El cabaret del infierno Capítulo 29 La última puerta #3
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Capítulo 29 La última puerta #3

Corrieron hasta alcanzar una superficie pedregosa. En la orilla del lago, Ginebra reconoció al hombre que, con rostro ennegrecido por el humo y las manos rojizas de las quemaduras, alzaba los brazos, sujetando un objeto, al tiempo que el agua del lago empezaba a agitarse.

—¡Es Aleister Crowley! —exclamó Ginebra—. ¡Y tiene el disco!

Cesare se arrastró por la orilla del lago, magullado por los golpes y por el disparo que había recibido en un brazo, sin poder creer aún lo que acababa de contemplar.

Había visto a Crowley luchar contra el egipcio, hasta arrebatarle el disco.

El inglés se daba por victorioso, pero no había visto que el egipcio se fundía con él, que ya eran uno.

—¡Crowley, cumple tu trato! —gritó, dejándose caer contra unas barcas de madera y tapándose la herida con la mano—. ¡Sucio traidor! ¡Guárdate de caer más bajo de lo que ya lo has hecho!

Crowley no le escuchaba. Alzaba el disco entre las manos, recitando las mismas palabras del egipcio, haciendo sus mismos gestos. Cesare podía verlos a los dos a la vez, como si Crowley se escindiera en dos. El egipcio sonreía.

—¡Crowley, suéltalo!

Théo ayudó a Ginebra a esconderse tras unos arbustos y, desde allí, observaron.

El hombre junto las barcas se retorcía, tratando de llegar hasta Crowley.

El olor a algas era cada vez más intenso.

Crowley pronunciaba una especie de mantra.

Alzó una daga con su mano temblorosa y la puso contra el disco.

En el agua oscura del lago Ness se conformó un torbellino, como el que, tiempo atrás, habían visto en el Sena, pero de magnitudes más grandes y agresivas.

Un leve resplandor verde se abrió paso y pudieron contemplar los ojos de la bestia sobre aquel nido de agua oscura, refulgiendo en el cielo inflamado y violáceo de la noche. Olía a azufre.

—Enlil, príncipe de la oscuridad, hijo de Tarhun, yo te convoco. Termina lo que fue iniciado. ¡Ábrase la puerta!

Théo sintió un pitido agudo en los oídos y en la cabeza. Vio cómo Ginebra caía al suelo.

—El pasaje no se ha cerrado —murmuró Ginebra, con un hilo de voz.

El hombre apostado contra las barcas le gritó algo a Crowley.

Théo no pudo oírlo. Miró a Crowley, al pie del lago, enfebrecido de emoción, entregado a la oscuridad, pronunciando unas palabras que no podía oír.

Un agudo silencio sordo lo había inundado todo.

Detrás de Crowley, una sombra alargada se dibujaba sobre la arena y las piedras.

Todo lo que sucedió a continuación transcurrió en unos segundos, pero a Théo le pareció vivirlo a cámara lenta.

Notó cómo su garganta se hinchaba, un alarido salió de su boca, corrió hasta la orilla del lago y se lanzó contra Crowley.

Ginebra, escondida tras los setos, vio a Théo golpear una y otra vez a Crowley, hasta que el mago se irguió y le clavó la daga en el costado.

Théo se levantó chorreando sangre. Tenía el disco entre las manos.

Se vislumbraba un brillo azulado en el centro.

Ginebra corrió hasta la zona de las barcas.

Crowley empuñó la daga para clavársela en el pecho a Théo.

En ese momento, Ginebra cogió uno de los remos y golpeó a Crowley en la cabeza con todas sus fuerzas.

El hombre que estaba junto a las barcas comenzó a disparar.

—¡Cesare Evola! —murmuró Ginebra al reconocerle.

Théo se lanzó hacia él, forcejearon; Evola le reclamaba el disco, apenas podía andar. Ginebra le pidió el disco a Théo y, ante su perplejidad, se lo tendió a Cesare.

—¿De verdad quieres este disco, Evola? ¡Quédatelo! —le dijo, mirándole a los ojos.

Cesare alargó las manos, ávidamente, para cogerlo, pero de pronto retrocedió, contempló sus propias manos, horrorizado. Alzó su mirada hacia el cielo oscuro, dejó caer el arma y se derrumbó sobre la arena, agarrándose la cabeza con las manos.

Se oyeron varios disparos. Desde los setos llegaban hombres encapuchados y otros con abrigos grises.

En ese momento, Théo corrió hacia las barcas y empujó una de ellas hacia el agua. Él y Ginebra subieron de un salto y comenzaron a remar con todas sus fuerzas.

Ginebra miró a Théo durante unos segundos.

Tenía la cara ensangrentada, deformada por los golpes, el brazo negruzco de quemaduras, la ropa hecha jirones y su costado sangraba, pero los grandes ojos que se derramaban hacia ambos lados de su rostro teñido de sangre sonrieron desde el verdadero Théo, el hombre al que ella conocía y amaba.

—¡Théo, cuidado! —gritó Ginebra.

Los disparos llegaban desde la arena, varios hombres encapuchados estaban subiendo a las otras barcas. Théo remó con todas sus fuerzas.

—Théo, activemos el disco, ¡vamos! ¡Es la única manera! No podemos seguir, nos hundiremos en el torbellino.

—No puedo, Ginebra… No puedo más…

—¡Vamos, mi amor! ¡Tenemos que escapar!

Ginebra puso sus manos y las de Théo sobre el disco y ambos se sentaron en el suelo de la barca. En ese mismo instante, Théo recibió un disparo. Se tapó la herida, cerca del cuello y respiró hondo. Ella sintió el aguijón de una bala en la pierna.

—¡Théo! ¡Théo! ¡Quédate conmigo! —gritó Ginebra, abrazándolo.

El disco comenzó a vibrar. Théo gritó para resistir el dolor. Las aguas comenzaron a temblar, la barca giraba, tambaleándose, hacia un gigantesco torbellino. Théo, ya sin fuerzas, dejó caer sus manos.

—Ginebra, te quiero —dijo, con un hilo de voz, mirándola desde una infinita ternura—. Recuerda los días de luz.

—¡Vamos, no dejes de sujetarlo! —gritó Ginebra llorando— ¡Nos iremos juntos, amor! ¡Te quiero!

Los ojos de Théo comenzaron a cerrarse. Ginebra se abrazó a él y ambos, sangrando, se ovillaron en el suelo de la barca.

Una ola inmensa y negra como la oscuridad del cielo volcó la embarcación.

El agua helada le arrebató el disco a Ginebra y la arrastró hacia el fondo del lago, separándola de Théo.

Las corrientes la golpearon, la engulleron como mandíbulas colosales hasta que se quedó sin aire en los pulmones y comenzó a tragar agua.

En ese momento, vio la Atlántida. Vio la luz inmensa de su símbolo central y sintió que su pecho se llenaba de una luz caliente y pura.

Con una fuerza desconocida para ella, nadó con todas sus fuerzas hasta que logró salir a la superficie y contempló el horizonte oscuro en el que el agua se confundía con el cielo.

—¡Théo! —gritó. Veía la barca, a lo lejos, tambaleándose entre las olas.

Intentó mantenerse a flote. «Del agua surgirá la última respuesta», pensó, recordando el Critias .

El primer rayo de sol se abrió paso en el mismo instante en que el vórtice de agua se tragaba la barca y Ginebra comenzaba a llorar.

* * *

París, bulevar Ney

Lucius despertó en una camilla. Lo primero que hizo fue mirar a su alrededor.

Estaba en la habitación miserable de lo que parecía una especie de hospital de mala muerte, de esas barriadas a las que llamaban bidonvilles .

Las paredes estaban sucias, el suelo apestaba a desinfectante barato y, en los rincones, podía ver cómo se movían algunos bichos.

«Pero ¿qué es este pudridero?», se preguntó.

Trató de moverse. Al girarse hacia la derecha, el relámpago de dolor fue tan intenso que le hizo gritar.

Tuvo que morderse los labios para dejar de hacerlo.

Se recostó boca arriba de nuevo y se mordió la mano mientras sentía como si le atravesaran la cadera y la pelvis con una espada ardiendo.

Respiró, tosió. Sin moverse, palpó la mesilla, pero solo detectó una capa de polvo grisáceo, nada de agua.

Llamó a gritos a las enfermeras. Nadie acudió.

Cerró los ojos y tomó aire varias veces hasta que el dolor se fue calmando.

Se hacía más suave, pero no desaparecía.

Algo le quemaba, no sabía dónde exactamente, en la cadera, en el vientre…

No notaba las piernas, era como si la parte inferior de su cuerpo no existiera.

Aguantando la respiración, trató de volver a moverse.

El látigo de dolor volvió a sacudirle todo el cuerpo desde la misma zona. Gritó.

—¡Ayuda! ¡Ehhh!

Su visión se volvió borrosa y el sudor frío le empapaba el camisón de un tejido áspero y excesivamente desgastado que le picaba en la espalda.

La puerta se abrió despacio y apareció un hombrecillo larguirucho con un pobre y raído atuendo de médico.

—¡¿Quién cojones es usted?! ¡¿Dónde están los médicos del Reich?! —gritó Lucius.

El hombre se quitó la mascarilla y miró a Lucius como se mira a alguien que tiene una enfermedad terminal.

—Lo siento, señor Fleedermaus. Este hospital no es del Reich.

Kumber entró en la habitación, se detuvo uno segundos junto a la puerta y le miró con la misma mezcla de condescendencia, tristeza y resignación.

Lucius parpadeó varias veces hasta recuperar la nitidez de su visión.

—¿Me estoy muriendo? ¿Es eso?

—¿Recuerdas algo de lo que pasó, Lucius? —preguntó Kumber.

—¿Qué importa ahora eso? ¡Necesito un jodido sedante!

—La memoria a corto plazo está afectada. Con el paso de los días irá recordando cosas —dijo el médico.

—¡Eh, no habléis como si no estuviera delante, imbéciles! Os estoy oyendo. Y quiero un sedante. ¡¡Lo quiero ya!!

—Señor Fleedermaus, me temo que no hay sedantes que puedan calmar el dolor que siente.

—¿Qué mierda estás diciendo, pedazo de idiota? ¿Es que eres judío? ¡Tráeme una puta pastilla o te vuelo los sesos aquí mismo!

—Lucius… —musitó Kumber.

Hizo algún conato de gesto con las manos. Lucius se dio cuenta de que intentaba encontrar las palabras. Ambos estaban mirándole con pena. Eso le irritaba aún más que el dolor.

—Fleedermaus, no hay más calmantes. Tiene el grado máximo de sedación, está con morfina. No podemos darle más calmantes porque no van a calmarle el dolor. No ese dolor —reconoció el médico.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Lucius, arrugando el rostro.