El cabaret del infierno Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #5
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Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #5

—Son besos… besos de estrella —murmuró Marguerite acariciándose los carrillos, los ojos perdidos en el horizonte—. ¡Son besos de estrella! —gritó, agarrándose a la valla y zarandeándola—. ¡Besos de estrella! —repitió, una y otra vez, hasta quedarse sin voz y sin aire.

O’Reilly y su mujer le dedicaron una última mirada de desprecio mezclado con lástima, desde la ventana, antes de cerrar las cortinas.

Marguerite observó la nota hecha trizas en las escaleras del porche. Le ardían el pecho y los ojos, pero ya no le salían las lágrimas. Era como si solo pudiera llorar por dentro. Se alejó de la casa por el mismo sendero por el que había subido.

«Jack… Jack», pensó, «¿por qué no puedo ir contigo… si ya estoy muerta?».

* * *

Munich, sede de la Sociedad Pangermánica para la Metafísica

—Es auténtica, Rudolf —dijo María Orsic con los ojos fijos en el disco que reposaba sobre la pequeña mesa del despacho.

—No tenemos tiempo para más errores, María…

Por eso he recurrido a ti. Nos equivocamos con la pieza que estaba en el museo de Heraclión.

Esta pieza, aunque la tenían en su poder Bernard y Wilde, es la que consiguió Koch.

En fin, ya no me fío de nadie —dijo Hess levantándose del sofá y pasándose las manos por el pelo.

—Es la reliquia. Y es el momento. Pero debemos tomar las precauciones necesarias e ir al lugar indicado.

Hess miró a María Orsic, que asentía despacio mientras se acariciaba los largos cabellos colocados hacia un lado, sin dejar de mirar el disco.

Parecía una ninfa extrañamente instalada en un viejo sofá de fieltro, en aquella habitación pequeña que hacía las veces de despacho improvisado para la mayoría de los miembros de Vril.

—Me asusta la fuerza que percibo, Rudolf. Un gran poder. Un poder que no es de este mundo. Esto va más allá de los mensajes sumerios de Aldebarán. No deberías arriesgarte a activarla, así como así, y sin la gente adecuada. Quizá no todos los hermanos de AvGull estén preparados.

—¿Quiénes crees que lo están?

—¿Y Lucius Fleedermaus? Tiene muchos amigos y grandes contactos, su forma de ascender ha sido sorprendente, y encontró a los portadores del disco. Quizá podría unirse a nosotros.

Hess no quiso hablarle de las últimas noticias que había tenido sobre Lucius. Que Cesare hubiera errado, adrede o no, no le importaba, pero las pruebas que le había conseguido Riemann acerca de la traición de Lucius, sí. Debía guardar silencio. Hasta Haushofer estaba seducido por Lucius.

—Lo pensaré —se limitó a responder.

—He consultado a los astros y el ritual ha de ser en Boleskine —sentenció Orsic, mirando fijamente a Hess—. Haremos una prueba en el lugar convenido. Para ello, lo mejor es que nos acompañe Aleister. Conoce bien la zona.

—¿Crowley? No confío del todo en él.

—Conoce el terreno. Llama, también, a alguien de tu confianza. Tenéis gente en Escocia. Hamilton, por ejemplo. Sería el idóneo. Está iniciado.

—El duque de Hamilton…

—No se lo digas a nadie más. Sé cuidadoso, sé discreto.

—De acuerdo. Gracias María —dijo Hess. Guardó el disco en su maletín, se arrodilló ante ella y le besó la mano. María Orsic le acarició la cabeza, sonrió y, mientras lo veía salir rápidamente por la puerta, se mesó el cabello.

—Todo deberá cumplirse, Rudolf —susurró.

* * *

Subsuelo de París

Ginebra despertó en una habitación blanca, con un gotero de suero en vena. Se preguntó si habría muerto. Por unos instantes temió estar en un hospital, en manos de Lucius. Se removió, horrorizada, y entonces vio a Claire.

—Ginebra, ¿estás bien?

—¡Dios mío, Claire! —gritó ella como si contemplara una aparición. Sintió tanto alivio que lloró y gritó de emoción, mientras su amiga la abrazaba.

—Aún estás débil. Tienes que recuperarte. No te preocupes, estás a salvo.

—¿Cómo? ¿Cómo lo has logrado? —balbuceó Ginebra.

—John tenía agentes infiltrados. Actuaron a tiempo con Lucius. Y, por suerte, ese Siena decidió entrar en razón en el último momento…

—¿Y Lucius? —musitó Ginebra.

—Ese monstruo está durmiendo la mona en el cuartel de la Gestapo.

Lo que le dieron es fuerte, no despertará hasta dentro de unas horas y no quedaran pruebas.

Casi te mata, Ginebra, te quedaste sin oxígeno varios minutos.

Y los interrogatorios… ¡Fue horrible! —dijo Claire enseñándole la mano vendada.

—Oh, Dios mío, ¡Dios mío, Claire! —dijo Ginebra, llorando—. No sé cómo podré pagarte todo lo que estás haciendo por mí.

—Ginebra, tú eres mi hermana, me has salvado en muchas ocasiones. Yo no te estoy devolviendo nada, te quiero y ya está.

—Claire, eres increíble.

—Has de saber que Théo no dijo nada comprometido. Le dejaron inconsciente. Si estuviéramos allí ahora mismo, ya le habrían matado a palizas. Por cierto, ese hijo de puta nos contó que tú habías pactado con él y que ya estabas libre. A Théo le dijo que estabais casados.

—Nos mintió a todos. Me dijo lo mismo. Y, también, que Théo estaba casado.

—Gin, cuando investigué vuestro caso me empleé a fondo en ese Théo Bernard, en saber quién diablos era. Ten en cuenta que Siena y él eran mis únicas pistas. No está casado. Solo encontré información sobre sus padres, fallecidos, y una hermana. Dubois es su nombre de casada.

—Noelle Dubois…

—Sí, se casó en Saint Sulpice, hace años.

—Eran fotos con su hermana. ¡Maldito hijo de puta! —dijo Ginebra.

—Théo es buen tipo, Gin. De esos que ya no se ven.

Estaba destrozado por fuera y por dentro y sacaba fuerzas para ayudarme a mí.

Oye, en algún momento debo contarte lo que averigüé sobre Renaud y los otros científicos.

Ahora hay que centrarse en salir de aquí.

Escucha, John ha logrado el salvoconducto más efectivo de todos los tiempos.

Saldremos de Francia. Es arriesgado, pero es el único camino.

He movido contactos en la Resistencia para facilitar las cosas.

Urik, que se está encargando de refugiar a Théo; él me curó la mano.

Es un tipo estupendo y va a hacer lo que pueda con ese grupo, Polus.

En cuanto sea seguro el traslado, vendrán a buscarnos y saldremos de Francia.

—¿Dónde estamos? —dijo Ginebra, mirando a su alrededor.

—En un viejo centro de operaciones militares que ahora pertenece a la Resistencia. Vendrán a por nosotras en unas horas, si todo sale bien… Iré al otro compartimento. Los hombres de John van a acceder por esa parte. Volveré enseguida.

Ginebra le dio un abrazo a su amiga, aguantando las lágrimas.

Rápidamente Claire subió las escaleras. Una pequeña compuerta que estaba en el techo se abrió y Claire la saludó antes de irse. Ella también aguantaba el llanto. Cuando la puerta se cerró, Ginebra sintió que algo dentro de su pecho se quebraba, indicándole que las cosas no iban a ir bien.

Pensó en Théo. «Théo, volveremos a la Atlántida, te lo prometo. Cuando la guerra termine…».

Un leve ruido llegó desde el otro extremo de la habitación. Las paredes estaban vacías y algo descascarilladas. El fluorescente comenzó a parpadear.

—¿Hay alguien ahí? —dijo sin dejar de mirar la compuerta en el techo.

El silencio era sepulcral. Pensó en lo que le había dicho Théo una vez: «Esperar es bueno cuando lo que se espera es bueno. Eso dijo Confucio. No era Zeus, pero también hay que hacerle caso». Se rio, recordando ese día en Ierápetra.

Un crujido se oyó en el techo y la compuerta se abrió con un fuerte golpe. Un oficial con el uniforme nazi descendió por las escaleras.

Ginebra dio por hecho que Lucius la había encontrado, pero las imágenes que veía en su mente le decían otra cosa.

El nazi la apuntó con el rifle y Ginebra levantó las manos.

Tras él descendió, lentamente, otro hombre que llevaba una túnica blanca.

No llevaba zapatos, sino algo parecido a unas sandalias con correas de papiro.

Sobre la túnica llevaba una capa con símbolos rojizos, negros y blancos.

Cuando Ginebra pudo ver su rostro se le congeló la respiración.

Era el hombre que aparecía en las imágenes que vio en Festos, en el laboratorio de la casa de piedra, haciendo el ritual en San Víctor…

el hombre de la túnica. Sonreía de forma sibilina.

Con un gesto suave, ordenó al nazi que bajara el arma.

Avanzó despacio, hasta situarse a dos metros escasos de Ginebra y la miró a los ojos.

—Por fin nos conocemos, señorita Wilde —le dijo.

Su voz le pareció a Ginebra imposible de clasificar: era masculina y femenina al mismo tiempo y, a la vez, tenía diversos matices, como si hubiera varias voces en una.

—¿Quién es usted? —le preguntó.

—La cuestión es, Ginebra, que usted ya lo sabe —respondió el hombre de la túnica. Sonrió despacio. Otro hombre, este vestido con un abrigo largo gris descendió por las escaleras.

—¿Qué han hecho con Claire? —Oh, no se preocupe, ella no nos interesa.

Ginebra, usted ha sido la única persona capaz de establecer contacto.

Usted nos ha «visto». Nadie más lo ha logrado por el momento.

Nadie. No sin acceder a uno de los vórtices o al preparado de obsidiana.

Eso quiere decir que supo activar el disco. ¿Cómo lo ha hecho?

—¿Y ustedes cómo han llegado hasta aquí?

—Ginebra, nosotros ya estábamos aquí. Estamos en todas partes —dijo poniendo una mano sobre el hombro del nazi.

—Si son tan poderosos, ¿por qué no terminan ya conmigo y con todo esto?

—La sombra, como la luz, solo puede actuar a través de las personas. Datark es poderoso a través de los que están con «nos». Con el tiempo hemos alcanzado un mayor poder, penetramos en todas las estructuras, nos movemos en las más altas esferas, ahora sí estamos preparados.

—Preparados… ¿para qué?

—Para la encarnación definitiva de Enlil en Datark, la apertura del pasaje, el cierre del círculo. Todos los vórtices están conectados y ahora somos muchos. Cada vez más. Así lo querían mis amos.