Capítulo 29 La última puerta #5
Lucius iba a gritar, pero ella alzó la mano y esta vez apuntó más abajo.
—¡No por favor, no me pegues ahí, no…!
Linka le tapó la boca y sonrió, hasta que él se quedó en silencio. Dos lágrimas de impotencia corrieron por sus mejillas y comenzó a sollozar. Entonces, ella le puso el dedo índice sobre los labios, con una parsimonia sádica.
—Schsssss.
* * *
Escocia, lago Ness
Ginebra permanecía absorta contemplando las aguas serenas y cristalinas.
Solo habían recuperado una barca hecha trizas, con manchas de sangre.
Pero no el cuerpo. No había rastro de Théo Bernard, y tampoco del disco.
Recordó su última mirada, el amor que había en esa mirada de comprensión y de renuncia.
Ahora el disco estaba lejos de los Stver y de los nazis.
—Espero que esté terminando sus acuarelas en Atlantis, espero que nos encontremos allí —se oyó decir Ginebra, como si no fuera ella la que pronunciara esas palabras.
John la abrazó, la besó en la frente.
—Allí fue donde os conocisteis, en el Atlantis.
Ginebra miró a John. Asintió. Él creía que hablaba de un bar y no podía explicarle lo que era realmente Atlantis para ella.
—Allí nos conocimos, hace millones de años, y también mañana. Y allí nos volveremos a encontrar —dijo.
—Quién fuera poeta, amiga mía —opinó John, sonriendo—.
Ginebra, querida, ojalá hubiéramos podido encontrarlo, y ojalá hubiéramos llegado a tiempo esa fatídica noche.
Hubo información engañosa, bloquearon a mis hombres en Escocia…
Varios miembros de Polus murieron, y muchos de los nuestros también.
Urik aún está recuperándose, pero logramos ponerlo a salvo.
—¿Urik estaba con vosotros?
—Y Bergier también: se empeñaron en hacer trabajo de campo. Urik recibió un disparo, pero gracias a él, Théo no lo recibió y pudo trepar hasta la casa, entre los matorrales. Así me lo han contado. Ojalá hubiéramos podido hacer más.
Ginebra miró a John. Conocía de memoria sus gestos y su sonrisa tímida, afable pero siempre contenida. Lo abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas.
—Ya has hecho mucho, John. Y has estado todo este tiempo buscando el cuerpo…
—¿Qué tal la pierna?
—Fue una pequeña herida, por suerte no me alcanzó de lleno. John, ¿qué ha ocurrido con los que participaron en ese ritual?
—No voy a mentirte, Ginebra —dijo John limpiando sus gafas—, solo algunos de ellos, los sicarios, los ayudantes, han sido localizados.
Se han recuperado varios cuerpos calcinados, entre ellos el de Jean Faure, el científico.
Curiosamente, no el de Lambert, ni el de Koch, aunque hay testigos que aseguran que los vieron allí.
Otros murieron en esa especie de tormenta en el lago.
Los otros, los responsables, huyeron sin consecuencias.
Estas cosas suceden… nunca mejor dicho… en la sombra, y esa sombra es más grande y poderosa de lo que podemos imaginar.
Urik lo comprendió demasiado pronto. Un par de peces gordos, y algunos otros que no lo son tanto, pagarán por asuntos turbios relacionados con las finanzas.
Es lo que han conseguido la Resistencia y la red Polus.
—Y sus contactos acudirán en su ayuda y en un par de años estarán completamente exonerados y repuestos, ¿verdad? —dijo Ginebra.
John bajó la cabeza.
—Sin embargo, es un gran logro. Además, desde Polus están utilizando los papeles del maletín de Koch para socavar al Reich, algunos altos cargos caerán.
Pero, Ginebra, lo más importante es lo que hicisteis vosotros.
Si no fuera por Théo y por ti, ese disco seguiría en sus manos.
Ellos y esos nazis… Por cierto, creo que te tranquilizará saber que Lucius está completamente fuera de combate —dijo John.
—¿Lo está?
—Fue un ataque kamikaze. Al parecer, le hirieron de tal gravedad que ha quedado tetrapléjico.
Lo último que supe, a través de informaciones de Urik, es que estaba en un hospital de las afueras.
Sus enemigos han aprovechado la coyuntura para vengarse y ha perdido sus privilegios.
No creo que pueda estar pendiente de perseguir a nadie, al menos en un largo tiempo.
Ginebra asintió. Todavía sentía escalofríos cuando pensaba en él. Le hubiera gustado otro final, le hubiera gustado que la justicia actuara, y que él comprendiera y cambiara.
—«Los placeres violentos tienen finales violentos» —murmuró.
—Shakespeare —dijo John. Miró a Ginebra con ternura—. Oye Ginebra, hazme caso, sigue escribiendo. Aléjate de todo esto. Vendrán a buscarte al puerto esta misma tarde. Hasta entonces, dos de mis hombres se van a encargar de protegerte.
—El disco ha desaparecido. Nadie sabe que estoy viva y Lucius no me persigue. Y tengo la pistola que me han dado tus agentes.
—Sé que te cuidas bien sola, pero toda precaución es poca. Cuando pienso en lo que te hicieron… En lo que estuvo a punto de pasar… Hasta que estés a salvo, camino a América, no estaré tranquilo. El mejor homenaje que podemos hacerle a tu padre es que estés bien.
—De acuerdo —dijo ella volviéndose para saludar a los dos hombres que la aguardaban, a unos metros de la orilla, y que se encargarían de su seguridad y la escoltarían hasta el barco.
John asintió, adoptó su gesto de seriedad neutral, y se dirigió hacia el lago para dar la orden de finalizar la larga búsqueda. Ginebra vio cómo empezaban a recoger el equipo y todas las herramientas. En pocos minutos todos habían desaparecido por la carretera del lago.
Tras ella, más allá de los árboles, la mansión de Boleskine, de la que ya solo quedaban ruinas negruzcas, la observaba desde el silencio total.
Estaba atardeciendo. Ginebra se acercó a la orilla del lago.
Los dos escoltas la observaron y uno de ellos comenzó a acercarse.
—No os preocupéis, no voy a hacer ninguna tontería —dijo.
El escolta asintió y se alejó, encendió un cigarrillo sin dejar de mirar a su alrededor. El sol besaba el horizonte de agua, iluminando la superficie del lago.
Contempló el agua, tratando de evitar los recuerdos. Una gaviota aleteó, elevándose hacia el cielo.
—Théo, sé que me escuchas. De alguna forma, sé que siempre lo harás.
¿Vendrás a buscarme cuando llegue el día y tenga que irme?
Dime que nos daremos la mano, como cuando paseábamos por la playa de Ierápetra.
Dime que nos reconoceremos, al otro lado, y seremos dos locos de la poesía que al fin pueden vivir en el mundo que soñaron.
Me iré contigo a esa Atlántida que vimos y sentimos los dos, será nuestro sitio, al fin; nuestro tiempo, nuestra gente, y no será tu destino, ni mi azar, sino la mezcla de ambos.
Al fin, Théo, al fin, un lugar y un tiempo para nosotros…
lejos de este mundo que destroza, pétalo a pétalo, toda la belleza que crea.
Dime que será así. Tú que siempre fuiste verdad, que siempre amaste —dijo.
Cerró los ojos unos instantes y las lágrimas se deslizaron por su rostro—.
¿Puedes oírme, Théo? Volveremos. Y hasta entonces, te juro que haré de ese pequeño mundo que creamos entre los dos el mejor que haya existido.
Cuando el sol se ocultó, Ginebra se tocó el vientre con suavidad, con una mezcla de felicidad y tristeza.
Ahora sabía con certeza que lo que había en su interior no era producto de la tensión, ni de los sedantes que le habían dado.
Era un ser humano. Un pequeño ser que llegaba a un mundo en descomposición.
—Perdóname —murmuró—. No contaba con ello, pero parece que tu voluntad de estar aquí es mayor que la mía.
En este mundo la gente sensible sufre enormemente, ¿sabes?
Muchos eligen irse, otros eligen… ser sombras.
Pero, eh, hemos ganado una gran batalla, aunque nadie lo sepa.
Quizás haya esperanza, al fin y al cabo, para ti y para mí.
Porque sufrirás, sí, pero también vivirás intensamente la alegría, la poesía, la belleza.
También buscarás la verdad y tendrás amor.
Crearemos un nuevo mundo que nos deje ser.
Tú y yo, Urik y Claire y Georges y André…
—dijo. Y quiso creer sus palabras—. Y te contaré los cuentos que me contaban tus abuelos.
Cuentos sobre la Atlántida. Y habrá días de luz.
Habrá días de luz —dijo. Se limpió las lágrimas y sonrió.
Se dio la vuelta y lentamente caminó sobre la arena hasta reunirse con los escoltas.
* * *
Inglaterra, Sussex
—¡ Frater Perdurabo! —saludó, con fervor, uno de sus antiguos seguidores, con un marcado e irritante acento alemán.
Crowley se mesó el poco cabello que le quedaba, bebió otro trago de cerveza y dejó caer la jarra sobre la mesa de madera en torno a la que estaba sentado.
No le gustaba tener que estar atado a una silla, con brotes de tos sanguinolenta que no le permitían viajar ni prácticamente moverse, revisando antiguos escritos que ahora ya no tenían sentido, como el Himno a Pan .
Todo le parecía absurdo después de lo que había presenciado.
Le gustaría haberse quedado en París, y no estar encerrado en una casucha de madera campestre, en casa de dos antiguos compañeros de la Ordus Templi, como un viejo monstruo al que lucían para regocijo de ocultistas alucinados.
—Soy amigo de los Stone. He venido a verle, frater —dijo el joven rubio repeinado, totalmente perturbado por su presencia—. Es un enorme placer para mí saber que…
—Oye, no sé qué mierda te has tomado, pero cállate y déjame descansar.
—Oh, por supuesto. Disculpe. ¿Quiere que le traiga algo de comer?
—No.
—¿Y algo para su tos? Sé que está peor desde que…
—Desde que hubo un incendio en una casa en el campo, sí. Dejemos el tema. Oye, ¿de verdad quieres hacer algo por mí, chico?
—Sí, claro que sí, frater Perdurabo, bestia entre las bestias. Me postro ante usted —dijo el chico, arrodillándose frente a Crowley con la mirada llena de fervor.
A Crowley le produjeron tanto asco sus palabras que no pudo evitar escupir en el suelo.
—Quita, idiota —protestó, pateándole.