El cabaret del infierno Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #6
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Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #6

El hombre de la túnica la miró a los ojos. En ellos, Ginebra pudo ver múltiples miradas; una de ellas era la de la bestia, los ojos con pupila de serpiente, infectados de terror y rabia.

—No te tengo miedo —dijo ella—. Te he mirado a los ojos muchas veces. Ya no tengo miedo.

—Cuando alguien contempla el abismo, el abismo también puede contemplar su interior —dijo el hombre de la túnica—.

La luz es fuerte en ti —añadió, contrayendo el labio superior hacia arriba, como lo haría una fiera que contiene su rabia—.

Tanto que has interferido en nuestros planes.

Pero pronto serás doblegada. Ya sea convertida o sacrificada, esa fuerza jugará a nuestro favor, serás parte de nosotros —añadió sonriendo.

—No sois más que una maldita plaga de langostas.

El hombre de la túnica chasqueó la lengua y sonrió.

—Sois muy pocos, Ginebra. Tarde o temprano no quedará nadie.

Tal vez te parezca que debes permanecer despierta, pero, en realidad, estás sufriendo innecesariamente.

¿De qué sirve? Todo vuestro sufrimiento, toda esta lucha, la sensación de soledad…

¿Para qué? La conciencia y su estúpida importancia, ¿te ha proporcionado algo más que dolor?

—dijo, mientras el hombre vestido de negro extraía algo de su bolsillo.

—Prefiero que me matéis.

—Ginebra, deja de luchar. Deja de pensar. Deja de sufrir. Todos vendrán con nosotros. Lo que hacemos es por tu bien. Y, por tu bien, estarás mejor dormida. Vivirás mejor cuando dejes de ver.

—¡No! —gritó Ginebra.

Se arrancó del brazo la vía del gotero y retrocedió.

El nazi la golpeó con el arma, haciéndola caer al suelo, junto a la camilla, y el hombre de gris le clavó una jeringuilla en la pierna, con la eficaz rapidez de una serpiente.

Lo último que vio fue al oficial nazi apuntándole a la cabeza, y la sonrisa del hombre de la túnica.

—Duerme, Ginebra —le dijo.

* * *

París, Rue Lauriston

En la oscuridad del pub que frecuentaba cuando quería alejarse un poco de su despacho, Lucius se trituraba, con los dientes, unos dedos sanguinolentos.

Ya no le quedaban uñas que roer, se estaba comiendo la carne.

Si le vieran sus oficiales se reirían de él, y eso le hacía estremecerse.

Se metió las manos en los bolsillos y respiró hasta serenarse.

No sabía lo que había sucedido y eso le desgarraba por dentro.

¿Cómo era posible que, una vez más, esa zorra judía se hubiera desvanecido, junto con ese sucio Bernard?

Todavía podía saborear los besos, la sensación de poder sobre sus labios.

Le habría destrozado esa cara bonita de no haber sido por…

¿Quién le habría traicionado? Primero, alguien se las había arreglado para sacarle de su despacho, alertando a Himmler sobre la filtración de unos documentos comprometidos para el Partido Nazi.

Documentos que habían salido del maletín que ese tal Siena había robado a Derek Koch.

Una vez en el otro despacho, la conferencia telefónica con Himmler había sido breve.

Le habían traído el café que siempre tomaba a esa hora.

Un solo sorbo había sido suficiente para que, minutos más tarde, cayera redondo.

Ni siquiera se había fijado en cuál de los subordinados le había ofrecido el café mientras hablaba.

La droga suministrada no aparecía en los análisis y, aunque todo apuntaba a ese Vincent Siena que se había suicidado después de traicionarles, poco a poco, estaba purgando a todos los cargos de la Gestapo.

Era necesaria una limpieza completa, y más contando con el peligro de Bömelburg.

No era un rival para él, pero podía llegar a serlo en breve.

Quizás él estaba detrás de todo. No creía que Gilbert y Bernard hubieran llegado muy lejos, heridos como estaban. A menos que ese tal John Waxley…

De un manotazo tiró la jarra de cerveza al suelo y volvió a morderse las uñas.

¡Claro, Waxley! ¿Cómo habría colado a sus infiltrados en la Gestapo?

Por suerte, los hechos no habían trascendido, y Hess estaba demasiado ocupado jugando con su reliquia como para centrarse en lo que ocurría en la Gestapo.

El camarero, presto, se agachó a limpiar los pedazos de la jarra, tratando de no molestarle.

En ese momento irrumpieron en el local una mujer y unos niños.

Los niños tenían sucias las manos y las piernas y los pantalones rotos, aunque por su complexión física y sus rasgos finos parecía que habían vivido tiempos mejores.

La madre y la hija llevaban pañuelos viejos en la cabeza y vestidos de la beneficencia.

El hijo mayor tendría unos catorce años y los otros no pasarían de seis.

La madre, llorando, corrió hacia su mesa y se postró de rodillas ante él.

—Señor, señor Fleedermaus, por favor, yo soy alemana y no soy judía.

Por favor, ayer deportaron a mi marido, se lo llevaron a un campo de concentración y él está muy enfermo, no aguantará.

Estos niños se han quedado solos. Por favor, señor, estamos en la miseria, haré lo que usted quiera, enciérreme a mí, pero no se lleve a mi marido, deje que pueda morir en su casa, con dignidad.

Hágalo por estos niños, que están solos.

Por favor señor, si tiene algo de piedad.