El cabaret del infierno Capítulo 28 La luna rota
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Capítulo 28 La luna rota

La luna rota

Escocia, South Lanarkshire

La primera señal que percibió Rudolf Hess de que algo no iba a salir bien fue la oscuridad aciaga de la noche sin estrellas, sin un minúsculo punto de luz, sin nubes, sin esperanza.

El combustible se estaba acabando y, una vez que aterrizase en tierra escocesa, si le esperaba una emboscada, no habría marcha atrás.

Aunque, si las cosas salían mal, quizá no le importaría mucho: Lucius le había traicionado, los ataques de Himmler eran continuos y el intento de realizar un ritual en los territorios especificados por la Ahnenerbe había sido un fracaso.

Nada quedaba ya en Berlín. No sabía qué le avergonzaba más: la traición de Lucius o el hecho de cumplir su condición de hombre solo a medias.

Si esas fotografías veían la luz, sería su final en el Reich.

Eso le convertía en esclavo de Fleedermaus, esclavo de alguien que, en definitiva, jamás le había querido.

Tal vez fuera el efecto de los medicamentos homeopáticos que había ingerido, pero no podía odiarlo; aunque todo su cuerpo se lo pidiera, no podía odiarlo…

El viaje era secreto y duraría solo unas horas.

Nadie sabría nada, ni siquiera el Führer .

Por eso debía ser preciso en sus conversaciones y sus actos.

Crowley le estaría esperando en las cercanías de Dungavel Castle, la finca de Hamilton, junto al duque y a Orsic, para llevarlo a Inverness, mostrarle el terreno y revelarle determinados secretos respecto a un colectivo que había logrado avances asombrosos en Lucerna.

Ese era el trato. Si algo fallaba, destruiría el disco.

Cuando sobrevoló, con su Messerschmitt, el espacio acordado, activó el mecanismo para saltar en paracaídas. Era necesario que la nave se perdiera. Pensó en Haushofer, su único amigo, lo único que le quedaba. No podía traicionarle, ni a la Hermandad AvGull.

Ya en la explanada, oscura como la boca del infierno, cortó las cuerdas del paracaídas mientras Crowley y Hamilton se acercaban a él.

Hess apretó en sus manos la bolsa que contenía el disco.

—Mi querido amigo Rudolf, bienvenido —dijo inmediatamente el duque de Hamilton, acercándose a él.

—¿Dónde está Orsic? —preguntó Hess, inquieto.

—De camino —respondió Hamilton, con una sonrisa.

La mirada de Crowley y la cercanía de otro hombre con abrigo gris, al que no conocía, le alertaron de que sus intuiciones sobre una posible traición habían sido correctas.

Agarró la bolsa con fuerza y retrocedió.

Si corría lo suficiente tendría tiempo de destruir el disco.

Era tarde, le estaban apuntando con una pistola.

—No haga nada de lo que pueda arrepentirse y deme esa bolsa —exigió el desconocido, apuntándole al pecho.

Hamilton bajó la cabeza y Crowley se encogió de hombros y sonrió.

—¿Cómo lo hiciste para confundir a Orsic?, ¿cómo la enredaste? —le preguntó a Crowley.

—Ya deberías saber que, en estos casos, no hay amigos —dijo Crowley.

Un coche se detuvo junto a ellos. De él salieron tres hombres que rápidamente desarmaron a Hess y lo escoltaron hasta el vehículo. No se resistió. Lo último que vio antes de entrar fue una luna llena que emergía entre nubes negras. No la había visto cuando pilotaba el bimotor.

—Si la luna es engañosa, guárdate de tu destino —solía decir Orsic.

«Sucia traidora», pensó Hess. Pero no sentía rabia. Ya solo quedaba tristeza. Y también una extraña sensación de alivio.

* * *

Bayona, extrarradio

Durante el día, su oficio era el de corsetera, una empleada como cualquier otra que acudía a realizar su trabajo en una fábrica textil, pero, por las tardes, Marguerite trabajaba en las labores de la Resistencia, junto a Emmeline.

Había aceptado un pasaporte falso para trasladarse a Bayona y colaborar con grupos como La Línea Cometa.

Lo hacía con un nombre falso. Al fin y al cabo, en eso había consistido siempre su profesión, la única que había tenido: en ponerse máscaras.

Al menos, ahora ya no tenía que complacer a nadie.

Ya no era la Marguerite de antes, pero no estaba muy segura de quién era.

Diariamente, ahogaba sus memorias y preocupaciones en el hilo y la aguja, trataba de dejar la mente en blanco, compraba, comía, dormía.

A veces, se atrevía a escribir algunos de sus pensamientos y recuerdos, aunque una de las chicas con las que compartía el apartamento, Michelle Dumont, tenía que ayudarla a pasarlos a limpio sin faltas de ortografía.

Le hubiera gustado saber escribir. Se preguntaba dónde estaría Lamartine ahora, y qué habría ocurrido, en realidad, con la criatura.

Se preguntaba cómo estaría su madre, y si el burdel seguiría teniendo el mismo éxito que antes de la guerra.

También se preguntaba si Cesare se habría casado.

Pero, sobre todo, cada día, al acostarse, se preguntaba qué sentido tenía su vida.

Recordaba las palabras de Emmeline, aquel día en Mazarine, cuando la salvó de la muerte; recordaba a Jack, y sentía el impulso de seguir, de crear.

Pero otra parte de sí misma vivía en función de la venganza, de poder alcanzar a Lucius en algún momento.

Cada día aguardaba las noticias de Emmeline.

Su amiga le decía que miembros de la Resistencia trataban de infiltrarse para mover determinados hilos en el Gobierno de Vichy, contra Fleedermaus, «el sanguinario», el «Samael» de los judíos.

Pero ella no entendía nada de esos asuntos políticos y sentía que todo iba demasiado lento.

Cada vez encontraba mayor sosiego en su propia soledad y había aprendido a calmar el tiovivo de su cabeza, a apreciar las cosas que podía hacer bien.

Porque sí, ella, Marguerite Lacroze, hacía cosas bien.

Algunas veces cantaba, por las noches, para los que venían a las reuniones, pues la casa, que realmente pertenecía a Emmeline, también servía como sala de reuniones para colaboradores de la Resistencia: artistas, científicos, filósofos, sacerdotes o incluso aristócratas implicados en diferentes líneas de lucha.

Una tarde, cuando Emmeline regresaba de uno de sus viajes, la noticia llegó por fin.

—Parece que esto se mueve —dijo, preocupada—. Van a realizar un ataque directo durante el discurso de Lucius en París. Pero es demasiado radical, es muy arriesgado…

—¿Harán falta voluntarios?

—Marge: esto no es ninguna broma, es peligroso. No deberías…

—Voy a hacerlo, Em, voy a ir.

Emmeline negó con la cabeza.

—Estás loca, Marge, tú…

—Em, yo ya no soy la Marguerite que conoces. No quiero volver a vender mi cuerpo, y no quiero… casarme con alguien a quien no ame… Estoy cansada de hacer cosas que no son lo que quiero… Creo que yo debería ser quien yo elija. Y ya no quiero coser más… ¡No voy a coser más!

Emmeline permaneció en silencio unos segundos, perpleja, con los ojos llenos de lágrimas y el rostro contraído. De pronto comenzó a reír. Abrazó a su amiga y llorando y riendo al mismo tiempo.

—No te preocupes, Marge, ¡yo sé quién eres! Y no tendrás que coser más. ¡Claro que no!

* * *

París, sede de la Gestapo, Rue Lauriston

Lucius salió de su despacho perfectamente vestido, con sus insignias, su gorra de las SS y las botas relucientes.

En su mente, el discurso que tenía preparado se unía al escenario que había ido labrándose.

Tenía todo bajo control: a Rudolf Hess lo habían apresado en Escocia, y acusado de traicionar al Reich; él solito se había condenado.

Bömelburg estaba vigilado por sus sicarios; Hellweger, el padre de su prometida, Charlotte, estaría presente en el homenaje, al igual que sus amistades en Francia.

Ellos mismos lo habían impulsado, en colaboración con el mismísimo Führer que, tras su reunión con él, quería premiar su trabajo en la Gestapo y en el Gobierno de Vichy; Himmler seguía comiendo de su mano; y uno de los líderes de la Resistencia francesa ya estaba en el calabozo, a punto de cantar. El terreno estaba abonado.

Se miró las mangas del uniforme y lamentó que no lo hubiera planchado Pamela.

Se había excedido un poco con ella la última vez.

Igual que con Charlotte. Era culpa de ese cerdo de Müller, que le provocaba constantemente y no sabía satisfacerle como él necesitaba.

Estiró una pequeña arruga del puño con fruición.

Había hecho bien en abofetear a la criada.

Cuando llegó a la enorme superficie que se alzaba sobre la ciudad, en Trocadero, y vio, de frente, la Torre Eiffel, tras la multitud congregada para celebrar sus méritos, sonrió triunfal. Era su momento, el momento en que Lucius Ferdinand Fleedermaus ascendía al máximo poder.

Allí estaban, mirándole con fervor, sus suboficiales y compañeros del Reich, los miembros del Gobierno de Vichy, y los ricachones alemanes y franceses que, años atrás, miraban por encima del hombro al pobre chico del Ruhr.

Pétain se moría de envidia y Bömelburg no podía disimular su impotencia.

Subió las escaleras como las subiría el César.

Una vez en la cima, hizo el gesto del nuevo Imperio, su imperio: el Reich.

Los aplausos fueron ensordecedores. Si su padre le estuviera viendo ahora se retorcería en su tumba.

«Padre, observa cómo Francia y el mundo saludan a su nuevo César», pensó.

* * *

París, lateral de la plaza del Trocadero

Marguerite no pudo evitar acordarse de su última estancia en el hotel cercano a Trocadero, aquella noche en la que aún creía que se iría lejos con Lucius, a ser feliz en algún lugar paradisíaco.

Cuántas veces había observado aquella plaza y el barrio privilegiado en el que se hallaba, siempre desde lejos.

Ahora caminaba sobre esa superficie con seguridad, haciéndose pasar por personal de servicio, junto a dos compañeros de la Resistencia.

Quería poder mirar a los ojos a Lucius, antes de que ocurriera. Solo eso.

Se ajustó el cinturón en el que llevaba la carga explosiva y se preparó para sentir el mayor de los golpes, pero también el más rápido y feliz.

* * *

París, plaza del Trocadero, espacio central

Lucius comenzó a pronunciar su discurso en un alemán impecable, imitando las fórmulas histriónicas que habían llevado al éxito a Hitler.

No en vano, le estaba diciendo al mundo que él sería el siguiente.

Qué diablos, ¡sería el mejor de todos!, el más importante, el que realmente pasaría a la historia.

Su voz era suficientemente grave, sus gestos, llenos de fuerza y de poder, subyugaban a los presentes.

Cada vez que se detenía, intencionadamente, para recuperar el aliento y dejar que las palabras pesaran en el aire, el aplauso era ensordecedor.

Añadía las constantes alabanzas al Führer y al Reich.

—Y por ello, yo os digo con total certeza que el Imperio alemán será el más grande que la humanidad haya podido contemplar. ¡Nuestro es el poder! ¡Nuestra es la gloria! ¡Todos somos el Reich! ¡Yo soy el Reich! ¡Y el Reich es Lucius Fleedermaus!

Los presentes se pusieron en pie para aplaudir, mientras Lucius tomaba aire para pronunciar la frase final.

En ese preciso instante una mujer salió corriendo y se detuvo ante él, se quitó la gorra, dejando ver una melena pelirroja despeinada y larguísima.

Sus hombres corrieron hacia ella, se cruzaron con otros que les detuvieron, y algunos de ellos comenzaron a disparar contra sus propios colegas.

La sangre se derramaba por todas partes.

Lucius comprendió que había enemigos infiltrados.

—¡Matadla! ¡Matad a esa zorra pecosa! —aulló Lucius con una voz aguda, completamente descontrolado, señalando a Marguerite.

En medio del fuego cruzado, los gritos y las persecuciones, Marguerite se detuvo ante él, le miró a los ojos durante un instante. Le pareció que se quitaba o se ponía un cinturón.

—Son besos de estrella, hijo de puta —dijo.

Lucius escuchó un estallido tan fuerte que sus tímpanos reventaron. Sintió un dolor agudo en la parte inferior del cuerpo y un golpe en la cabeza. Todo se nubló.

El último pensamiento, antes de caer inconsciente en los brazos de un ayudante que se acercaba, como a cámara lenta, a socorrerlo, fue cómo habría podido Bömelburg jugársela de aquella forma. La rabia le contrajo el cuerpo y se ahogó, junto al dolor y los gritos, en un inmenso fundido en negro.