Capítulo 26 Los vórtices infraterrenales
Los vórtices infraterrenales
París, Montmartre, Place du Calvaire
Aquella noche, en la casa de Moreau, reinaba una atmósfera aún más oscura de lo habitual.
El cielo tenía un extraño color gris negruzco, marmóreo, sin fisuras entre las nubes.
El frío era como el que podría hacer cualquier día de diciembre, no en París, sino en Moscú, y los temblores de tierra, aunque muy leves, se sucedían sin cesar.
El egipcio, sentado en torno a la polvorienta mesa camilla, parecía tan tranquilo como si siempre hubiera estado en su casa.
Crowley se fijó especialmente en la señal de su cuello.
Un ayudante les sirvió dos copas de licor oscuro y pastoso, mientras la figura desvaída y cansada del doctor Moreau circulaba por el salón como una sombra.
Crowley alzó su vaso para brindar y se encontró con los ojos inquisitivos del egipcio.
Unos ojos rasgados y pequeños que le interrogaban y a la vez parecían saberlo todo acerca de él.
Por un momento, el mago inglés sintió que le temblaban las rodillas.
Ni siquiera su flema británica podía ayudarle a disimular los nervios.
¿Y si conocían sus intenciones? ¿Y si tenían vigilado a Cesare, incluso en su propia casa? Se dijo a sí mismo que era imposible.
—Crowley, el gran plan está cercano a su cumplimiento —dijo el egipcio, con una sonrisa tan vaga que bien podía ser una mueca—. Muy pronto, les haremos volver. Y cerraremos el ritual.
—Lucerna…
—Nuestros ancestros de Lucerna. Nuestros protectores, nuestros amados padrinos. Estarán presentes, y sus almas serán transmigradas. Ellos también harán la travesía, presenciarán la encarnación y abrirán la puerta con nosotros.
—¿Tenemos los recipientes?
—Serán los cuerpos de los científicos de los que ya hablamos. Solo nos falta la ofrenda, el sacrificio de luz, el último recipiente. Ya falta poco. Hemos investigado el terreno, conocemos los elementos. Mis ayudantes llevan mucho tiempo explorando.
—¿Será en San Víctor?
—No. Las pruebas que se hicieron allí fallaron. Existe otro lugar que tiene un mayor poder que San Víctor. Está conectado con los vórtices. Y usted debería saberlo…
—Boleskine… —susurró Crowley. El egipcio asintió despacio y bebió un trago de su licor oscuro, sin dejar de mirarle a los ojos.
—Lo sabíamos desde hace algún tiempo, pero debíamos disponer de los elementos necesarios.
La pieza no estaba aún en nuestro poder.
Hubo… interferencias. Más poderosas de lo que pensamos.
Pero ahora, están neutralizadas. Esos individuos están en manos de los nazis, y la pieza que portaban se halla en poder de Haushofer y Hess, lo que quiere decir que está en nuestro poder.
Para ello, necesitamos su intervención, Aleister.
Todo está planeado: Hess irá a Escocia, y necesitamos que sigas las instrucciones escrupulosamente.
Estamos mejor orientados, tenemos la información y conocemos el punto clave mejor que ellos. Tendrás que ser preciso y hábil.
—Descuida. Ese disco es nuestro. Pero ¿por qué un disco de piedra? ¿Qué es lo que tiene de especial?
—No es cualquier piedra, y los grabados que tiene fueron falsamente interpretados como un simple juego.
No lo eran. El disco es un mapa de las cinco espirales.
Otras civilizaciones, más débiles, como los atlantes, los interpretaron como una elevación de lo no material hacia lo espiritual, una especie de exploración de la unión de lo humano con lo divino…
, y construyeron sus ciudades según ese esquema.
Para nosotros, esos círculos son lo contrario: un descenso hacia los cinco vórtices infraterrenales que unen los puntos de acceso: el antiguo laboratorio en el subsuelo de Lucerna, la casa de Moreau, en París; la cripta, de San Víctor, en Marsella; las orillas del poderoso Usumacinta en Piedras Negras, Latinoamérica, y el más poderoso de todos: la casa Boleskine.
—Vórtices infraterrenales —repitió Crowley.
—Hay ejes concretos que unen momentos concretos.
En el espacio y en el tiempo. Muy pocos lo saben.
En Lucerna estudiaron sobre ello. Egipcios, minoicos, hititas…
, ninguno de ellos aprendió a manejar ese poder.
Nosotros, al fin, podemos hacerlo. Hemos acumulado siglos de conocimientos, de estudios, de experimentación.
Nosotros podemos unir los puntos y lograr que se produzca el cruce de ángulos. Usted mismo lo intentó…
—¿Cómo?
—En Boleskine.
—Me gustaría atribuirme ese mérito, amigo, pero yo solo hice una invocación.
—Usted ha sido un inglés muy irresponsable, Crowley —sentenció el egipcio mientras sus pupilas cobraban forma gatuna—.
Jugó con la magia negra, ignorando que existía un vórtice.
No se dio cuenta del gran poder que reside en esa casa, en esa tierra.
—Crowley quiso responder con una de sus réplicas ingeniosas, pero se dio cuenta de que era incapaz.
Había una parte de él que luchaba por insultar a aquel impertinente, pero la otra quería ceder ante el poder del egipcio, casi como si fuera una necesidad—.
Escuche, Crowley, esa casa está construida sobre tierras rituales.
Ritos paganos ancestrales se realizaron allí, después de que el primer alquimista vendiera su alma en el pentágono trazado sobre la tierra de Boleskine.
Descubrió que existía un acceso al pliegue temporal, un pasaje.
Por eso construyó una propiedad que se mantuvo vacía durante siglos, hasta que fue vendida y despojada de su poder.
—De acuerdo —se oyó decir Crowley, al tiempo que asentía de una forma innecesariamente gregaria.
—El ritual transcurrirá en los cinco puntos, pero el núcleo estará en Boleskine, ínverness. Vincularemos todos los vórtices desde ese centro.
—¿A dónde lleva ese pasaje? —preguntó Crowley.
El egipcio le miró a los ojos durante unos segundos—.
Vamos, ahora soy de los vuestros, puedes decírmelo.
Los nazis sostienen que es la unión con la verdadera Thule, con el mar de los mil años…
Al menos eso es lo que sé, a través de mis conversaciones con Hess y Haushofer.
Y la Ahnenerbe lleva tiempo buscando una puerta.
—No nos interesa ninguna Thule. Tampoco nos interesa la Atlántida, querido Crowley —desveló el egipcio, sonriendo de forma siniestra—, esa civilización, que muchos creen ficticia, fue real, pero se extinguió por su debilidad, por su excesiva confianza en el ser humano.
Nosotros contribuimos a hacer creer que nunca había existido, porque su ejemplo nonos interesa.
Ellos pusieron la filosofía por encima de las ecuaciones, se dejaron llevar por la poesía.
Nosotros seguimos un camino muy distinto.
Existen otros ejes, otros pliegues en la materia del espacio tiempo.
No nos interesan. Nosotros reinaremos aquí, seremos más fuertes, abarcaremos el mundo entero desde la más oscura de sus vísceras.
Nadie, ningún individuo ni civilización, escapará a Datark, cuando logremos conectar los cinco vórtices.
Crowley asintió despacio.
—¿Y los Montfaucon? ¿Qué papel tienen en todo esto?
—Los Montfaucon, descendientes de nuestros ancestros de Lucerna, y otros miembros de toda Europa, junto con los Schenk, Magnac, Reynolds y algunos otros, proporcionaron siempre el sustento para nuestras actividades.
Hubo un pequeño problema con Montfaucon padre, pero se solucionó.
Ahora, todos están en camino. Algunos de ellos ya han llegado.
—¿Todos?
—Entre nuestras filas hay jueces, médicos, financieros, nazis, políticos, científicos, ingenieros, empresarios, con cargos importantes en las más altas esferas… No hay nada a lo que no tengamos acceso, ninguna formación o sociedad en la que no estemos nosotros.
—Mi conexión con Boleskine… Fueron ustedes los que me buscaron a mí…
— Voilà . De todos los magos farsantes que hay en este planeta, usted es el único que ha tenido conexión con estos valles sagrados.
—¡Yo no soy un mago farsante! —protestó Crowley. Trató de dar un puñetazo sobre la mesa, pero algo se lo impidió.
El egipcio sonrió.
—No se preocupe, dentro de poco conocerá lo que ahora no puede ver.
Para entonces, ya habrá comprendido que lo que decimos es la única verdad.
No será necesario que se defienda. Nosotros velamos por usted.
Todo lo que hacemos es por su bien. Lo que decimos es lo que usted mismo dice.
Está empezando a comprenderlo, a sentirlo…
Déjese llevar, deje que su conciencia sea la nuestra y verá como todo es más fácil.
Crowley sintió que un escalofrío le recorría la columna y el corazón se le encogía.
En su interior, una lucha se instauraba, entre lo que se proponía hacer en su fuero interno y lo que repentinamente sentía cuando ese hombre hablaba.
A lo largo de toda su vida se había revelado fieramente contra cualquier tipo de figura paterna que pretendiera dañar su libre albedrío, y, ahora, no encontraba el valor.
—¿Cómo podemos estar seguros de que esa pieza es la correcta? La que los nazis robaron del museo no funcionó.
—Hace tiempo se hicieron una serie de falsificaciones del verdadero disco para proteger el original. Una de ellas terminó en el museo de Heraclión, una vulgar copia en barro a la que llamaron «disco de Festos».
—Intuyo, entonces, que la verdadera pieza no fue fabricada en Festos.
—Allí la utilizaron, pero llegó a ellos desde otras latitudes. No solo temporales, sino espaciales.
—¿De dónde…
El egipcio miró a los ojos a Crowley, callándolo al instante. Se levantó y caminó por el salón.
—El disco que llevaban esos sujetos franceses a los que han cogido en Creta es la única pieza, el auténtico disco que hará girar los ejes que nos interesan.
—¿Quiénes son esos… sujetos franceses?
—Ella ha logrado asomarse al vórtice, nos ha visto. Percibo una fuerza intensa en ella. Pero no tiene poder, no forma parte de un grupo.
—¿Es una vidente?