Capítulo 29 La última puerta
La última puerta
Escocia, Inverness
El monte de Inverness era un muñón oscuro, cuyo verde sucio se confundía con el tono violáceo del crepúsculo.
Como un lobo que respira despacio, pero que aún acecha, bajo los árboles fríos y rígidos y el vuelo circular de los cuervos, la casa Boleskine se alzaba en el silencio de la colina.
Ginebra la observó unos instantes, mientras el sol naranja inundaba el horizonte de franjas sanguíneas sobre las montañas escarpadas, ásperas y altivas.
A medida que ascendían hacia la casa, la arquitectura agresiva se volvía cada vez más extraña y poco hospitalaria, como una sonrisa retorcida.
Y, a la vez, sostenía un aire de paradójica normalidad.
Los cristales ojivales, semitapados por cortinas de terciopelo negro, estaban iluminados por una luz naranja y violácea.
Los Stver avanzaban por el sendero de la colina, con túnicas oscuras y encapuchados.
Caminaban mecánicamente, sosteniendo antorchas.
Ginebra estaba agotada del trayecto y de las heridas que le habían hecho las esposas.
La escoltaban dos gorilas, con abrigos grises, que le clavaban la pistola en el costado.
El hall de la casa era un gran rectángulo vacío, donde solo había un espejo, y, a ambos lados, en paralelo, se ubicaban seis estancias divididas en compartimentos de tres.
En un instante, como una cobra que surgiera de los matojos para morder a su presa, el hombre de la túnica avanzó hacia ella y le inyectó algo con una jeringuilla. Fue un picotazo sutil y rápido, apenas una caricia. Después, desapareció en silencio, y Ginebra cayó al suelo automáticamente.
Cesare, con la túnica oscura y portando una vela, trataba de pasar desapercibido entre los demás.
Oyó a los Stver hablar de las estancias triples, simétricas, a ambos lados de la casa, de la hoguera, de dividirse en los segmentos acordados, del sacrificio necesario de la luz.
Le habían obligado a beber el líquido, pero él recordaba las técnicas de concentración a las que se había sometido en el grupo Ur, y que hacían posible cerrar la garganta y controlar determinados procesos de deglución del cuerpo.
En cuestión de segundos todos los encapuchados se habían repartido entre las estancias. Olía a leña quemándose y a agua estancada.
Decidió seguir al egipcio, que entraba en una de las estancias de las dos hileras, y se confundió con la multitud.
Entre los encapuchados reconoció a los Montfaucon, madre e hijo, y a unos cuantos cargos importantes de la alta sociedad.
Todos tenían expresiones extrañas y parecían estar en trance; seguramente todos habían bebido ese líquido oscuro.
El egipcio avanzó por la enorme habitación rectangular, entre la multitud, y se situó al otro lado del altar de piedra, dispuesto en el extremo opuesto a la ventana.
En un recipiente, encendió una pequeña hoguera y la colocó en el suelo, ante el altar.
Se quitó la capucha y alzó las manos. El silencio fue absoluto e inmediato.
—Cuando las últimas luces de Orión desciendan sobre la Tierra y las nubes de occidente se tiñan de rojo.
Cuando surjan las rocas del otro lado, cuando la Tierra emita su último aliento y el mar comience a secarse, surgirá de las sombras para llegar a las cumbres más altas y abrirá las puertas a los grandes antecesores.
Se alzará victorioso sobre las tierras y las aguas y su reinado no tendrá fin.
Y se alzarán los faraones y claudicarán los esclavos.
Como siempre debió ser. Así fue establecido, y así se cumplirá.
Dicho esto, el egipcio inició un cántico que secundaron todos los demás. A pesar de la dificultad del lenguaje —a Cesare le pareció un dialecto armenio antiguo—, todos recitaban como si conocieran cada letra, de forma mecánica.
Cesare trató de fingir que entonaba el cántico, con un extraño sentimiento que viraba desde la repugnancia absoluta hacia una especie de resignación agradable.
Se preguntaba si Crowley sentiría lo mismo.
Parecía totalmente entregado a la causa, casi abducido.
La certeza de que iba a traicionarlo cada vez era mayor.
Percibía una fuerza tan oscura como la que había sentido en L’Enfer, y esta vez no estaba dispuesto a dejarse atrapar por ella.
Bajo la túnica y la capucha negra sudaba a chorros.
El olor a la misma repugnante materia que había husmeado en el yacimiento de Jarmo era insidioso.
Por encima de las cabezas encapuchadas de los que cantaban creyó ver una figura negra, irguiéndose hacia el techo.
Rogó al dios que suponía, al que quería que existiera, que no le dejara solo, que le ayudara a arrebatarles la pieza, que no les permitiera abrir la puerta hacia un Hades nefasto.
Y, sin embargo, sus fuerzas cedían a medida que la frecuencia del cántico se hacía grave y aguda al mismo tiempo.
Era el momento de actuar, pero sus piernas no le respondían.
Crowley observaba al egipcio y, poco a poco, recorría los rostros de los que allí cantaban, en torno a la hoguera.
Cesare parecía temeroso, estaba inquieto, poco concentrado, pero no llamaría la atención.
Miró a los demás: altos cargos del mundo empresarial y financiero, del sector del petróleo, la industria armamentística y los laboratorios farmacéuticos, de la política, el espectáculo, el hampa del narcotráfico, el juego y la prostitución, célebres médicos, científicos, diplomáticos, abogados, oligarcas, matemáticos…
Algunos habían estado en Ferriéres la noche del ritual.
Pronto, él estaría por encima de todos ellos.
La pieza sería suya, el código, los vórtices, Lucerna, el mundo…
Y, sin embargo, los ojos del egipcio, que parecían dilatarse y rasgarse hasta adquirir forma de dagas, caían sobre él como ráfagas furiosas, se transformaban en los ojos de la criatura, y esa mirada podrida aún le helaba la sangre.
Mientras introducían a la mujer en la sala y la colocaban sobre el altar, inconsciente y vestida con la túnica blanca indicada para el sacrificio de luz, se alejó hacia el otro lado de la casa y, por una rendija abierta, observó una de las estancias paralelas.
Lamartine estaba allí, junto con el resto de los Stver.
La voz del egipcio llegaba nítida a todos los rincones de la casa.
Percibió un ruido sordo y amortiguado pero inconfundible: el llanto polimorfo de la criatura.
Entonces, distinguió una enorme cuna negra en el rincón de la sala.
Lamartine le estaba mirando fijamente. Retrocedió y volvió a su estancia, se confundió entre la multitud que entonaba el canto. Los ojos del egipcio le seguían.
No podía dejar que lo manejara así. Tenía la sensación de que su letargo no había sido inducido por el asqueroso ungüento negro que había bebido antes de comenzar; estaba dentro de él antes de eso, y el egipcio lo sabía.
Debía pensar en la conjura final con Cesare, que le daría el poder a él, al único elegido.
Luchó por permanecer despierto, pero no pudo evitar perderse en las notas adormecedoras, disonantes y a la vez repetitivas e hipnóticas, del mantra musical.
Resultaba extrañamente acogedora esa inmundicia ciega, esa masa plañidera que le abrazaba y le removía las entrañas.
No quería dejarse caer, pero ya lo estaba haciendo.
El cántico dio paso a un silencio pesado.
Cesare observó a la mujer que yacía sobre el altar, el contraste de su pelo negro y la piel blanca, la expresión dulce.
Cerró los ojos, conteniendo la rabia y la impotencia.
De pronto, escuchó una voz aguda y torcida como la de un enano o un borracho que tuviera la garganta quemada.
Sin embargo, la criatura no estaba en aquella sala.
El egipcio emitió un sonido gutural, telúrico, como si llegara desde las entrañas de la tierra, expandiéndose en diferentes frecuencias.
Después dio paso a un mantra, pronunciado al unísono por todos los que allí se habían reunido.
No era la letra lo que le irritaba —un antiguo conjuro extraído del Ars Goetia —; lo que le congelaba el corazón era la frecuencia, el ritmo, la rara y perturbadora cadencia que se alzaba en bucle y parecía buscar, de una forma casi libidinosa, la caída en el abismo de quien escuchaba.
El egipcio alzó el disco entre las manos, sobre el altar en el que yacía la mujer. Una corriente de frío húmedo, tan profunda que llegaba hasta el tuétano, salía de algún lugar de aquella habitación.
Oyó a alguien decir que, fuera, en el bosque, estaba ocurriendo algo. El egipcio hizo un leve gesto y, de forma inmediata, se hizo el silencio.
Los hombres con abrigos grises introdujeron en la sala tres cuerpos cadavéricos, macerados con algún tipo de líquido, como si los hubieran momificado.
Reconoció a Renaud Lambert y a Koch. El otro solo podía ser el tercer científico desaparecido: Jean Faure.
Colocaron las tres camillas alrededor de la hoguera, ante el altar.
—Que comience la transmigración —dijo el egipcio.
Con el disco entre las manos pronunció unas palabras que Cesare reconoció inmediatamente: las había visto escritas en el altar de Patara: «Vengo a habitar entre vosotros los que vivís, y tendréis la muerte antes de la muerte».
Fuera, se escuchaban disparos. Disimuladamente, miró a los demás.
Nadie se movía allí dentro, ni parecía escucharlo.
Él mismo estaba paralizado, los sonidos exteriores le llegaban de una forma amortiguada.
Miró a Crowley, trató de hacerle una señal, pero el mago inglés permanecía completamente hechizado por las llamas, paralizado junto al egipcio y a Lamartine, que había entrado en la sala con la criatura en los brazos.
Se sintió impotente y cobarde. Tenía que hacer algo y tenía que hacerlo rápido.