El cabaret del infierno Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #3
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Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #3

—Esto no es el pasado de Bernard, es su presente.

¿Acaso pensabas que su mujer había muerto?

—se burló. Ginebra bajó la cabeza, aguantó la respiración para no gritar.

No quería escucharle—. Sigues siendo muy despistada.

¿Te acuerdas cuando tenía que encargarme yo de los temas de organización porque eras un desastre?

Es curioso, las mujeres servís para organizar, normalmente.

Tú te empeñabas en crear. Como si eso pudierais hacerlo bien.

—¿Qué tal funcionó mi novela con tu nombre, maldito enano envidioso?

—se oyó decir Ginebra, mirándole a los ojos, sin saber cómo se estaba atreviendo a pronunciar esas palabras.

El rostro de Lucius cobró un color escarlata.

Sus ojos brillaron con más agresividad que nunca.

Se quitó uno de sus guantes y le dio una bofetada a Ginebra.

—¡Te lo advierto, zorra judía, no vuelvas a desafiarme! ¡No vuelvas a hacerlo! —le gritó.

—Algún día nos encontraremos al otro lado, Lucius —auguró Ginebra, sangrando, conteniendo las lágrimas—, y, si existe justicia, tendrás que reparar. Y va a ser una larga reparación.

Lucius le dio una bofetada tan fuerte que la derribó y, por unos segundos, Ginebra no supo dónde estaba.

Trató de levantarse del suelo, apoyándose torpemente con las manos esposadas, pero su mirada estaba borrosa y le dolía la cabeza.

Lucius le puso la pistola en la frente y la obligó a sentarse, mientras le acariciaba el pelo.

—Mi pobre Ginebra… Me parece que tienes los humos un poco subidos, como todas las judías engreídas —dijo, acercándose a ella.

Ginebra cerró los ojos, las lágrimas salieron solas.

Lucius le arrancó los botones de la camisa—.

Yo voy a enseñarte a estar en tu lugar —añadió.

Se colocó encima de ella sin dejar de apuntarle con la pistola y, cuando ella se revolvió, él le cogió la cara entre las manos y la miró fijamente a los ojos—.

Deja de resistirte o lo que te haré será mucho peor que la muerte.

Sé que no te da miedo morir, pero también sé que sabes lo que es el dolor físico, y créeme que te puedo provocar el peor de los dolores. Peor que el que ya te regalé una vez.

Lucius le desgarró la ropa con violencia, sin dejar de mirarla. Era una mirada que aterraba todavía más que los golpes porque mezclaba la fascinación que aún sentía hacia ella con el odio y una rabia inhumana. Ginebra gritó.

—Schsss —dijo Lucius tapándose los labios con el dedo índice y sonriendo.

La besó, mordiéndole los labios hasta hacerle sangre.

Ginebra aguantó el dolor. Su aliento olía peor que hacía años.

Se removió, casi sin fuerzas, tratando de zafarse de él.

Cerró los ojos, preparándose para sentir otro golpe.

En ese momento, alguien llamó a la puerta.

—¡Dije que no me molestara nadie! —barritó Lucius.

—Señor, es un mensaje muy urgente de Himmler —dijo la voz a través de la puerta.

A Lucius le cambió el gesto. Se incorporó con absoluto fastidio, como quien tiene que dejar de jugar a su juego de mesa favorito para atender al repartidor del pan.

Ginebra se ovilló en el suelo y lloró. No tuvo tiempo de incorporarse, Lucius la agarró del pelo obligándola a levantarse y, sin dejar de clavarle la pistola en los riñones, la encerró en una habitación contigua a la sala, en la que había una máquina de escribir y montones de papeles.

—Espérame aquí, muñequita, no he hecho más que empezar —le dijo, y la arrojó contra la pared.

Oyó a Lucius hablar con alguien y escuchó cómo salía de la sala grande. Tomó aire y lloró. No sabía qué le dolía más, si los golpes o la traición de Théo. Si era verdad lo que le había dicho ese cerdo nazi…

La puerta de la habitación se abrió y entró una mujer, escoltada por alguien del Reich. Intercambiaron unas palabras en alemán y el hombre, que iba armado, se quedó fuera. La mujer se acercó despacio a ella y la miró con una frialdad que escondía una intensa tristeza.

—Me llamo Pamela, soy la secretaria de Fleedermaus —explicó con un tono mecánico, como si estuviera en una especie de trance, a mucha distancia de su propio cuerpo—. Si intentas escapar, ese hombre disparará.

Ginebra se dio cuenta de que la mujer tenía algunos cardenales en el rostro y señales de heridas que aún se estaban cerrando.

—Lucius… ¿A ti también te ha pegado? —le preguntó. Ya conocía la respuesta.

Pamela desvió la mirada.

—Es mejor que estés en silencio —murmuró.

—¿No te da asco que te utilice como perro guardián?

Ayúdame, podemos huir las dos —propuso Ginebra.

Pamela tomó asiento en una de las sillas que estaban junto a la puerta y encendió un cigarro.

Le temblaban las manos—. Por favor, Pamela, piénsalo, es tu oportunidad —insistió—.

Yo puedo darte dinero si me ayudas a escapar, puedo ayudarte a que inicies una nueva vida, conozco gente que…

—¡Cállate, judía! —gritó Pamela tapándose los oídos y negando con la cabeza. De pronto, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, bajo los que pesaban unas abultadas ojeras.

—Sé que crees que no se puede escapar de él, pero es posible —insistió Ginebra, en voz baja—, yo lo logré, y puedo volver a lograrlo, si me ayudas.

Si nos ayudamos… —dijo acercándose a ella, con lágrimas en los ojos.

Pamela la miró, nerviosa, mientras daba caladas al cigarro—.

Vamos, vales mil veces más que él. Él solo utiliza a las personas, tú ya lo sabes.

Les chupa la sangre, eso ha hecho contigo.

Pamela se removió en la silla, miró a Ginebra oscilando entre la duda, la rabia y la esperanza, y pestañeó varias veces. Parecía estar recordando algo desagradable. Cerró los ojos, unos instantes, y después se acercó a ella, nerviosa.

—Si te ayudo… ¿podrías conseguirme un trabajo lejos de aquí?

—Por supuesto, Pamela.

—¿En Estados Unidos?

—Sí. Y en Estados Unidos no hay amenaza de guerra, allí estarás bien.

Pamela apretó los labios, que tenían muestras de haber sido magullados, y se acarició uno de los cardenales que tenía en el rostro, cerrando los ojos.

—Está bien, te ayudaré —susurró, y miró hacia la puerta, aterrorizada—. Pero tienes que prometerme que llegaré a Carolina del Norte sana y salva. Tengo familia allí.

—Tienes mi palabra.

—Estás sangrando —dijo Pamela. Extrajo un pañuelo de su bolso y le limpió la nariz y los labios a Ginebra, que intentó sonreír sin conseguirlo.

—Podríamos fingir que me estoy muriendo… —dijo Ginebra—. Sé que me quiere viva.

—Está bien, voy a decirle al escolta que tenemos que salir. Haz como si te hubieras desmayado, solo así podré trasladarte a enfermería. Y desde allí…

—Hagámoslo.

Pamela se levantó, temblando. Tomó aire y abrió la puerta.

Ginebra escuchó unas palabras en alemán.

Cerró los ojos y se tendió en el suelo. Notó cómo alguien la cogía y la llevaba en brazos.

Era el escolta armado. Su aliento apestaba a cerveza alemana.

Sintió que la depositaban en una camilla.

De nuevo, les escuchó hablar en alemán. Solo alcanzó a descifrar algunas cosas, como «enfermera» y «gasas».

La voz de Pamela temblaba. Oyó un portazo.

—Puedes abrir los ojos, ya se ha ido. Tenemos el tiempo justo, hasta que llegue la enfermera —dijo Pamela, en un susurro, completamente paralizada por el miedo.

—Gracias, Pamela.

Ginebra saltó de la camilla. Le dolía todo el cuerpo y aún tenía las manos esposadas. De pronto, la puerta se abrió con un leve chirrido. Lucius entró en la habitación. Sus pequeños ojos de lodo la atravesaron como una daga de hielo.

—¿A dónde ibas tan rápido? —dijo.

—Perdí el sentido. Pamela quería impedir que muriera. Sabe que me quieres viva.

—¿Es eso cierto, Pamela? —preguntó Lucius, con el tono de un sádico que sabe quién es el culpable, pero quiere hacer sufrir a sus víctimas.

La secretaria se apoyó en la camilla, temblorosa. Miró a Lucius.

—No… ¡no es verdad! Ella iba a escaparse —musitó. Y bajó la cabeza.

Lucius chasqueó la lengua.

—Así que sois unas traidorzuelas, eh. De esta zorra me lo podía esperar, pero de ti, Pammie… Los ojos de Pamela se llenaron de una mezcla de miedo, devoción y lágrimas.

—Yo no, herr Fleedermaus, ¡yo no le he traicionado!

, ella quería escapar y yo no iba a permitir que lo hiciera —dijo, acercándose a Lucius, que la apartó de un manotazo.

Ella aguantó unos sollozos y se quedó paralizada—.

Tiene que ocuparse de ella, señor, tiene que hacer que se porte bien —dijo, de forma mecánica.

Ginebra observó a Pamela entre la rabia y la tristeza. Lucius la agarró del brazo.

—Veamos qué castigo podemos pensar para esta judía rebelde… Umm, ¿qué se nos ocurrirá?

Lucius arrastró a Ginebra fuera de la habitación, hacia la barandilla, y, de un empujón, la obligó a asomarse.

—Cuatro pisos de altura, Ginebra, ¿qué te parece? La caída sería dolorosa, pero no necesariamente mortal. Es la altura suficiente como para que quedes dañada de por vida. Y entonces… ¡qué gran paradoja, querida!, yo tendría que cuidarte.

Lucius aplastó el cuerpo de Ginebra contra la barandilla. Ella gritó. Sentía la mano de Lucius como una garra sobre su cuello, obligándola a asomarse cada vez más, hasta tener medio cuerpo en el vacío. Las esposas se le clavaban en las muñecas bajo el peso del cuerpo de Lucius.

—Van a ser unos cuantos años en cama, querida, imagínate todas las cosas que voy a poder hacer contigo… —anunció Lucius, hablándole al oído.

La mano apretó su cuello hasta el punto de que no pudo ni siquiera jadear y sintió que la cara le iba a explotar de la presión.

Todo se nubló a su alrededor y decidió abandonarse a la certeza de una caída de la que no se recuperaría jamás, y a estar en las garras de Lucius el resto de su vida, hasta que muriera del dolor. Cerró los ojos y rezó.