Capítulo 29 La última puerta #6
Se levantó rezongando, apoyándose en un bastón provisional que le habían conseguido hasta que pasaran los violentos ataques de tos y recuperase la movilidad.
—Yo no soy la Bestia. Tú no has visto a la verdadera bestia. Yo sí… —masculló.
Cogió torpemente los papeles que había sobre la mesa: viejos libros y manuscritos inéditos, y se los arrojó al muchacho.
—Quiero que te cagues en ellos —le dijo.
—¿Cómo?
—Ya me has oído. Has dicho que querías hacer algo por mí y yo quiero que te cagues, que defeques en esos papeles, que los orines.
El chico pestañeó y permaneció en silencio unos instantes.
—¡Hazlo!
—Sí… frater .
Mientras el chico se bajaba tímidamente los pantalones, Crowley sonrió y prendió su pipa.
Pero, en lugar de observar cómo la orina teñía los documentos, su mirada se perdió de nuevo en el pasado, en el día en que Boleskine había ardido, en ese francés insidioso que había aparecido de pronto para arrebatarle su sueño.
Y en cómo había despertado, sangrando y tosiendo, en la solitaria arena de un lago vacío, desierto de magia, un lugar seco que ya no sería epicentro de nada.
Pensaba en los gritos de los hombres encapuchados, en las sombras que se deslizaban por las paredes.
Pero, sobre todo, pensaba en las cosas que hacía sin querer, sin saber muy bien por qué.
Y pensaba en las voces que ahora escuchaba en su cabeza, golpeando su cerebro, durante las noches de insomnio.
Tragó saliva, comenzó a toser, y la sonrisa se borró de su rostro inmediatamente.
El chico descendió de la mesa llena de orina y excrementos, se abrochó los pantalones, le dijo algo, pero Crowley no escuchaba.
Estaba lejos de allí, en la casa de Moreau, con el egipcio que le miraba sonriendo, sabiendo que aún controlaba sus actos, con los invitados a aquella reunión en diversas épocas y espacios, en aquella casa del reloj de sol de la que ya nunca podría salir.
Datark le miraba fijamente con sus repugnantes ojos, desde la tiniebla en la que, pacientemente, aguardaría que le trajeran de vuelta, alerta, ampliando su circuito, esperando el momento en que ya no existieran Ginebras ni Théos, y todos fueran los esclavos del gran puerco.
Entonces, ni siquiera haría falta un pasaje.
Crowley cerró los ojos. Le dolía la cabeza y le ardía el pecho.
— Frater… Crowley… ¿Se encuentra bien? —preguntó el chico—. ¿Aleister?
Crowley, con la mirada perdida, dejó caer un hilo de baba y movió los labios lentamente.
—Yo ya no soy Aleister Crowley, chico —murmuró débilmente—. Solo soy una sombra.
* * *
Suiza, Lucerna
Las callejuelas de la ciudad le resultaban más estrechas y oscuras de lo que recordaba.
No había estado allí en treinta años, pero aún tenía algunos recuerdos de sus visitas a la ciudad.
Al caminar, sentía, a la altura del muslo, el dolor de la puñalada que le había asestado Crowley durante el forcejeo, y, en el brazo, las huellas del disparo de los que, una vez, le habían acogido como compañero de rituales.
Al fin y al cabo, era un precio razonable por salir con vida del horror de Boleskine.
Por suerte, los designios no se habían cumplido.
En los más altos mentideros de la élite social achacaban el error a la presencia de esa mujer a quien querían entregar como ofrenda.
María Orsic decía que ella había alterado el curso de los acontecimientos.
En su momento les había contado a los policías todo lo que recordaba, a pesar de las amenazas.
Solo él y dos personas más habían hablado, en la más estricta de las intimidades.
Y él juraba haber visto a Lambert, a Koch y a Faure, en aquella estancia siniestra, muertos, embalsamados…
Y creía haberles visto moverse después, pero lo consideraba una alucinación provocada por el poco líquido negro que no había podido evitar ingerir.
No sabía si el remolino en el agua había sido un sueño, o si habría sido real, pero todavía recordaba su parálisis, su sentimiento de impotencia, su codicia y su flaqueza ante el poder del disco.
Recordó a ese francés ensangrentado y la mirada y las palabras de esa misteriosa mujer morena, que le hicieron reaccionar.
De alguna forma, había comprendido, en ese momento, lo que en el fondo de su alma ya sabía: que el camino de Crowley, el de los Stver, el de los nazis habían sido erróneos desde el principio.
Juegos de sombras, ilusiones vacuas, rituales de poder de amos y siervos, promesas envenenadas que no conducirían más que a ese abismo del que había huido aterrado, a un verdadero Cabaret del Infierno.
Desearía saber dónde estaban los dos desconocidos que se alejaron en la barca, qué habría ocurrido con ellos. Demasiadas pérdidas y muy pocas recompensas.
Al descender por unas escaleras, en una parte recóndita del núcleo de la ciudad, el corazón comenzó a latirle cada vez más deprisa.
Con las manos temblorosas, extrajo de su bolsa las pastillas para los nervios y se las tomó.
Se apoyó durante unos instantes en la pared.
El viento hacía ondear su capa negra, que ya no le resultaba elegante ni seductora, sino un mero ornamento innecesario.
Caminó despacio, apoyándose en su bastón.
Le parecía irónico necesitarlo de verdad.
Al final del sendero empedrado se detuvo ante una casa que, a simple vista, parecía vulgar y pequeña.
A la luz del rojo atardecer, más bien parecía una posada.
Le costaba creer que el sótano de esa casa hubiera albergado, alguna vez, la nueva génesis del reino de Los Sombra, tal y como le había dicho un amigo de AvGull, al que, como a él, habían expulsado del palacio de lo social para convertirlo en paria.
Por un momento, le pareció que una sombra temblaba en algún punto de la calle solitaria.
De pronto, oyó un chasquido. Desde la otra esquina, alguien observaba.
Y quería que él supiera que le estaba observando.
Recordó el acoso al que le habían sometido después de ir a investigar a Ferriéres, y recordó que aún estaban allí, que ese barro seguía hirviendo bajo la tierra.
Todos ellos permanecerían unidos, en el magma oscuro de lo oculto, hasta que tuvieran otra ocasión propicia para cernirse, como una plaga de sombra, sobre la tierra.
Nunca estaría libre de sus miradas, de sus presencias, de sus maquinaciones. Se quitó el sombrero e hizo una reverencia a aquel vigilante que no dejaba de mirarle impertérrito. Dio media vuelta y caminó despacio, alejándose de la casa.
En realidad, su trayecto no tenía un destino.
En París ya no le quedaba nada. Ya no sería capaz de caminar por aquellas calles que había amado y venerado y de las que, una vez, extrajo su fuerza.
Ya no volvería a los abismos que antes le parecían atractivos, ni a las damas aburridas, ni a los recintos habituales que le hacían sentirse culto.
Estaba desengañado de todo, no existía ya ningún encanto, ninguna dulzura en la vida que antes acostumbraba a adorar.
¿Volvería a Italia, donde Mussolini le requería, a su pesar?, ¿iría a su Sicilia natal?, ¿recurriría a la AvGull, de la que apenas quedaban unas migajas? «¿Qué estarás haciendo ahora en ese calabozo, viejo Hess, y por qué te volviste loco de repente?», pensó.
Quizá sería mejor ir a su casa de Viena.
Allí, al menos, podría pensar en el devenir.
Tal vez, al igual que Marguerite, se dejaría matar por algún explosivo.
O quizá lo mataran los que le vigilaban.
En tiempos de guerra era muy fácil hacer que cualquier cosa pareciera un accidente.
Dejaría que las fluctuaciones violentas de la guerra marcaran sus pasos, en medio de las armas que el hombre fabricaba para matar al hombre.
* * *
En una carretera perdida de Francia
Urik detuvo su viejo sidecar, cargado con unos cuantos libros, en el arcén de la solitaria carretera, y miró al horizonte rojizo y diáfano.
Qué diferente del cielo de aquellos días de tormentas eléctricas y locura meteorológica.
El clima había recuperado su cordura. Y, sin embargo, este atardecer le parecía diferente a todos los que había visto en su vida.
Le instalaba en el plano de lo eterno con una naturalidad asombrosa.
Era como si le estuviera dejando algún mensaje entre las nubes doradas, sobre el mar teñido de rojo.
Parecía hablarle de una paz inesperada que aguardaba entre la niebla, pero también de incertidumbre, de añoranza, de sueños que seguirían quebrándose.
—El reclamo de autenticidad… —dijo Urik, recordando a Ginebra y a Théo.
Todavía tenía el telegrama de Ginebra en el bolsillo. Ella estaría camino a Sudamérica, lejos de los recuerdos.
También se había despedido de Bergier en la estación de París, y ambos sabían que tardarían tanto en volver a verse como la última vez.
Recordó las palabras de la carta de Claire, invitándolo a su refugio en Marsella, junto a la Resistencia.
Sonrió. Esa mujer aún creía en que se podían cambiar las cosas.
Y, en realidad, él también. A pesar de todo, seguía creyendo y se agarraba a esa esperanza.
A pesar de que los que habían participado en la aberración de Boleskine seguían libres, tejiendo el mundo con sus telas de araña, David había ganado una lucha contra Goliat, pequeña pero enorme.
Miró al frente, hacia el mar Mediterráneo. Tan diferente y tan lejos del oscuro y frío lago que había engullido a Théo.
Echaba de menos a su amigo: su forma sincera de actuar, sus salidas de tono, su carácter romántico.
Y, sin embargo, sabía que Théo no había desaparecido.
Al igual que Ginebra, intuía su presencia, al otro lado, en otro espacio tiempo.
¿Estaría en la Atlántida? «Théo, amigo, si pudieras darme una señal».