay conexión lógica entre una cosa y otra. Pero la imagen aparece con nitidez: el volante bajo mis manos, la carretera de la costa, el lago al fondo.
La dejo estar.
No la desarrollo. No la empujo. Solo la dejo ahí, como una semilla que no sé todavía si va a crecer o no.
Respiro.
El aire entra despacio. Sale despacio.
El cuerpo empieza a relajarse contra mi voluntad. Los músculos se aflojan, el temblor pequeño que llevaba instalado en las manos desde hace horas disminuye hasta desaparecer casi por completo.
El cansancio llega después.
Siempre llega.
Cierro los ojos un momento.
Solo un momento.
Cuando los abro, la línea de luz bajo la puerta ha cambiado de intensidad. Es más clara ahora, más fría. Debe de estar amaneciendo.
No recuerdo haberme dormido.
Me levanto despacio. Las piernas me tiemblan al principio, pero responden. Siempre responden.
Abro la puerta del baño.
El pasillo está en silencio.
El dormitorio sigue cerrado.
Voy a la cocina.
Enciendo la cafetera.
Coloco la taza en el mismo sitio de siempre.
El gesto sale solo, automático, como si el cuerpo no hubiera registrado lo ocurrido, como si todo siguiera exactamente igual que ayer, que la semana pasada, que hace un año.
Pero no es verdad.
Lo sé en la forma en que sostengo la taza.
Lo sé en la manera en que miro la puerta.
Lo sé en ese espacio nuevo que se ha abierto dentro de mí, pequeño todavía, casi imperceptible, pero real.
Un espacio donde antes no había nada.
Un espacio donde cabe una idea.
No sé cuál.
Todavía no.
Pero está ahí.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso es suficiente.
Capítulo 5
Llevo cuatro días en Wisteria Hollow cuando empiezo a entender cómo funciona el tiempo en este pueblo.
No es el tiempo de Chicago, que avanza a golpes, urgente y sin pausas, lleno de plazos y de la sensación constante de que algo importante está ocurriendo en algún lugar al que yo no llego.
El tiempo de Wisteria Hollow es otra cosa.
Es un tiempo que se toma a sí mismo en serio sin apresurarse, como el café que Priscila prepara cada mañana dejando que el agua pase despacio por el filtro, sin forzarlo.
Me he instalado en el cuarto del piso de arriba del café, una habitación pequeña con una ventana que da a la calle y una cama de hierro con un edredón de flores que huele a lavanda.
Priscila me lo muestra esa primera noche con la naturalidad de quien enseña algo que ya sabe que va a gustar, y tiene razón, me gusta de una manera casi física, el tipo de gusto que se siente en el cuerpo antes de que la cabeza lo procese.
Los primeros días los paso aprendiendo. Priscila me enseña el funcionamiento del café con una paciencia que no tiene nada de condescendiente, simplemente sabe cómo explicar las cosas.
Las mesas, la caja, la cafetera italiana que tiene sus manías y a la que hay que tratar con respeto o no coopera.
Me enseña dónde están las cosas en la cocina, cuáles son los clientes habituales y qué piden sin necesidad de que se lo preguntes, qué días son los más tranquilos y cuáles los que llenan el local de turistas que llegan desde Bar Harbor buscando algo auténtico que fotografiar.
Yo escucho y asiento y hago las cosas como me las enseñan. Soy buena aprendiendo, siempre lo he sido, y además tengo una motivación que va más allá del trabajo: cada cosa que aprendo sobre este café y este pueblo es una cosa más que ancla a Wren al mundo, una raíz pequeña en un suelo nuevo.
No pienso en Adrian. O lo intento. Hay momentos, sobre todo por las noches cuando el café cierra y la calle se queda en silencio, en que algo en mí sigue esperando el crujido del escalón, la temperatura del miedo instalándose en el pecho antes de que haya ninguna razón concreta para tenerlo.
Esos momentos los dejo pasar sin luchar contra ellos, que es lo único que he aprendido a hacer con los reflejos que el cuerpo tarda más en olvidar que la mente.
El cuarto día, un jueves por la mañana, entra Jamie Callahan.
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Lo escucho antes de verlo. La campanilla de la puerta, que Priscila tiene regulada para que suene suave y no sobresalte a nadie, y después su voz saludando desde el umbral con esa facilidad de quien sabe que es bienvenido en todos los sitios a los que entra.
— Priscila, huele de maravilla ahí dentro.
— Huele de maravilla todos los días —responde ella desde la cocina—. Hoy simplemente lo notas porque llevas tres días sin aparecer.
— Estaba ocupado.
— Todo el mundo está siempre ocupado. Siéntate, que te traigo el café.
Yo estoy detrás de la barra colocando tazas cuando entra del todo.
Es alto, más de lo que había calculado por la voz, con esa complexión de alguien que trabaja con las manos o que simplemente ha vivido siempre cerca del aire libre.
Lleva una chaqueta de lana oscura y los primeros mechones del pelo todavía un poco revueltos, como si hubiera salido de casa sin darse demasiada importancia al asunto.
Tiene el pelo castaño oscuro y una barba de varios días que no es descuido sino simplemente su cara, y cuando se gira hacia la barra para dejar la chaqueta en el taburete sus ojos me encuentran antes de que yo pueda desviar la vista.
Son de un azul que no espero. No el azul difuso de algunos ojos claros sino algo más concreto, más definido, el azul de una mañana de octubre cuando el cielo lleva horas despejado.
Me miran un segundo con curiosidad natural, sin intención, la mirada de alguien que simplemente registra que hay una persona nueva en un sitio donde no había personas nuevas antes.
Sonríe.
Es una sonrisa fácil, sin esfuerzo, el tipo de sonrisa que no pide nada a cambio y que simplemente existe porque esa persona está construida de esa manera.
Yo aparto la vista y sigo colocando tazas.
— Veo que tienes refuerzos —le dice a Priscila cuando ella sale de la cocina con su café.
— Wren —dice Priscila, con ese tono suyo que presenta las cosas como si ya estuvieran resueltas—. Lleva cuatro días con nosotros. Jamie es el vecino más entrometido del pueblo, así que ya lo conocerás más de lo que querrías en menos tiempo del que imaginas.
— Qué buena presentación —dice él, sin ofenderse lo más mínimo—. Hola, Wren.
— Hola —digo.
Una sílaba. Justa y suficiente. Vuelvo a lo mío sin añadir nada más y noto, sin mirar, que él espera un momento, quizás acostumbrado a que las conversaciones continúen solas, y que después se sienta en su sitio habitual, la mesa junto a la ventana del lateral, y abre el periódico con la tranquilidad de quien no necesita que el mundo le preste atención para estar bien en él.
Priscila pasa a mi lado un momento después y me dirige una mirada breve que no dice nada y lo dice todo.
Yo hago como que no la he visto.
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Viene los tres días siguientes. Siempre a la misma hora, entre las nueve y las nueve y media, siempre con esa manera suya de entrar como si el café fuera una extensión natural de su propia casa.
Pide un café solo y a veces un trozo de la tarta del día, y se queda entre veinte minutos y una hora dependiendo de algo que no termino de identificar, quizás si lleva el periódico, quizás si Priscila está libre para hablar, quizás simplemente según le apetece.
Saluda siempre. A Priscila por su nombre, con esa familiaridad de años.
A mí con un hola que no exige respuesta elaborada y que yo devuelvo con la misma economía de palabras con la que aprendo a manejar casi todo en estos días.
Es amable sin ser pegajoso, que es una distinción que aprendo a valorar más de lo que habría valorado antes de Adrian, antes de saber lo que puede esconderse detrás de una amabilidad que sí exige cosas.
El segundo día me pregunta si me está gustando el pueblo.
— Sí —digo.
— ¿De dónde vienes?
Tengo la respuesta preparada desde hace semanas. Una ciudad del medio oeste, le digo, buscando un cambio. Lo digo con naturalidad porque lo practico tanto que ya no siento la textura de la mentira, solo la del guion.
Él asiente sin seguir preguntando, que es exactamente lo que necesito que haga, y vuelve a su café.
No sé si nota que yo he cerrado la conversación a propósito o si simplemente respeta los espacios de la gente de manera natural.
En cualquier caso no insiste, y eso es lo que hace que al día siguiente, cuando vuelve y me pregunta si la tarta de arándanos es nueva, le responda con algo más que una sílaba.
— La puso Priscila esta mañana. Es buena.
— Todo lo que hace Priscila es bueno —dice él—. Llevo treinta y dos años comprobándolo.
— ¿Treinta y dos años?
— Soy de aquí. —Lo dice sin ningún peso especial, como un dato y no una identidad—. Nací a tres calles de este café. Me fui diez años a estudiar y a intentar convencerme de que quería vivir en una ciudad grande, y después vuelvo porque resulta que no quiero.
— ¿Y no lo echas de menos? ¿La ciudad?
Me arrepiento de la pregunta casi antes de terminarla. No porque sea inapropiada sino porque es demasiado, demasiado interés, demasiada conversación para alguien que lleva días construyendo con cuidado una distancia razonable.
Pero Jamie no parece notar nada extraordinario en que le pregunte.
— A veces echo de menos el ruido —dice, pensándolo de verdad, no como quien da una respuesta hecha—. Pero el ruido cansa. Aquí me levanto por las mañanas y sé exactamente cómo va a sonar el día, y eso, que antes me parecía aburrido, ahora me parece lo mejor que existe.
Lo miro un momento sin querer. Hay algo en esa respuesta que me llega a un sitio que no espero, quizás porque yo llevo años viviendo en el ruido más silencioso del mundo, el ruido de un apartamento donde todo está en orden y nada está bien, y la idea de saber exactamente cómo va a sonar un día, de que ese sonido sea tranquilo, me parece de repente lo más parecido a un lujo que he escuchado en mucho tiempo.
Aparto la vista antes de que él pueda notar que lo he mirado.
— Tu café se está enfriando —digo.
Él baja la vista a la taza y sonríe de esa manera suya que llega primero a los ojos.
— Tienes razón.
Y vuelve a su periódico y yo vuelvo a mis tazas y el café sigue funcionando a su ritmo tranquilo de pueblo de Maine en octubre, con la luz entrando oblicua por las ventanas y el olor a canela instalado en el aire como si llevara ahí toda la vida.
No es nada. No ha sido nada. Solo dos personas hablando de cosas sin importancia en un café un jueves por la mañana.
Me lo repito tres veces mientras friego las tazas.
Y no me lo creo ninguna.