Capítulo 29 La última puerta #2
Théo llegó a rastras hasta la fachada norte de la casa.
Quizá por allí resultara más fácil acceder al interior.
Los hombres de Waxley, los de Polus —junto con Urik— y los de la Resistencia se estaban encargando de mantener ocupados a los guardas.
No eran muchos los que habían aceptado la tarea de ayudarlos y otros habían reculado misteriosamente en el último momento, pero estaban allí los suficientes para que él hubiera logrado llegar hasta la casa.
Se asomó a la ventana y, a través de una rendija entre las cortinas de terciopelo negro, observó a los encapuchados, los cuerpos inertes, la hoguera…
Cuando vio el cuerpo de Ginebra inconsciente sobre el altar, tuvo que taparse la boca para ahogar un grito de rabia.
Corrió hacia el otro lado de la casa para tratar de encontrar un acceso.
Lo que vio no tenía explicación posible.
A cada lado de la casa había tres compartimentos y en los tres estaba sucediendo exactamente lo mismo, se repetían las escenas, los personajes, las acciones…
Se detuvo, sin aliento, frente a una de las ventanas.
Desde allí, en la parte trasera de la casa, era posible contemplar, una tras otra, separadas solo por un arco abierto, las tres estancias de uno de los laterales, como si estuviera viendo tres imágenes fractales.
De pronto, las habitaciones se desplazaban, se proyectaban, se sucedían y se multiplicaban hacia el infinito como si se tratase de un juego de espejos.
Théo sintió vértigo y cerró los ojos. Ahogó un grito.
Quería romper el cristal y entrar, pero ni siquiera podía acercarse, algo lo paralizaba.
Miró a su alrededor, uno de los árboles se había incendiado a causa de del fuego enemigo.
Se acercaban, debía darse prisa. Luchando contra lo que fuera que le estaba pasando se arrastró por el suelo hasta alcanzar una rama, logró levantarse y la prendió.
Cesare escuchó el ruido amortiguado de una explosión, miró a través de la ventana que tenía tras él. Uno de los árboles estaba en llamas. Pensó en el efecto de las corrientes, en la dirección probable. Sentía el cerebro acorchado. ¿Por qué diablos no podía moverse?
El egipcio alzaba en sus manos el disco y este emitía un resplandor metálico y torvo, molesto, que centelleaba al compás del horrible cántico. Lo sostenía sobre el cuerpo de la mujer, que había cubierto progresivamente con piedras oscuras.
—Los cinco vórtices están conectados. Hágase la voluntad de Enlil. A ti te invocamos, ¡oh, deidad todopoderosa!, que en tu nombre se hagan carne los que nos miran desde el otro lado.
Los cuerpos de los dos hombres embalsamados comenzaban a moverse. ¿Cómo era posible? ¿Sería un efecto visual del poco líquido negro que había ingerido?
—Damos la bienvenida a nuestros protectores, a los grandes padres, al primer miembro de la dinastía Schenk, Gregory —anunció, señalando el cuerpo de Koch—, a su descendiente, el más ferviente apoyo con que hemos contado, siempre dispuesto a ir más allá: Nicolas Schenk —añadió, señalando a Lambert—, y a otro de nuestros grandes benefactores: Fred Magnac —terminó, señalando a Faure.
Lentamente, el cuerpo de Lambert comenzó a erguirse, mientras que, en los otros, solo se percibían pequeños movimientos.
Comprendió que no podía hacer nada, y ellos sabían que no podía hacer nada.
Entonces percibió algo que hizo que se tapara los oídos y se arqueara hacia atrás.
Unas palabras lo atravesaron con la fuerza de un trueno: «El signo del fuego.
Atraviesa el fuego», escuchó. Y tuvo la sensación de que aquella mujer tumbada sobre el altar, inconsciente, le estaba hablando.
«El signo del fuego». «Recuerda quién eres».
Théo escuchó aquellas palabras como si Ginebra las estuviera susurrando a su lado. Rápidamente sacudió la cabeza para librarse del bucle de imágenes repetitivas.
Gritó y logró mover los brazos. Cogió la rama prendida y se arrojó, dando un grito, contra los cristales de la casa.
Cesare oyó un estruendo tras él. Tardó unos segundos en darse cuenta de que un hombre había entrado en la habitación ylas cortinas de terciopelo comenzaban a arder. Los encapuchados no se movían, seguían en trance.
Los hombres con abrigos grises entraron en la sala y corrieron a sujetar al hombre, que portaba una improvisada tea.
—Ahora, cumplamos la última transmigración y abramos la puerta definitiva —exhortó el egipcio, ajeno a lo que sucedía en el otro extremo del cuarto—, en el cuerpo de esta joven que entrega su luz a la oscuridad: Sibille de Montfaucon, encárnate en…
—¡Nooo! —gritó Théo. Golpeó a uno de los hombres de gris y se lanzó contra el egipcio.
En ese instante, una columna de fuego verdoso se elevó desde la hoguera con un aullido.
Los hombres de gris se echaron sobre él, pero Cesare al fin logró moverse y corrió hacia ellos, les golpeó y le arrebató el arma a uno de ellos.
Théo luchaba contra los otros. El fuego se extendía por las cortinas.
La hoguera se había descontrolado. El cántico colectivo cesó al instante y los encapuchados despertaron.
La habitación ardía en llamas. Théo se abrió camino a bandazos y a golpes hacia el fuego que ocultaba el altar.
El egipcio, por primera vez, parecía desconcertado, observaba la columna de fuego verdoso con ira y miedo a la vez.
Cesare disparó a uno de los hombres con abrigo gris, para zafarse de él; los otros habían quedado arrinconados por las llamas. Vio cómo Crowley y el egipcio salían de la estancia. ¿Estaban huyendo con el disco?
—¡Cójala! —gritó, lanzándole la pistola a Théo.
Corrió tras ellos.
Théo sintió, dentro de él, un calor incontenible, las venas de la garganta se hinchaban, el corazón parecía expandirse en su pecho, los olores se hacían más fuertes, los colores más nítidos; sentía que un manantial de energía brotaba de sus entrañas y una fuerza descomunal invadía su cuerpo.
Con sorprendente agilidad, ayudándose con la tea y la pistola, hacía frente a los hombres de gris que sorteaban las llamas para arrojarse contra él e intentar detenerlo.
Creía haber visto salir al hombre de la túnica, pero estaba allí frente a él, delante de la columna de fuego.
Trató de alcanzarle con la rama ardiendo; sin embargo, la rama atravesaba la imagen sin prender la túnica.
Estaba dispuesto a todo, no le daba miedo morir, ni siquiera la tortura.
Utilizó la pistola que le había dado aquel hombre, pero las balas atravesaban el cuerpo, como si allí no hubiera nada.
—No puedes matarnos —aclaró el hombre de la túnica—. Nosotros volveremos siempre. Ginebra no. Todo lo que habéis hecho no es más que un sueño. Ella morirá. Nosotros permaneceremos aquí. Así ha sido desde los inicios de la humanidad.
—¡No es cierto!
—Nosotros traemos la muerte a la vida, para que no tengáis que luchar más.
—¡Cállate!
Théo sintió una grieta en su pecho. Una parte de él estaba a punto de ceder, la otra gritaba y se revolvía.
En la puerta de la habitación, una mujer le observaba.
Sostenía a una criatura envuelta en paño negro en sus brazos.
Cuando su mirada se cruzó con los ojos de la criatura, sus músculos se paralizaron y el vigor le abandonó.
Supo que esos ojos de perversidad ancestral, que ardían de miedo y rabia, como si fueran dos fieras asustadas, encolerizadas, podridas, eran los ojos de los que le había hablado Ginebra.
Los ojos de la bestia. Esas pupilas afiladas le dominaban desde el plano más bajo de la existencia, se reían de él, lo retorcían por dentro.
Sintió que las venas se le llenaban de un veneno líquido y frío como el odio.
Un terror ancestral le sumió en un abismo sin libertad, un precipicio de instintos sin luz, en el que una garra invisible le impulsaba a obedecer.
Las llamas comenzaban a acorralarlo, y el hombre de la túnica se disgregaba en distintos rostros.
Al otro lado de la columna de fuego Ginebra recobró la conciencia.
Comprendió que esas llamas que la rodeaban no eran una hoguera, sino un pasaje.
Eran verdosas, con matices azulados y grises.
Supo que debía atravesarlas para salir de allí, como le había dicho Eidna, como en las imágenes que había visto en San Víctor y en Festos.
Las llamas formaban ahora un arco perfecto.
Se quitó de encima las piedras oscuras, bajó del altar, todavía adormecida, extendió las manos atadas y tocó el arco.
Percibió un dolor agudo, como si se hubiera abrasado y helado al mismo tiempo.
Se tapó los ojos, tomo aire, gritó y atravesó las llamas.
Llegó al otro lado de la estancia tambaleándose, con las manos atadas. Théo la sujetó.
—Théo, ¿estás bien?
Théo tardó unos segundos en reaccionar. Abrazó a Ginebra y la ayudó a desatarse.
Se escuchó un aullido. El egipcio estaba allí, pero ambos tuvieron la certeza de que no se encontraba en la habitación. Estaba en otro espacio, a la orilla de un río en Piedras Negras, en la casa de Moreau, en San Víctor…
—¿Dónde estás, bastardo? —gritó Théo.
Mientras las llamas se extendían y devoraban los muebles de la habitación, la columna de fuego verdoso y la hoguera original se extinguieron, como si nunca hubieran existido, y dejaron de percibir la presencia del egipcio.
—¡Vámonos de aquí! —gritó Ginebra, horrorizada— ¡La puerta ya está cerrada!
—¡El disco! —gritó Théo, y buscó entre las llamas que engullían la habitación. Había desaparecido. La habitación se estaba cayendo a pedazos.
—¡Vámonos, Théo! ¡Vamos! —dijo Ginebra tirando del brazo de Théo.
Juntos, llegaron al vestíbulo y salieron de la casa que se consumía en llamas.
Un cántico siniestro llegaba desde una lejanía extraterrenal.