Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales #2
—No es como Lamartine. Percibo algo muy distinto.
Algo que nos gustaría poder entregar a Datark.
Sería una ofrenda soberbia. Como sabe, debe haber un sacrificio de luz.
Así se hizo en Egipto y en Patara, y así se hará —dijo, mirando al exterior a través de las pocas franjas abiertas que dejaban las persianas desvencijadas.
—¿Usted estuvo en el yacimiento de Jarmo? —preguntó Crowley.
—Oh, por supuesto, estuve. Y no estuve.
—¿Conoce a Nicolas Schenk?
El egipcio se dio la vuelta y se acercó a él, observándolo como si fuera un microbio.
—Yo soy Nicolas Schenk, yo soy Cécile Lamartine, yo soy Víctor Moreau. Fui Khadim Rahman y soy Datark. Y ellos son yo, al igual que usted.
—Pero…
Crowley buscó las palabras, solo halló un vacío poblado de sinsentidos en su mente.
—La pieza estuvo, durante siglos, en Patara, en el yacimiento de Jarmo, pero no siempre estuvo allí —explicó el egipcio—.
Por eso no pudieron recuperarla. Tenía que ser en el momento preciso.
Es difícil que usted llegue a concebir cómo funcionan los pliegues espaciotemporales de los que le hablaba.
Los atlantes lo comprendían bien, forjaron el disco conforme a ello.
—Fue allí. Entonces es más antiguo de lo que…
—No hablamos de un tiempo lineal. Es pronto para que entienda eso.
Cuando lo haga, su idea de la realidad no volverá a ser la misma —afirmó.
Y guardó silencio unos instantes—. Todavía no hemos logrado dominar esa energía azul que los atlantes manejaban, pero no nos interesa.
No para nuestros objetivos. Nosotros aplicamos otro código.
Y conseguimos hacer algunos desplazamientos.
Es la parte que nos interesa para las transmigraciones.
La reliquia es el mapa y la llave, y será activada conforme a las claves del Goetia , los cálculos precisos y los cinco vórtices conectados.
—¿Cuándo será?
—El gran ritual tendrá lugar el 6 de junio. La fecha indicada en el Ars Goetia , en que los astros nos serán favorables, la que suma «nueve», el número del cierre de ciclos, de la totalidad, del final del tránsito.
—6 de junio de 1941… —murmuró Crowley.
—Así es, todo está dispuesto y usted nos acompañará a Boleskine. Será un placer volver a casa, ¿verdad, Aleister? —manifestó el egipcio, que parecía ser consciente del conflicto interno de Crowley y disfrutaba torturándolo.
Crowley asintió y se levantó, tratando de disimular el deseo acuciante de salir de aquella casa. Se puso la levita y el sombrero.
—Tengo que disculparme, he de hablar con mucha gente, mover hilos —dijo Crowley comenzando a notar los efectos del licor oscuro—. Le mantendré informado. Nos encontraremos aquí.
El egipcio sonrió, tomó asiento y dejó escapar una risita, como si acabara de escuchar a un niño pequeño.
—Todavía no lo ha entendido, ¿verdad, Crowley?
—¿Cómo?
—No hace falta que nos busque. Sabemos dónde está —dijo. Y bebió un trago sin dejar de observarle con una sonrisa de superioridad burlona—. Siempre sabemos dónde está.
En ese preciso instante, como si hubiera recibido un golpe, Crowley empalideció mientras los ojos del egipcio, que cobraban una gravedad astuta, impasible, mecánica, le revelaban que sabía absolutamente todo, que sus pasos habían sido registrados y que no hacía falta dar explicaciones porque todo cuanto sucedía, todo cuanto él estaba haciendo, incluso a espaldas de los Stver, ocurría en favor del gran plan.
Recordó las palabras de la vidente Orsic acerca de una especie de constelación en la que él interpretaba un rol.
«Eso soy para ellos, un peón, un estadio de su plan», se dijo, mientras se dirigía a la puerta que, una vez más, se abrió con un insoportable ruido de goznes.
No dejaría que eso le pusiera un yugo en el cuello. Él haría su propio plan.
Salió de la casa, embozándose en su levita, y caminó hacia su coche.
Creyó escuchar un balbuceo agudo, no de niño sino de enano, y recordó el llanto de la criatura.
Repentinamente le atravesó, como un estilete ardiendo, una frase lacerante, avasalladora: «Tú ya eres mi esclavo, puerco».
Miró hacia atrás, a su alrededor, temiendo haber perdido la cordura definitivamente. Allí no había nadie.
Una vez dentro del vehículo se dio cuenta de que todo su cuerpo temblaba.
—Señor, puedo dejarle una manta que tengo en el asiento delantero —dijo el conductor—. Con este clima tan extraño…
—No se preocupe por la temperatura de mis pelotas.
Soy inglés —zanjó, fríamente, Crowley, de forma despectiva, y se subió el embozo de su levita casi hasta la nariz.
Pero en su interior, como una punzada cruel y traidora, la voz de su conciencia, cada vez más terroríficamente diluida, le decía que no temblaba solo por el frío.
* * *
París, sede de la Gestapo, Rue Lauriston
Théo se dejó caer al suelo de su celda en los calabozos de la Gestapo, y apoyó la cabeza en las manos. No podía dejar de pensar en Ginebra y en lo que Lucius podría estar haciéndole.
Las celdas eran pequeñas, con olor a humedad y a orín. Apenas había un saliente romo para sentarse y las rejas estaban oxidadas.
—Lo peor es que es imposible contactar con John Waxley desde aquí —dijo Claire, que permanecía tumbada en el suelo con una mano rota y la cara inflamada por los golpes de los nazis durante el interrogatorio.
De nada le había valido alegar que trabajaba en el ministerio—.
Espero que mi mensaje desde Creta le llegara, o que alguno de los infiltrados del MI6 esté al corriente —añadió, con un hilo de voz.
—Siento tanto lo que te ha ocurrido, Claire… —lamentó, agachándose junto a ella y poniéndole la mano en el hombro.
—Yo tendría más miedo de lo que te van a hacer a ti —murmuró Claire, con los ojos entrecerrados—. Si sabe lo vuestro…
Théo iba a responder, cuando Vincent Siena apareció ante ellos, al otro lado de las rejas, vestido con el uniforme de la Gestapo.
Llevaba el poco pelo que le quedaba cortado al cero y caminaba despacio.
Su mandíbula, con la característica cicatriz, estaba perfectamente afeitada.
En sus ojos no había brillo alguno. Con movimientos mecánicos abrió la puerta de la celda y dejó que un oficial entrase para sacar a rastras a Théo, que se resistió y miró fijamente a los ojos a su amigo.
—¿Cómo has podido? —murmuró, con la voz quebrada de llanto.
El oficial de las SS le dio un puñetazo en el estómago.
—Mejor que te calles. Ahorra fuerzas para el interrogatorio que te espera ahora. Y para los que vendrán después. Va a ser duro —le dijo, riéndose, y le escupió en la cara.
Vincent bajó la cabeza, se puso la gorra de policía de la Gestapo y cerró la puerta.
* * *
París, sede de la Gestapo, Rue Lauriston, despacho de Lucius
Lucius caminó despacio por su despacho, trazando un círculo en torno a Ginebra, que permanecía sentada en una butaca, en el centro de la sala, con las manos esposadas.
Sus captores la habían sacado a punta de pistola del barco en el que había dormitado, entre llanto y desesperación, en un compartimento húmedo y frío, y la habían trasladado a Lauriston en coche.
Las calles de París, por primera vez, le habían parecido tristes y sombrías, como una cárcel.
No había visto a Théo desde que los apresaran en la plaza de Agios Nikólaos.
Le dolía todo el cuerpo, pero estaba segura de que nada sería tan horrible como lo que le esperaba ahora.
—Estás todavía más pálida de lo que recordaba, querida Ginebra…
—dijo Lucius, sonriendo. La miró desde la impunidad que le daba su uniforme, con las manos a la espalda, ufano de saberla a su merced.
Tenía algunas arrugas y el pelo más corto, pero seguía esmerándose por tener buen aspecto, e incluso sonreía como si intentara seducirla de nuevo.
Lo traicionaban sus ojos pequeños, siempre alerta, llenos de rabia y de miedo.
Ginebra se preguntaba cómo había podido caer en las garras de Lucius alguna vez, cómo había podido enamorarse de ese monstruo.
Su mirada albergaba más oscuridad que antes.
La humanidad que aún residía en él cuando lo conoció, el lado empático que se empeñaba en matar, finalmente se había extinguido.
—Y veo que no has cambiado —prosiguió Lucius—, siempre tan ingenua. Lo suficiente como para confiar en Théo Bernard. —Ginebra miró fijamente a Lucius—. Querida, ¿cómo crees que llegué hasta ti en Creta? Bernard te ha estado vendiendo, igual que Siena le vendió a él. Son iguales.
—Eso no es cierto.
—¿Cómo, si no, sabríamos dónde estabais y qué habíais hecho los días anteriores?
«Tenías untada a media isla, como haces siempre», pensó Ginebra. No pensaba hablarle de que se lo había dicho Claire.
—Con la cantidad justa de dinero todo el mundo hace lo que debe…
Por ejemplo, ese ridículo amante tuyo, Bernard.
Ha estado dispuesto a confesarlo todo. Hubiera vendido a su madre.
Théodore Bernard ya está libre. Tan tranquilo, de camino a su buhardilla.
No negaré que se resistió, al principio, pero…
solo hubo que negociar lo suficiente, insistir un poco… y cantó como un pajarito.
—Eso no puede ser cierto.
—Lo es, Ginebra. Deja de pensar que tienes el poder de saberlo todo.
No es así —dijo Lucius, y sus ojos cobraron un aire de condescendencia—.
Eres todavía una niña, ¿verdad? Para el simpático Théo ha sido muy fácil engañarte.
—Lucius extrajo un sobre de su bolsillo y de él sacó unas fotografías en blanco y negro—.
Supongo que no te había contado que estaba casado —dijo, sonriendo.
Ginebra sintió que se le congelaba el pecho. Lucius le mostró una fotografía: Théo vestido con traje y corbata, sorprendentemente joven, en la puerta de una iglesia. Una mujer de blanco le cogía del brazo. En la parte de atrás ponía «Noelle Dubois».
—No me importa su pasado —dijo Ginebra.