Capítulo 27 Amar, soñar, pensar #2
—Cariño, le sirvió para que el mundo tuviera sentido.
Las personas que tienen luz nos dan, a los demás, un poco de eso.
Hacen que nos acordemos de nuestra propia luz, de quiénes éramos.
Te hacen ver tu propia belleza. Y esa es la verdad, ¿sabes?
No es lo que te han hecho creer desde el odio.
El odio solo hace víctimas ciegas. Pero tú ya no puedes confundirte con ellos, tú ya has nacido a la luz.
Por favor, no olvides eso —le dijo, y la miró a los ojos—.
Escucha, Jack no te veía mejor de lo que eras: veía lo que realmente eras, solo que se te había olvidado.
Y, oye, nosotros tenemos que ayudarnos a recordar, unos a otros, pero este maldito mundo nos borra la memoria; si te descuidas, te retuerce como a una tuerca.
Marguerite miró a su amiga unos instantes, pensativa. Emmeline la ayudó a quitarse el vestido mojado y a vestirse.
—Eso que me has dado… —musitó Marguerite.
—Fuerte, eh… ¿Crees que eres la primera a la que tengo que sacar de una dosis extra?
Canto en clubes nocturnos, querida, he visto de todo.
Escucha, no vas a seguir aquí ni un minuto más.
No sabía que habías vuelto a este apartamento, ¡es peligroso!
Ese Fleedermaus podría cogerte en cualquier momento si se entera de que estás viva.
Le llaman «el sanguinario». Vendrás a mi casa.
Y, si quieres, si te sientes bien, podrás trabajar con nosotras en Bayona —propuso Emmeline, y mientras veía a Marguerite vestirse con dificultad, pensó en lo que esa criatura había sufrido y ahogó el llanto bajo una sonrisa—.
Vamos, vístete, mi niña. ¡Hoy volvemos a empezar!
* * *
París, distrito de los Elíseos
—Odette, mi amor, tengo una reunión importante hoy, pero esta noche nos veremos de nuevo —le dijo Lucius a su prometida a la salida del restaurante Maxim’s.
—La pedida de mano ha sido un éxito —afirmó ella, coqueteando, con sus ojos azules y su vocecita aguda—. La boda será a lo grande en la finca que tenemos en Chantilly. ¡Todos te admiran!
Lucius se había metido al aristócrata francoalemán Hellweger en el bolsillo, hasta el punto de lograr que le diera la mano de su hija Charlotte antes de su mayoría de edad.
Había sido un camino largo y difícil: no resultaba sencillo conseguir la mano de una dama aria, cuyos antepasados habían pertenecido a la nobleza alemana.
Pero finalmente podía añadir ese trofeo a su lista de objetivos conseguidos.
Si todo iba bien la dejaría embarazada, incluso antes de la boda, para asegurar la descendencia cuanto antes.
—Bueno, eso es gracias a que estoy contigo. Sé buena y espérame con un delicioso plato caliente alemán esta noche, ¿de acuerdo?
—Lo prepararé yo misma.
—Esa es mi chica.
—Pero, Lucius… El otro día me hiciste daño —se quejó Charlotte en voz baja, haciendo un mohín con los labios.
—Oh, te prometo que tendré más cuidado, mi princesita.
Ella sonrió emocionada y, con una risita empalagosa, se rizó con el dedo el cabello rubio que le asomaba por debajo del sombrero.
Lucius aguantó el asco que sentía hacia ella, le dio un cachete en el trasero y un beso en los labios y, al volverse, no disimuló la expresión de fastidio.
Cada vez le resultaba más pesada e insulsa aquella monería francesa que jamás le había excitado.
De camino a la sede del Gobierno, donde tenía dos reuniones, con Pétain y con Rolf, pensó en las estrategias que seguiría.
Disimuladamente, absorbió un poco de polvo blanco que llevaba en el bolsillo interior del abrigo y aceleró el paso.
Cuando vio acercarse a Karl Haushofer, rápidamente compuso la conversación en su cabeza.
—¡ Heil Hitler, Lucius!
—¡ Heil Hitler, Karl! Ignoraba que seguías en París.
—Es solo una visita breve. Lucius, quería agradecerte tu generosa donación a la Academia Alemana y a la fundación de mi mujer. Me sorprendió mucho, no pensé que… En fin, ya se lo dije a Rudolf.
—Oh, no te preocupes, Karl, todos somos el Reich.
—Yo ya no sé si gozo de la misma importancia en el Reich que tenía antes, supongo que Hess ya te habrá hablado del tema…
—Rolf dice que tú tienes un corazón de oro. Lo que es importante para mis amigos es importante para mí, y no hay más que hablar —dijo Lucius—. Además, me gusta ser discreto con estas cuestiones. No suelo presumir.
—Claro que no. Oh, gracias, Lucius, tenían razón los que me dijeron que eras un gran hombre, que, desde luego, no son pocos.
Ufano, Lucius se despidió con un apretón de manos y el saludo nazi.
Consideraba a ese fracasado un pobre engreído sin futuro, una planta más que regar, en este caso, para mantener contento a Rolf.
Se mordió la carne del dedo pulgar y caminó con desgana hacia el coche que le llevaría a Vichy, en Allier, para planear los siguientes movimientos.
* * *
París, La Muette, jardín de Ranelagh
Mientras se acercaba al coche que le esperaba en la puerta, Cesare era consciente de que se estaba jugando la vida, pero ya no había marcha atrás.
Crowley le aguardaba en la casa Boleskine, donde por fin se reuniría, cara a cara, con aquellos que le habían vigilado en la distancia, con los que se habían encargado de hundirle en París, de romper su reputación y su vida.
Y ni siquiera podía confiar en Crowley, no sabía si tenía en él a un aliado o a un enemigo. ¿Qué le aguardaba en Boleskine?
Antes de subir al coche le entregó a su mayordomo los paquetes y las cartas que debía enviar en su nombre.
Uno de ellos iba dirigido a Hess, y contenía las pocas evidencias que había podido recopilar de la traición de Lucius.
Confiaba en que, al menos, hiciera algo de mella.
El otro, el más importante, iba destinado a Marguerite Lacroze, a quien su mayordomo se encargaría de localizar.
Solo contenía un manuscrito envuelto en una carpeta dorada: una historia de todo lo que había sucedido, de todo lo que sabía en relación con la historia de la criatura, Lamartine y los Stver.
Le había prometido contarle la verdad y eso haría.
Sabía que seguramente no regresaría con vida de Boleskine y, al menos, esos datos le serían útiles a ella.
También adjuntaba la carta que había tenido guardada en un cajón, desde antes de Le Palace.
La carta que nunca le entregó. Su mano tembló al abrir la puerta del coche.
¿Y si fuera a buscar a Marguerite personalmente para darle la carta?
¿Y si le dijera que…? Apartó los pensamientos de su mente.
Demasiado tarde. Demasiado poco real. Se sentó en el asiento trasero, dejó su bastón en el suelo y cerró los ojos.
—Al aeropuerto. ¡Rápido! —ordenó.
* * *
Allier, sede del Gobierno de Vichy
Sin disimular su irritación, Lucius se despidió de Pétain con triunfal suficiencia y descendió hacia la sala principal de reuniones. Por alguna razón, Rolf había solicitado que la reunión tuviera lugar allí, y no en la Gestapo. Eso debería darle algunas pistas. No se trataba de algo bueno.
Al entrar en la sala de reuniones, cuando vio a Hess de espaldas a él, sintió un calambre.
Enseguida se controló y trató de recordar las estrategias que tenía trazadas.
Hess estaba al final de la sala, contemplando un cuadro que alguien había puesto allí, y que parecía representar unas piedras lunares.
Avanzó hacia él, preparando su intervención. Sonrió.
—Amigo, Rolf, no has perdido ni un ápice de tu afición a la pintura, sigues estando al tanto de la capacidad de nuestros artistas alemanes que requiere el Reich —dijo con su voz más seductora.