Capítulo 27 Amar, soñar, pensar
Amar, soñar, pensar
París, Neuilly
—Escuchad, tenemos que ir a Escocia —dijo Urik, tras leer el telegrama de Claire, mirando alternativamente a Bergier y a Théo, que revisaban documentos a ambos lados de la mesa del salón—.
Lo que se está cociendo es de unas proporciones mayores de lo que pensábamos.
He estado haciendo mis pesquisas. Los Stver, como ya sabemos, no son una leyenda.
Y parece que ese mago esperpéntico, Crowley, tiene algo que ver con ellos.
Y también con Rudolf Hess. Bergier y yo hicimos muchos adelantos mientras estabais fuera de combate, pasándolo bien en otra dimensión.
Hess tiene el disco. Él y Haushofer parecen estar desesperados por hallar el vórtice.
No quieren que el Reich lo sepa. Lucius no está dentro y la cúpula tampoco.
Hace unos días Crowley apareció en Boleskine.
Ha vuelto allí. Y no está solo. Unos cuantos peces gordos se han trasladado a Escocia en las últimas semanas. Se están preparando.
—La cuestión es para qué exactamente —cuestionó Bergier, frotándose los ojos. Llevaba días revisando los papeles del maletín que Siena le había dado a Théo, e investigando, y estaba exhausto.
—Esa casa de ventanas ojivales que veía Ginebra tiene que ver con eso, ¿verdad? —preguntó Théo.
Desde el brutal interrogatorio en la Gestapo, tenía un brazo vendado y llevaba un collarín. Pero nada de eso le importaba. Se habían llevado a Ginebra, estaría de nuevo en manos de Lucius, y eso le estaba matando por dentro. Quizás ese psicópata ya la hubiera asesinado.
—Esa casa está en Boleskine, Inverness. Ian tiene hombres allí y le han informado muy bien.
—¿Y por qué tenemos que ir allí? Es la boca del lobo… —protestó Théo.
—Porque los Stver tienen a Ginebra —respondió Urik.
—¿Cómo?
—Lo que oyes, Théo. Fueron ellos quienes se la llevaron y no los nazis.
Claire Gilbert acaba de comunicármelo por telegrama.
Y, si mis cábalas no fallan… se proponen sacrificarla…
En el Ars Goetia estaba claro, hace falta un sacrificio de luz a la oscuridad; es la perversión suprema, doblegar el bien.
—¡Maldita sea! —exclamó Théo. Se puso de pie y le dio una patada a la silla.
—Tendremos que llevar los refuerzos que podamos, alguien de confianza de la Polus, alguien por parte de la Resistencia, y alguien por parte de ese tal Waxley. Théo, debéis activar el disco, es la única salvación. Para Ginebra y para el mundo.
—¿Qué más da el disco, Urik? ¡Tenemos que llevarnos de allí a Ginebra cuanto antes! —replicó Théo.
—No lograréis escapar de Boleskine, por mucha ayuda que logremos conseguir, si no es activando el disco. Y no podemos dejar que se lo queden ellos y lo utilicen.
—¿Y qué importa si lo utilizan?
—Théo —dijo Urik acercándose a él—, si ellos abren la puerta, será incluso peor que si lo hubieran hecho los nazis. ¿Es que no lo comprendes?
—No lo comprendo, Urik. ¡No sé qué diablos podemos hacer! Ginebra decía que todo estaba conectado, los Stver, los nazis… Yo creo que no hay nada que podamos hacer. En cuanto Ginebra esté bien, lo único que quiero hacer es intentar volver con ella a…
—Volver, volver…, siempre repites eso, y eso es imposible, ¡Théo, casi perdéis la vida en ese extraño viaje! —protestó Urik.
—Urik, este mundo apesta. ¡No hay nada que salvar! —maldijo Théo.
Bergier, que revisaba los papeles, sentado al otro lado de la mesa, miró a Urik arqueando una ceja.
—No le falta razón.
—Eso es lo que quieren que penséis. Quieren que todos claudiquemos —dijo Urik, mirándolos a los dos, alternativamente, con un brillo en los ojos que Théo nunca había visto antes, y que mezclaba la rabia con el entusiasmo—.
Todo aquello que somos, todo eso por lo que hemos luchado durante siglos…
, la verdadera evolución del ser humano…
No es la industria, no es la tecnología, ¡no son los cacharros de los que disponemos!
La verdadera evolución está en la conciencia, en el libre albedrío, en la crítica, en la consideración del otro no como rival o como animal, ni como parte de un juego en el que alguien gana o pierde, ¡sino como persona!
, ¡en la capacidad de pensar por nosotros mismos!
Sin extorsiones, sin estrategias, sin la ley del más fuerte, sin grupos de poder, ¡sin nada que doblegue nuestra verdad y nuestra libertad!
Solo individuos. Seres humanos únicos que se conocen y dialogan y no se utilizan.
Amar, soñar, pensar, ¡eso es lo que nos distingue!
Hay que gritar que el individuo no ha muerto, que se niega a morir en silencio mientras la gran nada avanza y crece.
¡Hay que gritar que queremos poder ser! Ellos no tienen ningún valor, su poder reside en ser numerosos.
Si ellos abren la puerta, todo quedará reducido a un mismo funcionamiento, seremos lo mismo.
Estaremos todos muertos. Y ya nadie se planteará que pudo haber otra realidad posible.
¡Ya nadie concebirá que hubo un tiempo en el que pudimos elegir, en el que no estábamos condicionados por una mafia interminable!
Si el individuo es erradicado, para dar paso a una masa informe, esa será la verdadera llegada de la bestia.
Será el peor de los finales para el ser humano, el verdadero fin del mundo.
¡Porque lo aceptaremos de buen grado como parte del continuo!
Nadie aspirará a ser algo más que un tornillo de una máquina oscura que trabajará solo en beneficio de unos amos.
Seremos esclavos. Y no habrá rebelión posible.
Nos parecerá bien, porque seremos ellos.
¿Es que queréis ser esclavos? —gritó Urik—.
¡¿Queréis renunciar a vuestro verdadero nombre? ! ¡¿Queréis ser sombras?!
Théo se dio cuenta de que se le había escapado una lágrima.
Jamás había escuchado a Urik hablar así.
Siempre le había parecido una persona más bien cínica y nihilista que prefería dejar que el mundo se hundiese en su propia mierda.
Y, de pronto, parecía un incendio. Era un hombre que soñaba y sufría por cada partícula de esos sueños que se estrellaban irremediablemente contra la realidad del mundo.
—Cuenta conmigo, Urik —añadió Théo.
Jacques Bergier se puso en pie y cruzó una mirada conmovida con Urik.
—Haré lo necesario para que nos trasladen a Escocia. Si vosotros os jugáis la vida, yo me la juego con vosotros. Estamos juntos en esto.
—Théo, una vez allí, cuando encontremos a Ginebra, quiero que seáis conscientes de que solo vosotros podréis recuperar el disco y activarlo. Solo a vosotros os responderá. Debes estar preparado —recordó Urik.
—Creo que, en realidad, lo estoy… desde que volví de Atlantis —afirmó Théo.
* * *
París, Mazarine
Cuando Marguerite oyó los ruidos en la puerta no se movió de la cama. Deseó estar ya al otro lado, y que esos ruidos fueran los de ese Caronte del que le hablaban, encargado de llevarla a través de la laguna Estigia.
—¡Despierta, por favor! ¡Marguerite! ¿Cuánta mierda de esa te has fumado?
Al sentir la fuerte bofetada de Emmeline, Marguerite abrió los ojos. Lamentó haberle dado una copia de las llaves a su vecina.
—Venga, Margie, venga. No te duermas, eh, no se te ocurra. Voy a prepararte algo que te espabile. Acabarás vomitando, pero es necesario.
Rápidamente, Emmeline Bailey se quitó el impermeable y las botas, mojó en agua fría unas bandas de tela y unas toallas y se las puso a Marguerite en la frente y en las piernas. Calentó agua en la pequeña cocina desordenada y le echó unos cuantos ingredientes que encontró en los cajones.
Poco a poco, Marguerite abrió los ojos. Sentía pinchazos en la nuca. Tenía frío, millones de hormigas recorrían sus venas y volvía a sentir el tacto de las sábanas bajo su cuerpo.
—¡Anda, venga, arriba! Toma un trago de esto —dijo Josephine acercándole a la boca una taza de té que parecía contener algo más.
—Déjame que me vaya, Emmeline…
—¡Marguerite Lacroze, no quiero ni una sola tontería más! ¡Bebe!
Marguerite bebió unos sorbos. El sabor picante de la infusión le atravesó la garganta.
—Receta especial de la vieja Em, ya verás cómo te espabila —le aseguró.
Llenó un cubo de agua fría en la cocina, volvió al cuarto y, sin vacilar, se lo echó encima a Marguerite, que se puso inmediatamente a temblar, pero no gritó—.
Vamos, no te duermas —insistió, incorporando a Marguerite hasta sentarla sobre la cama, y quitándole el pelo mojado de la cara—.
Marge, tú has nacido muchas veces, y volverás a hacerlo, vas a volver a nacer hoy.
Oye, tengo una propuesta preciosa para ti, ¿no quieres oírla?
Marguerite intentaba dejarse caer de nuevo sobre la almohada.
—Eh, eh, mantente sentada —pidió Emmeline, agarrándola por la cintura y los hombros—.
¿Y si te digo que es algo que le hubiera entusiasmado a Jack?
Entonces, ¿querrás que te lo cuente? Oye, a él no le gustaría verte así.
Él decía que eras muy fuerte. Sabía que lo eras.
Lo sabía mejor que tú. Y precisamente, eso de lo que quiero hablarte, se llama «la Resistencia». ¿Te suena?
—Jack…
—Es un grupo de gente muy simpática, trabajan por núcleos y yo estoy en uno de ellos…
—¡Jack! Quiero a Jack. Quiero irme con él.
—Marge, escúchame bien, a mí me han dado muchas palizas en mi vida.
Por ser negra, por ser pobre, por ser bisexual, por ser mujer.
¿Sabes cuántas veces he tenido que luchar y volver a levantarme?
Pero aquí estoy, resistiendo. Conseguí ser cantante, trato de seguir navegando porque creo que hay un gran sol más allá, un sol brillante que nos dará calor y que está dentro de nosotros, yo decido creerlo.
Jack también lo hacía, creía en ti y en tu fuerza, creía en el amor.
Su sueño le hizo sentirse vivo. En su música, estaba por todas partes. Ese sueño de belleza…
—¿Y para qué le sirvió?