Capítulo 29 La última puerta #4
—Usted todavía no recuerda lo que pasó —explicó el médico—, pero sufrió un impacto de bomba. Las consecuencias de ese impacto han sido… Bueno, no las esperábamos… No veíamos algo así desde la Primera Guerra Mundial. Desgraciadamente, la medicina no está preparada para algunas cosas.
—¿Qué? ¿Qué diantres dice?
—Lucius, te está diciendo la verdad —dijo Kumber.
—¡Necesito irme de aquí!
—¡Lucius, no te muevas!
Al tratar de levantarse, Lucius experimentó tal sacudida de dolor que el grito atravesó las paredes de la habitación. Se dejó caer hacia atrás sobre la almohada, sudando, y miró aterrado al médico y a Kumber.
—¿Qué ha pasado? —susurró, sin fuerzas—. ¿Cuándo podré moverme?
—Pasará mucho tiempo, señor Fleedermaus…
—¡Cállese! Quiero saber qué me pasa, ¡contadme qué me pasa!
El médico miró a Kumber, frotándose la frente, y este se acercó a la cama de Lucius.
—Lucius —dijo, quitándose el sombrero y apretándolo entre las dos manos—, la bomba te destrozó el cuerpo hasta la cintura, te pulverizó los huesos de las piernas, sobre todo la derecha. Estaba hecha múltiples trozos, tan pequeños que los médicos no pudieron reconstruirlos…
—Lo harán, yo hablaré con los mejores médicos, conozco a todo el mundo.
—Lucius, la… la cadera y la pelvis también están fracturadas…
—Con la fractura de la pelvis, se dañaron la vejiga y la uretra —continuó el médico—. Y, a causa de los productos que le dieron para la sedación fuerte, la piel de su vejiga es como un papel de fumar ahora.
—Los médicos han dicho que… es un daño permanente —añadió Kumber.
—¿Qué quiere decir permanente?
Kumber bajó la cabeza y cerró los ojos.
—Quiere decir, Fleedermaus, que el tejido interno vesical se ha dañado hasta tal punto que es irrecuperable —precisó el médico.
—¡Qué dice! ¡Hable en mi maldito idioma! —gritó Lucius sudando, desesperado.
—Los médicos te amputaron las piernas, pero no pueden amputarte la vejiga…
—¿Qué?
Lucius miró alternativamente al médico y a Kumber, encontrando en sus gestos compungidos, resignados, llenos de lástima, la verdad implacable de sus palabras. No quiso levantar la sábana. No quería, no podía mirar.
—¿Dónde me operaron?
—En el mejor hospital de París, te lo aseguro —dijo Kumber—. Los médicos del Reich no pudieron hacer nada más.
—¿Me estáis diciendo que los mejores médicos franceses y alemanes no pueden quitar este dolor?
—Ningún médico de ningún hospital del mundo podría, Fleedermaus. Hasta ahora le han mantenido en coma inducido, pero era imposible seguir con esa situación. Por eso le enviaron aquí —explicó el médico.
—¿Dónde estoy?
Kumber carraspeó.
—Estás… en el único lugar en el que pueden cuidar de ti… hasta que… puedas andar.
—¿Hasta que pase el dolor?
Kumber y el médico se miraron.
—El dolor que siente, Lucius, no va a pasar. Con los años, puede que se haga un poco más suave, pero le acompañará siempre. El nervio de la vejiga está dañado y no existe nada que calme ese dolor. Nada —sentenció el médico.
Lucius dejó caer la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. Negó con la cabeza.
—Me han mandado con los desahuciados… —murmuró.
—Escuche, hay personas en este hospital que viven con dolor y han aprendido a… sobrellevarlo —informó el médico.
—Esos hijos de puta nazis, esos… —siguió Lucius.
—Usted podrá hacerlo también. Vivir con dolor requiere fortaleza, pero si uno se dedica a intentar distraerse con…
—Cállate —musitó Lucius con un hilo de voz.
Ahora sí podía situar el dolor de forma clara, y visualizarlo, justo en la vejiga, como si le quemaran con fuego.
Ahí estaba la raíz. Y se extendía a todo el vientre, el costado, las caderas, incluso las piernas que ya no sentía.
Era un dolor insidioso, una quemazón que subía hasta la cabeza y le consumía el cerebro—. ¿Y Pammie?, ¿mis hombres? ¡Himmler!
—Su secretaria se encuentra de baja definitiva, Fleedermaus.
Al parecer, tuvo un derrame a consecuencia de una paliza que…
recibió —dijo el médico, sin hacer ver que sabía que él le había dado esa paliza—.
Y, en cuanto a sus hombres y a Himmler… se dio la orden de que no se dedicaran fondos a nadie que no pudiera estar en el frente o que presentara alguna minusvalía.
El régimen quiere hombres válidos. Ha habido cambios en el alto mando de Vichy, y en Berlín, y todo es incierto, por ahora…
Usted está aquí directamente por orden de Karl Bömelburg, jefe de la Gestapo en este momento.
—¿Qué? ¿Dónde está Hellweger? ¡Derek Hellweger! ¡El padre de mi prometida! ¿Y Hess? —El médico miró a Kumber con impotencia.
—Hess sigue detenido, Lucius. Hitler le quitó todos sus cargos y rangos.
Ni él ni Himmler quieren saber nada de él ni de los que fueron sus amigos.
En cuanto a Hellweger… Charlotte Hellweger se suicidó el mismo día en que tuvo lugar el ataque en Trocadero —explicó Kumber—.
Ella… dejó una nota al respecto —añadió bajando la cabeza—.
En ella hablaba de relaciones con su prometido.
Contigo, Lucius. Relaciones violentas, y un aborto.
En fin… Al parecer… le afectaron mucho. Todavía están investigado las razones del suicidio, pero después del suceso, Hellweger estuvo manteniendo conversaciones con Bömelburg y le apoyó en su ascenso.
Me han contado que también recibieron cierta información que les proporcionó Riemann sobre el asunto Heydrich.
E información del oficial Müller —añadió, desviando la mirada.
—¡No pueden hacer eso! ¡No puede ser!
Lucius sintió que el pecho le ardía. La rabia era tan grande que no era capaz de respirar bien. Ahogándose, miró a Kumber.
—¡Bömelburg, Hellweger, Hess, Müller, hijos de perra! ¡Me han vendido! ¡Todos!
—Tengo que irme, Lucius —dijo Kumber—. Vuelvo a mi ciudad natal, con mi familia. Ya no hay nada que me retenga en París.
—¿Cómo?
—Ya lo has oído. He venido aquí porque el médico me lo pidió y porque… por alguna razón, sentí lo que te pasó.
—No tan deprisa, todavía tienes unos sucios asuntos pendientes, ¿no es así? —dijo Lucius, respirando ruidosamente.
Kumber se puso el sombrero y miró a Lucius a los ojos.
—Denúnciame —dijo. Le dedicó un último gesto de lástima y salió por la puerta. Lucius sintió que sus entrañas se removían.
—No se queda usted solo Fleedermaus —dijo el médico, como si le hablara a un niño—. Le hemos asignado una enfermera recomendada por su amigo Kumber. Ella le ha hecho ya las primeras curas. Es joven pero voluntariosa y se encargará de usted.
Lucius trataba de contenerse. Su mente giraba como un carrusel; el hecho de que pudiera haber, al menos, algo de consuelo en la dulzura de una enfermera joven, le aliviaba. Después pensaría en cómo quitarse la vida para dejar de sufrir lo antes posible.
El médico hizo un gesto y una chica entró por la puerta, cojeando. Era rechoncha, su cara era ancha y pálida, casi grisácea, su boca estaba mal pintada de carmín y tenía unos ojos inquietantes, uno de cada color.
—Linka, te presento a Lucius Fleedermaus —dijo el médico—. Lucius, esta es Linka Horváth. La hemos acogido aquí hace poco. La estamos formando y es, ya, una buena enfermera —añadió, mientras se alejaba hacia la puerta.
—¿Usted se va? ¡Tiene que quedarse! Usted es el… médico. Quiero avisar a gente… puedo escribir a cargos importantes…
—Me temo que en estos momentos no obtendrá respuesta de nadie en París, señor Fleedermaus.
Y tampoco disponemos de fondos para hacer las llamadas.
Voy haciendo rotaciones por diferentes centros, no hay personal suficiente.
Linka le atenderá bien —dijo, y, con una sonrisa incómoda, salió por la puerta.
Lucius miró a la chica que le sonrió con los ojos muy abiertos. Su boca parecía un plátano pudriéndose.
Miró a ambos lados, no vio ninguna de sus pertenencias. Tampoco su pistola.
—¿Dónde están mis cosas? —preguntó.
Ella se acercó a él y le cogió la cara entre las manos, sonriendo.
—Mejor no mover. Usted no mueve.
—Por favor, dime dónde está mi pistola, dime solo eso.
La chica se inclinó, casi hasta tocarle. Pudo percibir, en ese momento, un intenso olor a rábano que provenía de su boca, mezclado con un perfume barato y el aroma avinagrado del cabello grasiento, peinado en una coleta tras la cofia de enfermera.
—Yo voy cuidar. Yo cuido usted. Usted no mueve.
—No lo entiendes, yo necesito mi pistola, ¡quiero un arma!
La chica dejó de sonreír, sus ojos cobraron un brillo torvo. Levantó una de las manos y le dio una bofetada. Luego, impasible, volvió a cogerle la cara con las manos sudorosas y regordetas.
—Usted silencio. Yo cuido.
—Por favor —dijo Lucius—. No puedo moverme… no voy a hacerte nada, solo déjame morir con dignidad.
—Usted porta bien, yo cuido bien. Usted porta mal, yo porto mal.
Lucius asintió, con la cara comprimida entre las manos carnosas y malolientes de aquella criatura que parecía haber salido del mismísimo infierno.
—Usted da beso. Para paces. Da beso —le dijo la chica, y enseguida cerró los labios, de un tono violáceo, llenos de pequeñas heridas, y los acercó a su boca hasta besarle.
Notó cómo su lengua carnosa, que sabía a reflujo, a muela picada y a rábano, se movía en su boca y aguantó las arcadas.
A su mente vino, en una décima de segundo, la imagen de sus dedos moviéndose en la boca de Müller.
La chica le miró y sonrió de nuevo con aquella boca repugnante. Tenía varios dientes podridos y otros amarillos o grisáceos.
—Tu porta bien. Yo cuido. Ahora yo cuido. No armas. No pistola. Nunca. Yo siempre aquí. Siempre contigo. Siempre —le dijo, sonriendo.
Lucius, temblando de horror, de ira y de dolor, asintió con la cabeza. Recordó las palabras de Ginebra: «Tendrás que reparar». Todo su interior ardía y se revolvía de rabia.
—Puedo reparar… —se oyó decir.
—Tú no repara. Tarde. No puedo arreglarse —dijo ella, mirándole la zona donde tenía las piernas.
—Ayúdame a dormir. Necesito dormirme —dijo Lucius, aguantando las lágrimas.
—No. Tú no duerme ahora. Tú duerme cuando yo ordena.