El cabaret del infierno Capítulo 27 Amar, soñar, pensar #3
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Capítulo 27 Amar, soñar, pensar #3

Cuando Rudolf se volvió, Lucius vio dibujada en su cara la expresión de alguien que sabe todo, o prácticamente todo.

Permanecía impertérrito, con los ojos inexpresivos clavados en él.

Pero no podía disimular algo de sufrimiento, una inevitable perturbación que se abría camino en los pliegues de sus ojeras, en sus sienes, en su frente.

—¿Cuántos años hace que somos amigos, Lucius?

—¿De qué me estás hablando, Rolf?

—¿Cuántos años? ¿Diez? ¿Doce? ¿Veinte?

—¿A dónde quieres llegar?

—¿Sabes? A mí me da igual si son tres años o si son treinta. Yo aprecio a mis amigos. Yo no traiciono su lealtad. Jamás.

—Rolf, estás empezando a preocuparme.

—Reconozco que has sido muy hábil. Francamente hábil, Lucius, como siempre. Has escondido las pruebas, te has asegurado el camino, los contactos… Todo lo has tejido sin que quedara el menor rastro de la puntada. Le aplaudo, Fleedermaus.

—Rolf, ¿qué estás diciendo? ¿Qué es eso de Fleedermaus?

—Lo sé todo, Lucius. Sé lo de Himmler, sé lo que ocurrió con Heydrich, Dussman y Bess, sé lo de los telegramas de Cesare.

No ha sido fácil, lo he averiguado todo y ya no puedo confiar en ti.

También he tenido ciertas informaciones sobre tu relación con esa judía en Londres, y…

bueno, como con todo, hiciste un trabajo impecable para eliminar pruebas, pero algo llegó a mis manos.

Hay cosas, aunque sean pequeñas, que escapan a tu control. Solo hay que tirar del hilo.

Lucius dejó de sonreír. Rápidamente, activó el plan que tenía preparado por si se hallaba en esa indeseable situación.

—Rolf, los dos tenemos enemigos que tergiversan la información, tú lo sabes mejor que nadie.

—Esta vez no trates de embaucarme, Lucius. Lo siento mucho, pero nuestra amistad ha terminado. Y habrá consecuencias. Me voy, tengo que coger un vuelo. Ya no hay vuelta atrás para nosotros.

Rudolf Hess escondió las lágrimas que asomaban a sus ojos, cogió el abrigo y caminó hacia la puerta.

—Oh, siempre hay vuelta atrás. ¿Sabes por qué, Hess?

Porque yo sé más cosas de ti que tú de mí —dijo Lucius, repentinamente sereno.

Hess se detuvo en seco—. Y porque intuyo, y te conozco lo bastante para saber que no me equivoco, que te estás tirando un farol espléndido, amigo.

Pero en realidad no tienes pruebas de lo que dices.

—Claro que tengo pruebas.

—¿Seguro?, ¿o son solo pequeñas evidencias?

—¿Qué quieres decir?

—Oh, lo sabes bien. Y no voy a explicártelo —dijo Lucius avanzando hacia él, las manos a la espalda, erguido y desafiante—.

Sé que con otros has sido implacable, pero no conmigo.

Eso te va a costar caro, das Oberhaupt .

Y el precio lo pongo yo. Porque yo sí tengo pruebas de lo que tú hiciste. Desde el principio. Y muchas.

Hess, que tenía la mano enguantada apoyada en el picaporte de la puerta, tomó aire y se dio la vuelta. Se acercó a él apretando los labios.

—¡Habla, maldito canalla del Ruhr!

—Resulta que este canalla del pestilente Ruhr está ahora por encima de ti. Porque tiene más poder, más contactos, y el favor de Himmler y del propio Führer . Pobre Rolf, eso no lo viste venir, ¿verdad?

—¡Acabaré contigo!

Lucius se acercó aún más a él, chasqueando la lengua varias veces.

Sabía leer de forma tan clara en el rostro de su amigo que nada era un misterio para él.

Ese temible Hess que había aterrorizado a tanta gente, para él era un pobre hombre que había sucumbido a sus encantos y a los de muchos jovencitos, más de una vez.

—No, yo acabaré contigo. Porque tengo algo muy valioso que no entregué en su momento y que podría hundir toda tu carrera y tu futuro.

¿Crees que iba a dejar que me perjudicaras?

Sabía que este momento podía llegar. ¡Francia es mía!

Yo dicto condenas, doy órdenes a mis hombres, decido ejecuciones; yo dirijo campos de concentración.

¡El Reich y yo somos uno! Tengo a los hombres que quiero.

Y me voy a casar con una dama de la aristocracia.

Sí, este canalla del Ruhr que te ha guardado tantos secretos está ahora por encima de ti ¡y de todos! Y no me vas a pisar.

Rudolf le escupió en la cara. Sin inmutarse, Lucius se quitó el salivazo del rostro y sonrió.

—Tengo los papeles de lo ocurrido en el Nachtlokal en un sobre que puedo enseñarte ahora mismo. Fotografías, testimonios… Solo falta el sello y todo el Reich sabrá quién es realmente el pequeño Rudolf Hess…

—¡Basta! ¡Basta, cállate!

—¿Quieres ver las fotografías, Rolf?

Durante unos instantes Lucius y Rolf se encararon, ambos respirando trabajosamente, sus rostros casi rozándose. La frente de Rudolf y sus pobladas cejas estaban perladas de gotas de sudor. Rojo de consternación, miró a Lucius y retrocedió.

—Tengo… tengo que irme —dijo, finalmente.

Se puso el sombrero militar y salió de la sala dando un portazo.

Lucius sonrió triunfalmente. Rudolf había claudicado, no diría nada.

Y si movía alguna pieza, él sacaría la artillería pesada.

Todo el mundo tenía un precio. Se sorprendió al ver que no estaba apenas alterado.

Pensó en Ginebra. Ya no le enfadaba. La cogería tarde o temprano.

Ahora era el momento de saborear la gloria junto al Führer .