Capítulo 29 La última puerta #7
Colocó las manos sobre los mandos de su moto.
Iría a donde le llevara el azar. Después de lo que había visto y lo que había vivido, solo ansiaba encontrar algún lugar donde poder detenerse, algún tiempo, a descansar, a recuperarse de la herida de bala en la espalda, y seguir ayudando a los que le necesitaran, antes de volver a su reclusión en las afueras de París, si la guerra se lo permitía.
En el lado vacío del sidecar cayó una hoja seca, de un curioso color azul.
«Eso es, Théo. ¡Gracias!», se dijo Urik.
Cerca de Saint-Nazaire había una enorme biblioteca llamada Follies.
Iría allí a investigar sobre la partícula azul y trataría de aportar algo a la Resistencia.
Allí, una vez, cuando aún buscaba su lugar en el mundo, había encontrado el amor con Hanna.
¿Qué haría Hanna si estuviera con él en este momento?
¿Si no se hubiera tirado por ese puente en Praga, en un verano plomizo en el que el cielo era marrón, la belleza se extinguía en urinarios macilentos y ella decidió que nada tenía sentido?
«Yo haré que lo tenga, Hanna, por ti y por todos los que se sintieron como tú, y sobre todo por Ginebra y Théo», pensó Urik.
Se colocó el casco, apretó los mandos y aceleró.
* * *
Buenos Aires, plaza Dorrego, octubre de 1944
Ginebra tomó asiento junto a la ventana, en la mesa de la esquina del café Dorrego, un lugar que ya era familiar para ella, en aquel Buenos Aires en el que aún se sentía extranjera.
Gracias a los contactos de André Breton, había establecido relación con varios escritores y pintores franceses que estaban exiliados allí.
Por otro lado, el novio de Georges la ayudaba a escribir en español.
Georges se había instalado en San Telmo, muy cerca de ella.
Se sentía feliz en aquel barrio que, de algún modo, le recordaba al Marais de París y al Trastevere italiano.
Mientras degustaba su café con leche y churros, vio entrar a Jorge Luis Borges, aquel escritor erudito que hablaba en perfecto francés y trabajaba como bibliotecario.
Se sentaba junto a ella en el café y acababan charlando de literatura, de las metáforas y los símbolos, de la vida, y…
de lo que había ocurrido con el disco. Le gustaba contarlo como si fuera una especie de leyenda, algo que quizá no había sucedido realmente.
Y Jorge Luis la escuchaba tan atentamente que a veces tomaba notas, y se volvía loco por intentar probar la veracidad de sus palabras.
Siempre terminaba con la misma pregunta: «¿Me dirá usted si es verdad esta historia?
». Y Ginebra sonreía, pero jamás contestaba.
Jorge Luis se acercó a ella y le pidió permiso para tomar asiento a su lado.
—¿Sabe lo que más me cautiva de esas historias que usted me cuenta y que se empeña en hacer ambiguas? —le dijo.
—¿Qué?
—La cualidad poliédrica…
—¿La cualidad poliédrica?
—Ese disco… ese poder que tiene. Es fascinante porque es ubicuo, omnímodo. Significa la unión de todos los ángulos posibles, por eso abre un pasaje, ¿no le parece? No sabe hasta qué punto me interesa ahora mismo esa cuestión.
—En efecto —dijo Ginebra—. Pero nada de eso lo vivimos así en ese momento. Ni yo… ni Théo.
—Sigue pensando en él…
—Toda mi vida pensaré en él.
—Los seres queridos vuelven siempre. Es como si aguardaran en un cruce de dimensiones, nos atraviesan cuando menos lo esperamos —dijo Borges—. Sigue viniendo a este café para escribirle poemas, ¿verdad?
—A usted se lo puedo decir.
—El bello poema que me envió saldrá en mi revista la próxima semana.
—Gracias, Jorge —dijo, y le sorprendió lo poco que le importaba ahora algo que antes hubiera sido primordial.
—Y saldrá sin seudónimo masculino.
Ginebra sonrió y no pudo evitar emocionarse. Ya no tenía que ocultar su nombre.
La puerta del café se abrió y una figura alargada, ataviada con un abrigo juvenil y algo raído entró en el salón. Llevaba unos cuantos libros en la mano y su cara, sumamente adolescente, no parecía corresponder a su estatura ni a su seriedad.
—Querida Ginebra —dijo Borges—, quiero presentarle a un joven muy prometedor que vive en Mendoza y es profesor de Literatura Francesa en la Universidad Nacional de Cuyo, pero viene mucho por Buenos Aires.
—Encantado de conocerla —dijo el joven con una voz profunda, atravesándola con sus ojos verdosos, inteligentes, algo raros. Ginebra le dio la mano sonriendo.
Al otro lado de la plaza, Georges saludó a Ginebra con la mano. Cogió en brazos a la niña de pelo negro y mofletes rosados y la animó a que también la saludara.
—Ahí está su hijita, Kavya Amrit —dijo Jorge Luis—, ¿no es así?
—Es usted el único que recuerda bien su nombre —reconoció Ginebra, sonriendo mientras respondía al saludo.
—Y nació en Argentina. ¿Resolvió el tema de su estancia aquí?
—Pues, a decir verdad, un amigo, el poeta André Breton, me ha ofrecido viajar a Nueva York. Allí se le están abriendo oportunidades y quiere contar conmigo para escribir en una revista, quiere presentarme a un editor…
—¿Y se lanzará a la aventura neoyorquina?
—Podría ser inspirador. Tengo ganas de ver a André, de visitar a Leonora Carrington antes de que se vaya… Y conocer Manhattan. Pero volveré a París, de eso estoy segura. Cuando la guerra termine… Tengo que tomar un chocolate con una vieja amiga.
—Me gustaría tanto ir a París —dijo Julio Cortázar atravesándola con sus ojos verdes penetrantes—.
Pero sobre todo quisiera seguir en contacto con usted, Ginebra.
No es como muchos de los escritores que conozco, grises y quitinosos…
Más bien tiende, como yo, irremediablemente, a crear líneas de fuga en el continuo.
—Julio, percibo una luz pura en sus palabras, en su mirada.
Espero no perder nunca esa cualidad de la que usted habla, si es que la tengo.
Escríbame. Yo lo haré —dijo Ginebra, dándole la mano.
Se levantó, y se puso el sombrero—. Bueno, tengo que marcharme, me están esperando —se excusó, saludando a Georges—. Y tengo que preparar el equipaje.
—¿Irán solas? —preguntó Borges, un tanto alarmado.
—Sí, esta aventura la haremos solas. Y no pasa nada.
Quiero que ella comprenda que está sola, igual que cuando vino al mundo, igual que cuando se vaya.
Venimos solos, pero nos aloja el vientre de nuestra madre, que es un pasaje hacia este mundo, hacia los que nos aman en el tiempo que conocemos.
Nos vamos solos, pero nos aloja el vientre de la madre tierra, otro pasaje hacia el amor atemporal.
En el camino de la vida, estamos siempre solos, siempre acompañados. Y el fin solo es otro principio.
—¿Otro principio? —preguntó Borges.
—Así es… Esto no termina aquí. No sabría explicarlo, pero pude verlo.
Es una cuestión de fe, y también de inconformismo…
De empeñarse en seguir explorado, caminando, soñando y creyendo en nuestros sueños, a pesar de los golpes.
Aquellos que nos han querido, nos esperan en el otro lado. Si los buscamos lo suficiente.
Cortázar se levantó y le dio un abrazo a Ginebra.
—Cuídate, Ginebra, escribí.
—Lo haré, Julio. Gracias.
—Ginebra, antes de irse —dijo Borges, poniéndose en pie—, déjeme preguntarle, solo una vez más: ¿es real la historia?
Ginebra sonrió, miró a los dos escritores. Cortázar la observaba desde su gran estatura, con una autenticidad profunda, aguda y lírica, como si dialogara directamente con la parte de ella que amaba la poesía. Borges parecía ser el interlocutor de la parte más racional.
—Todo cuanto le he contado es real, Jorge Luis. Absolutamente todo —dijo, finalmente, con total seguridad y una sonrisa serena—. Le escribiré pronto. Debo marcharme.
Mientras la veía alejarse a través de la ventana, Borges se dejó caer en la silla. Abrió su libreta sobre la mesa, la ojeó, perplejo.
—¿Y cómo creer…? ¿Y cómo pensar que…? ¡Esa historia es increíble!
—¿A qué historia te referís? —preguntó Cortázar, sin disimular su intriga.
—¿Tenés algo de tiempo?
—Siempre tengo tiempo para hacer cosas fuera de lo habitual —dijo Cortázar sonriendo—. Para lo que no deberíamos tener tiempo es para lo otro, ¿no crees, vos?
—Pues entonces te lo voy a contar…
Julio Cortázar tomó asiento, encendió su pipa y se dispuso a escuchar.
—Permitime que le ponga un título a la historia —propuso Borges con la mirada perdida en el infinito—: la llamaremos… El Aleph . Sí, ese será un buen nombre.
* * *
París, Montmartre, enero de 1957
Claire se dirigió a la cocina de su piso en la Rue de L’Abreuvoir y le dio vueltas al chocolate caliente.
Lo preparaba todos los sábados, desde hacía años, en recuerdo de aquella promesa que, una vez, le hizo Ginebra.
Solo que, en vez de tomarlo con ella, la que acudía a la cita era Suzanne, con la que había cultivado una buena amistad.
Suzanne le contaba que juraría haber visto a Renaud después de la guerra, en el ministerio, y que su expresión era muy diferente a la que solía tener.
Se figuraba que eran proyecciones, producto del dolor.
¿Debería investigar el tema? Recordaba haber oído a Ginebra decir que en algún momento había visto los cuerpos de Renaud y los demás científicos aquel fatídico junio del 41, pero no podía estar segura, pues estaba bajo los efectos de un sedante.
Echaba de menos a su amiga. Ya no recibía cartas suyas tan a menudo como antes y no sabía si seguiría en Nueva York.
Tenía su primera novela publicada en la estantería, le hubiera gustado ver en ella alguna alusión a lo que habían vivido.
Todavía la recordaba, caminando bajo la lluvia, aquel gélido día de 1938.