Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #4
En ese momento se oyó un sonido que no supo identificar. Solo notó que la presión sobre su cuello cedía y, en lugar de caer al vacío, caía hacia atrás. Alguien la estaba sujetando.
* * *
París, sede de la Gestapo, Rue Lauriston
Muy despacio, sin hacer ruido, Vincent bajó las estrechas escaleras que conducían hacia el sótano donde estaban los calabozos. Miró a su alrededor. Se alzó sobre una silla y tapó con esparadrapo la cámara que enfocaba al pasillo. Ahogó un ataque de tos.
De una calada, absorbió lo que quedaba del cigarro. Avanzó por el pasillo, despacio. Escuchaba las risas de sus compañeros que contaban chistes de judíos y homosexuales.
Recordó las torturas a las que le habían sometido hasta que cedió y habló, aunque no acerca de todo.
Antes que seguir vendiendo a Théo, prefirió venderse a sí mismo.
Y cuando lo hizo, acabaron convenciéndole de que formar parte del Reich era la mejor idea de su vida.
Durante un tiempo había pensado que Théo era demasiado inocente, y Urik, un imbécil, ingenuo y fanfarrón.
Con los nazis se había sentido fuerte, seguro.
Dentro de una red que le proporcionaba poder.
Pensaba que estaba siendo realista y práctico.
Pero, ahora, solo sentía lástima hacia sí mismo, lástima por un hombrecillo demasiado débil como para imitar los métodos de Urik, demasiado mentira como para responder a la autenticidad de Théo, demasiado temeroso para hablar con mujeres como Claire.
¿Quién eres, Vincent? Se preguntó. ¿Quién era el poderoso, ahora?
¿Él, que se refugiaba en la madeja del Reich y olvidaba su identidad, o Urik que, por su cuenta, había logrado sacar del pozo a tanta gente valiosa?
Porque sí, ese viejo chiflado había hecho más por él y por muchos otros que lo que el Partido Nazi estaba haciendo por el mundo.
Él, Vincent Siena, que siempre había creído estar en la cumbre, con su habilidad para la supervivencia y sus ademanes de cowboy… , ¿qué había hecho él para mejorar las cosas?
Ya no tenía claro nada. Durante años se había sentido como una especie de protector para Théo, eso le daba sentido a su papel de exmilitar, a la hombría que se empeñaba en mantener, pero Théo necesitaba un amigo, un verdadero amigo. Y él no lo era.
Ahogó un ataque de tos. En el pañuelo con el que se tapaba la boca, una vez más, había sangre. Tampoco las drogas, que compartía con algunos colegas de la Gestapo, le hacían bien, pero era la forma de vaciar la mente de culpa, de recuerdos, de preguntas.
Despacio, se acercó a sus compañeros. Hablaban de las palizas que aún le quedaban por delante a ese tal Bernard.
Cuando se volvieron a saludarle con un enérgico «¡ Heil Hitler!
» les disparó varias veces a ambos. Se acercó a la celda de Théo, metió la llave en la cerradura y la abrió.
Después hizo lo propio con la de Claire.
Les habían separado por orden de Fleedermaus.
—Vamos —susurró con su voz afónica—. Deprisa, seguidme.
Théo y Claire, sorprendidos, se miraron el uno al otro. Claire se estaba recuperando, pero Théo había sufrido más golpes y tenía un aspecto lamentable. Miró a Vincent con desconfianza.
—No hay tiempo para explicaciones, esto no es una trampa —insistió Vincent—. Si seguís aquí, os matarán a golpes, ¡vamos, joder!
Théo y Claire salieron de la celda. Al ver a Théo, Claire se tapó la boca asustada. Apenas podía caminar y tenía el rostro deformado por los golpes.
—Apóyate —le dijo Claire, y le ofreció su brazo.
Vincent los guio hacia el final del pasillo y miró hacia atrás. Sacó el manojo de llaves y abrió una puerta negra, para descender por unas escaleras de piedra.
—Seguidme —los condujo hacia un sótano húmedo y abrió una enorme puerta metalizada, parecida a la de un búnker—.
Seguid por el camino recto, torced a la derecha y después hacia arriba por las escaleras de hierro.
Encontrareis la compuerta abierta al final.
Una vez en la explanada, coged mi coche —dijo, entregándole a Théo unas llaves y una pistola—. Desde allí podréis huir.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Claire.
—¡Vamos, maldita sea, daos prisa o tendré que cerrar la compuerta!
Théo miró a su amigo con lágrimas en los ojos y una mezcla de tristeza, rabia y gratitud.
Vincent desvió la mirada. Cerró la compuerta y la puerta del sótano.
Subió las escaleras, recorrió el pasillo, pasó por encima de los cuerpos de sus compañeros y entró en los lavabos.
Cerró la puerta, se apoyó de espaldas sobre ella y tosió hasta que sintió que se le salían los pulmones por la boca.
Tenía sangre en la chaqueta militar. Se miró al espejo.
Mientras escuchaba los primeros gritos alemanes de sus compañeros, que acababan de descubrir los cadáveres, cogió su pistola y se pegó un tiro en la sien.
* * *
Beuvron-en-Auge, Normandía
Marguerite pagó al taxista y subió la cuesta hacia la casita que, con un tejado tipo cottage , reinaba en medio de un prado verde, rodeada por una primorosa verja blanca.
Con el último dinero que le quedaba de Cesare había pagado los billetes de ida y vuelta a Normandía, donde Cillian O’Reilly pasaba las primaveras.
Así constaba en la información que le había dado Evola.
La afinidad del irlandés con el Partido Nazi hacía que la ocupación no le molestara.
Debía hablar con él antes de que volviera a Glenarm, Belfast, donde trabajaba como diplomático.
El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho.
Por fin iba a conocer a su padre. Jack le habría dicho que se olvidara de ese filonazi que la había despreciado desde que nació, pero Jack ya no estaba y ella se sentía sola, desesperadamente sola y muerta por dentro.
Por supuesto, a la policía le daba igual quién hubiera apretado el gatillo aquella noche, no podían nada contra la Gestapo.
«Reyerta callejera a la puerta de un club de jazz », lo habían llamado en los periódicos.
Nadie sabía la verdad, ni les importaba, y menos si era cosa de unos nazis borrachos que se escondían en la oscuridad de la noche para asesinar a negros.
Estrechó en su mano la nota que había preparado para su padre.
Una vez frente a la verja de la casa tomó aire.
A diferencia de lo que ocurría en París, en Normandía hacía demasiado calor.
El cielo tenía el color de la ceniza. Comprobó que la verja estaba abierta y entró despacio.
Una mujer robusta que limpiaba un jarrón abrió la puerta y la miró con desconfianza.
—Hola. Disculpe… Discúlpeme… Vengo aquí buscando al señor O’Reilly. Cillian O’Reilly —preguntó Marguerite, nerviosa.
La mujer, extrañada, volvió a entrar en la casa.
A lo lejos vio a unos niños que jugaban con el perro.
Eran pelirrojos. Se imaginó creciendo en ese monte de verdor celestial, jugando con los animales.
Trató de fijarse en las caras de los niños para comprobar si existía algún parecido.
¿Podrían ser sus hermanos?, ¿quizá sus sobrinos?
—Buenos días —saludó fríamente Cillian O’Reilly, instalándose en el umbral de la puerta, con autoridad.
Era robusto, pelirrojo, tenía el cabello rizado, como ella, aunque ya estaba medio calvo, y no tenía pecas.
Iba vestido como un granjero, con tirantes y un sencillo pantalón, pero en su ropa y en la piel de las botas se percibía el aliento innegable del dinero.
—¿Es usted… usted es… Cillian O’Reilly?
Temblando, Marguerite se acercó a las escaleras del porche y le tendió la nota a aquel hombre que la miraba con el ceño fruncido. Conforme avanzaba en la lectura, sus labios se cerraban en una línea torcida y desagradable y sus mejillas se enrojecían.
—¿Cómo me has encontrado? —espetó él, secamente, mientras doblaba el papel.
—Fue gracias a un… un amigo mío…, pero soy discreta. Nadie más sabe esto, se lo prometo. Estoy… estoy sola, y… ¡no quiero pedirle dinero! Solo quería conocerle…
—No tengo nada que ver contigo ni con esa Hildegart Lacroze —dijo él, señalando la nota, con la frialdad de un médico que despacha a un paciente pesado.
Dentro, se oían ruidos de pasos. A buen seguro, su mujer estaba escuchando.
—Señor, yo solo quiero conocerle mejor…
—¿Conocerme mejor? —dijo él, sonriendo de forma burlona.
—Sí… Quiero… Me gustaría hacerle tantas preguntas, si usted quiere, si lo tiene a bien…
—Qué cosas dices, muchacha, anda, vuelve a tu casa.
—Señor, por caridad… Yo ya no tengo a nadie. Me ha costado mucho venir hasta aquí. ¿No podría hablar con usted un momento?
El hombre hizo trizas la nota que Marguerite le había dado y los arrojó al suelo.
—Lárgate, estoy muy ocupado —dijo, y le dio la espalda.
—¿No estuvo usted enamorado de mi madre? ¿Nunca?
Él se volvió y la miró con el gesto arrugado de quien mira a un loco de atar.
—Oye, chica, tú no estás bien de la cabeza —dijo.
—Espere, por favor, ¡padre!
Con el rostro encendido, el irlandés se giró hacia ella y bajó las escaleras del porche, pisando los pedazos de la nota que caían por las escaleras.
—No vuelvas a llamarme así —dijo, agarrándola del brazo, mientras miraba a su alrededor—. Vete de aquí o llamaré a la policía. ¿Has entendido?
Marguerite se soltó y retrocedió.
—¡No me iré! —gritó de pronto—. Quiero… ¡solo quiero cinco minutos!
Los niños, que jugaban con alegre indiferencia al otro lado del prado, comenzaron a mirarles. O’Reilly enrojeció aún más, se acercó a Marguerite y, mirando a su alrededor, la llevó hasta la verja y la empujó fuera de la propiedad.
—¡Lárgate de aquí, sucia pecosa, y no molestes más! —gritó, cerrando la verja con cerrojo.
Se alejó hacia el porche de la casa, entró y dio un portazo.