Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #7
Lucius se encendió un pitillo, al mismo tiempo que sacaba de su bolsillo la pistola.
Como quien se toma un trago de cerveza, disparó al hijo mayor a la cabeza derribándolo al instante.
Mientras la mujer gritaba y se echaba encima del cuerpo, disparó a la niña a la rodilla, y al niño más pequeño a la entrepierna.
Los gritos de los niños inundaron el local mientras el camarero se refugiaba tras la barra y dos clientes se metían debajo de la mesa.
—Ahora ya no es su marido el único enfermo —escupió Lucius con total indiferencia, sin quitarse el cigarro de entre los dientes—. Así aprenderás a no molestar al jefe de la Gestapo.
La mujer gritaba y abrazaba a sus hijos pidiendo un médico, ante la perplejidad del camarero, que permanecía aterrado tras la barra.
Dos oficiales de la Gestapo se acercaron corriendo y, obedeciendo a un leve gesto de Lucius, detuvieron a la mujer, la arrojaron a la acera junto con los dos niños heridos y recogieron el cadáver del adolescente.
Mientras el camarero limpiaba la sangre, con el rostro lívido, Lucius apuró la cerveza que le había repuesto, dejó caer sobre la mesa unas monedas y salió del local.
Más tarde, instalado en la gigantesca mesa de su despacho, Lucius firmó y selló de forma mecánica una hilera casi interminable de documentos.
—Listo, Pammie, aquí van las deportaciones —dijo, entregándole el pesado lote a su secretaria—.
Ese Schultz es un advenedizo soplapollas.
Si fuera por él, Francia aún estaría llena de sucios judíos.
En Gurs y Les Milles todavía caben muchos más y Schultz lo sabe.
Si dice que son demasiados, dile que son mis órdenes y que no hay discusión sobre esto.
Pamela bajó la cabeza, asintió y se retiró.
Lucius se dedicó a rellenar los datos de diversos formularios. Todo lo que sucedía en París pasaba antes por su mesa de trabajo. En pocos días tendría una reunión con Himmler y con el Führer en persona.
En el jardín, Müller realizaba las labores de mantenimiento. Su expresión ya no resultaba tan soberbia como al principio y había adelgazado mucho. Sonrió, mientras observaba cada uno de sus movimientos.
Se dirigió al despacho de Pamela.
La secretaria tenía la mirada fija en su máquina de escribir, los ojos rojos, las manos se movían mecánicamente sobre el teclado. Lucius la agarró del cuello.
—Recuerda, Pammie que hoy también te quedas aquí toda la noche. Aún estás pagando tu traición.
Pamela comenzó a llorar. Lucius la alzó de la silla y la arrojó contra la mesa. El cabello teñido de rubio ondeó en el aire solo unos segundos antes de que la cabeza de la secretaria golpeara la pared con fuerza. Gimió de dolor.
—¡Deja de llorar! —gritó Lucius.
La agarró de la cintura, le subió la falda, desgarrando la tela, y se desabrochó la bragueta.
—No, por favor, otra vez no, señor, por favor, me duele mucho, no…
—¡He dicho que te calles! —gritó, metiéndole la pistola en la boca. Se quitó el cinturón y enrolló la parte superior en la mano.
Mientras Pamela aguantaba las arcadas y trataba de respirar, Lucius le arrancó la ropa interior, le sacó la pistola de la boca y se la pegó a la sien, la puso boca abajo sobre la máquina de escribir y la violó con tal brutalidad que ella ahogó un quejido y se quedó paralizada como un maniquí.
No la veía a ella, estaba viendo a Ginebra, abandonada a su poder.
La rabia y la excitación eran una misma cosa; trepaban por sus ingles, por el vientre, subían hasta la cabeza.
Un dolor martilleante le oprimía el cerebro.
Müller ocupó el lugar de Ginebra y la excitación fue mucho mayor.
Le dio un correazo en el muslo a Pamela.
—Como digas una palabra de esto les contaré a todos la clase de chica que eres. ¿Quieres que sepan que eres una zorrita? ¿Quién te dará trabajo, zorrita? —le dijo al oído, y, con el cinturón, la golpeó hasta hacerle sangre—. Eso es lo que eres, todas vosotras lo sois. ¡Ni un solo grito!
Pamela ya no hablaba, permanecía con la boca abierta en un rictus de histeria.
Lucius sonrió, pleno de excitación; la sentía como un pobre pajarillo perdido, soportando las embestidas del tigre.
Tal como le gustaría tener a Müller. Las lágrimas brotaron de los ojos abiertos y fijos de la secretaria, sin que, de su boca, saliera un solo ruido.
Alguien llamó a la puerta del despacho principal y, en ese momento, Lucius le tapó la boca y le presionó la cabeza con la pistola.
—Ni una puta palabra.
Se cerró la bragueta, se alisó la camisa y salió del despacho de su secretaria peinándose con las manos. Sonriendo con seguridad, abrió la puerta del despacho principal.
—¡ Heil Hitler! —saludó con gesto severo.
—¡ Heil Hitler! Herr Fleedermaus, le traigo un mensaje de Rudolf Hess —le dijo Schmidt. Lucius asintió, extrañado, al tiempo que leía el telegrama.
En el pequeño despacho de taquigrafía, tumbada boca abajo sobre la máquina de escribir, desnuda de cintura para abajo, Pamela seguía paralizada.
La sangre corría por sus muslos helados.
Como en un acceso de vómito, llegaron los primeros sollozos e irrumpió en un llanto imparable que salía a borbotones.
Se tapó la boca con las manos hasta que ahogó los sollozos, se secó las lágrimas con su pañuelo y comenzó a ponerse la falda.