Capítulo 29 La última puerta #8
Se ovilló en el sofá y abrió las carpetas llenas de polvo que había rescatado de los cajones.
En su momento, Urik le dio copias de todos los estudios realizados con Bergier sobre el disco y los fenómenos climáticos, reflexiones, datos históricos sobre los Stver que, siempre en la sombra, se hacían cada vez más fuertes en Lucerna y en algunos lugares de Estados Unidos e Inglaterra, etc.
También sobre miembros de la Resistencia, asesinatos impunes, actos heroicos que no habían sido reconocidos.
Contuvo las lágrimas y sonrió. Conforme avanzaba en la lectura, en su memoria revivía algunos de los acontecimientos que, durante años había luchado por sepultar en su memoria.
Cerró los ojos. Por primera vez en muchos años, recordó a los verdugos que la habían golpeado en los calabozos de la Gestapo.
Recordó el martillo cayendo sobre sus dedos, un dolor eléctrico le sacudió el cuerpo, y decidió dejar de leer.
Guardó los documentos, tomó aire, se limpió una lágrima.
Alguien llamó a la puerta. Pero hoy no había quedado con Suzanne…
Cogió el bolso donde llevaba el arma y miró por la ventana.
Frente a la puerta de su casa, una mujer con un abrigo beige y una boina, calada por la lluvia, la miraba con expectación.
En su piel, algunas arrugas se hacían evidentes y los rasgos habían perdido tersura, pero en sus ojos brillaba la misma autenticidad que cuando eran pequeñas. Corrió a abrir la puerta.
—¡Ginebra!
Ambas se miraron, con las lágrimas a punto de brotar. Ginebra sonrió.
—Te dije que nos tomaríamos ese chocolate.
* * *
París, Panthéon, mayo de 1968
A través de la ventana que daba a la Rue d’Ulm, se escuchaban gritos de júbilo, voces que se alzaban con consignas surrealistas, protestas…
Los jóvenes corrían por las calles como llamaradas de colores, buscando una pared en la que escribir o un café en el que entrar a hablar.
Hablaban sin parar, se congregaban, se disolvían, iban a su aire, solos por la calle, escribían, o hacían fotos, o improvisaban en mitad de una acera, bailaban, cantaban.
Ginebra sonrió al mirarlos desde la ventana.
Querían gritar. Querían pensar. Solo esperaba que fuera un movimiento realmente espontáneo, que nada ni nadie corrompiera ese sueño que quería tener sentido.
Recordó lo que le había dicho tantas veces Urik: «Crearemos un nuevo mundo.
Y lo sorprendente es que será posible». En un papel de color azul escribió: «Volad sobre el mar infinito, cambiando el origen de las mareas hasta que el sol desobedezca y salga por el lado que no es».
Hizo un avión y lo tiró por la ventana. Se asomó a mirar.
Un joven que caminaba haciendo fotos a los mensajes en las paredes, recogió el papel, lo abrió y lo leyó.
Con una amplia sonrisa, miró hacia arriba.
—¡Gracias! —gritó—. ¡Le prometo que el sol no volverá a salir por donde siempre! ¡Yo me encargo!
—¡Estupendo! —exclamó Ginebra.
—¡Salenas, cronopio, cronopio! —dijo el joven en español con acento francés, quitándose el sombrero.
Ginebra, sorprendida, sonrió y sintió que se le humedecían los ojos. Julio Cortázar, su amigo Julio, estaba en el corazón de aquellos jóvenes, con su «no puede ser que estemos aquí para no poder ser». Ahora mismo, andaría por ahí haciendo fotos, como este joven.
—¡Salenas! —respondió Ginebra.
Sonriendo, se sentó ante la máquina de escribir.
Miró la habitación en tonos blancos con algunas plantas rinconeras, las estanterías llenas de libros, los grandes ventanales y una pequeña chimenea, escenario de las últimas reuniones con Breton, cuando su salud ya no le permitía moverse con libertad.
Retrocedió en el tiempo y recordó los maravillosos paseos surrealistas por Nueva York en los años cuarenta, las presentaciones de sus libros en el Upper West Side, en los cincuenta, las veladas de teatro en Brooklyn, el reencuentro con Claire y Urik en París, el jazz , la librería Shakespeare también a Georges que le mandaba fotos de su nueva vida en Castro, San Francisco, donde podía salir a la calle con su amor, sin miedo a que le censurasen; y los habituales paseos por París con Claire, a quien le encantaba grabar con su nueva cámara toda clase de documentales y darles un aire de nouvelle vague .
Pero, por encima de todo, resplandecía siempre, en su memoria, la ternura infinita de Théo, su verdad poderosa, su pureza incontestable.
Estaba dispuesta a hacerlo. Tenía que hacerlo.
Por él. Una vez más, repasó los papeles que, años atrás, Claire le había entregado: los documentos de Urik sobre el disco y su composición, los Stver, el egipcio, y las conjeturas sobre quién habría robado el texto del Critias.
El ascenso y caída de Lucius, la historia de la Resistencia, el suceso de Trocadero.
Tal vez, escribir toda la historia la ayudase a encajar las piezas del puzle que, en su memoria, aún estaban sueltas.
Ya no era una jovencita, notaba el cansancio. Sin embargo, la Ginebra que era seguía latiendo con fuerza bajo esa persona mayor que veía en el espejo todas las mañanas. Cerró los ojos.
—¿Estás ahí, Théo?
Lo que sentía era difícil de describir, era como cuando tuvo aquellas visiones en San Víctor, y Théo estaba allí y ella lo sabía, pero no podía verle. Con los años, había aprendido a controlar las imágenes, las canalizaba, las había convertido en una especie de pasaje.
Vio Boleskine, vio Ierápetra, San Víctor, vio el viaje espacio temporal en Festos, vio la Atlántida y, a través de una luz azul que invadía el centro de los recuerdos, vio los ojos de Théo que la miraban desde un amor infinito.
—Oh, ahí estás…