Capítulo 29 La última puerta #9
Entonces, sin saber muy bien cómo, sus dedos teclearon una frase.
Abrió los ojos y leyó. Una especie de música interna la impulsó a volver a escribir.
Siguió hasta llenar varios folios. Al fin iba a contar la historia, al fin escribiría sobre Théo, sobre su lucha contra la oscuridad, su hazaña.
La hazaña de Théo Bernard y Ginebra Wilde. Una aventura que nadie había conocido.
—¡Mamá! ¿Qué tal?
La voz de su hija la sobresaltó. No se había percatado de su presencia.
Kavya se inclinó sobre la máquina y comenzó a leer.
—¡Wow!, esto va a ser muy groovy .
—No sé si será groovy , pero… fue verdad.
—Ginebra se levantó y observó a su hija, alta, delgada, vestida con pantalones campana y una blusa de cuadros, el pelo negro liso, con raya en medio, bajaba casi hasta la cintura.
Leía a toda velocidad, con sus grandes ojos grises tras las gafas pequeñas y redondas al estilo Lennon.
Desde muy pequeña la había enseñado a leer y a escribir, y ahora era poeta y cantautora.
Había formado un grupo de música, con algunos chicos que llevaban el pelo largo y barba.
En numerosas ocasiones, Kavya percibía cosas que no comprendía, y Ginebra trataba de explicarle lo que a ella misma le ocurría.
Lo que Urik había llamado el «don de Nabia», hacía tantos años—.
Ya es hora de hablar de ello, y de que tú conozcas toda la historia.
—Mamá… —dijo Kavya, conmovida—. Siempre quise que me lo contaras.
—Qué raro que no estés en la universidad, en medio de todo esto que te encanta.
—Vengo de allí. La huelga sigue, ahí fuera es todo como un trotar de unicornios.
Los alumnos vienen para hacer asambleas.
Les encanta estar con los profes jóvenes, dicen que les entendemos mejor.
Esta tarde tenemos reuniones en Nanterre y mañana happenings —explicó Kavya, mirándola con una sonrisa en la que siempre veía a Théo—.
Hemos estado hablando de todas las cosas que hay que mejorar.
Ojalá no se quede en una utopía. Había grandes artistas en la reunión de hoy: pintores, escultores, escritores…
Por cierto, tienes muchos fans por allí.
—Anda, come algo, estás muy delgada.
—¡Tengo un hambre tremenda! —dijo Kavya. Resueltamente se metió en la cocina y, mientras abría la nevera, siguió contándole las aventuras que había vivido en la universidad en la que daba clases de literatura.
Ginebra tomó asiento, de nuevo, frente a la máquina de escribir.
Recuperó la primera hoja y leyó: «Eran las tres de la mañana y hacía frío». Miró su reloj: las tres en punto de la tarde.
Detrás, solo a unos metros de ella, una sombra que comenzaba a crecer desde algún lugar, la observaba. Ginebra no se molestó en girarse.
—Sé que estás ahí, sé que volverás. Ojalá estemos preparados. Ojalá hayamos comprendido…
Urik le había contado que los Stver continuaban ejerciendo el poder en la sombra.
Aseguraba que tenían planeada una nueva fecha para otra especie de advenimiento, y que tendría lugar entre el año 76 y el 86 del siglo XX , respondiendo a un cambio de paradigma en el que, al parecer, estaban trabajando, pero todo quedaba en conjetura ante la dificultad de conseguir pruebas.
Mantenían una total discreción; si seguían haciendo rituales, lo ocultaban tan bien que jamás trascendía, y se ramificaban a través de sociedades que cobraban fuerza en las esferas más altas.
Nadie sabía nada de ellos fuera de los circuitos alternativos de investigación y, aunque tras la guerra se habían distribuido algunos folletos anónimos, pasaban por ser meras habladurías de falsas conspiraciones.
Se disponía a seguir escribiendo, cuando sonó el timbre. Una sola llamada, pero contundente. Se preguntó quién podría ser, a esas horas tan raras. Desde la habitación se escuchaba la música de Janis Joplin que había puesto Kavya.
—No la pongas tan alta —dijo Ginebra.
Al acercarse a la puerta, percibió algo que no sabía definir y dudó unos instantes.
Finalmente, giró el picaporte y abrió. Vio a una mujer con grandes gafas de sol de pasta marrón y una boina ladeada.
Llevaba las solapas de su abrigo alzadas, de modo que le tapaban una parte del rostro.
Ginebra retrocedió y se cerró la chaqueta instintivamente.
Percibía diferentes energías que se cruzaban.
La mujer agarraba con fuerza una vieja carpeta dorada.
—¿Es usted Ginebra Wilde? —le preguntó, con una voz que sonaba más envejecida de lo que su aspecto hacía ver.
Y, mientras Ginebra asentía, desconcertada, la mujer abrió la carpeta que sostenía contra su pecho y extrajo un manuscrito amarillento—.
Necesito hablar con usted. Tal vez le interese conocer los hechos que aquí se narran.
Y también… el paradero de algo que usted perdió.
Ginebra miró el manuscrito. En la portada solo pudo distinguir un nombre: Cesare Evola. Sintió un calambre en la boca del estómago.
—¿Quién es usted? —preguntó.
La mujer se quitó las gafas de sol y la boina, dejando ver su rostro arrugado y su cabeza, parcialmente surcada de cicatrices de antiguas quemaduras e injertos. Sus ojos amarillos brillaron bajo los rizos pelirrojos entre los que asomaban mechones de canas.
—Me llamo Marguerite —dijo—. Marguerite Lacroze.