Capítulo 25 Los días de luz #5
«Maldito cerdo, me estás esperando allí, ¿verdad?
», se dijo, pensando en cómo el egipcio siempre lograba localizarle y, de alguna forma, controlar sus movimientos.
Estaba admirado y consternado ante el poder de la cabeza visible de Los Sombra.
«Los Stver no reinan en mí», se dijo, mientras percibía el leve temblor de la tierra.
«No soy ellos». Trató de repetir esta frase en su cabeza, pero no era capaz. «Vamos, dilo, ¡dilo! No soy ellos».
—Yo soy ellos —murmuró, de repente, contra sí mismo.
—Señor, ¿ocurre algo? —dijo el chófer.
—Nada… —dijo Crowley horrorizado—. Todo bien. Son estos… temblores de tierra. Me alteran. Siga adelante —ordenó.
Se dijo que eran solo vacilaciones absurdas.
Las controlaría, de ahora en adelante. Cesare no debía notar nada extraño.
Las alianzas eran necesarias para el desenlace y tenían un único propósito: que él se alzaría con el poder definitivo.
Sonrió, pero la sonrisa se le congeló en la cara.
De pronto, como en una revelación instantánea, supo lo que representaba el extraño signo en el cuello del egipcio.
Lo vio tan claro como estaba viendo el paisaje parisino: no era una palabra ni un símbolo, era una marca.
Una marca como las que se hacían, con pigmentos y bronce candente, en la dinastía Djeser, dos mil años antes de Cristo.
La marca de los esclavos. Cuando vio, a lo lejos, la casa de Moreau, sintió ganas de gritar.
* * *
París, sede de la Gestapo, Rue Lauriston
Müller avanzó por el enorme salón, como un autómata, manteniendo escrupulosamente la línea recta, tal como le habían enseñado.
Después de limpiar todas las botas del regimiento, exhausto, había podido ver, al fin, a su mujer, solo durante media hora.
Después, Fleedermaus le había ordenado presentarse, sin demora, en su despacho.
Tenía que limpiar sus botas. El recuerdo de Irma sudando de fiebre en la cama parpadeaba en su mente, como si se hubiera convertido en una película que se negaba a terminar del todo.
Igual que la vida de su mujer. Pero sabía que tenía que hacer exactamente lo que le dijera su jefe.
No podía quedarse sin trabajo. No ahora. Irma necesitaba su medicación.
En el silencio del enorme despacho, irrumpió el ruido de los tacones de la secretaria, Pamela, que disimulaba, con maquillaje, los cardenales en su rostro. Algunos oficiales decían que Fleedermaus le pegaba y que la había violado más de una vez.
— Herr Fleedermaus, la judía Wilde ya está en París. Me lo acaban de notificar. También han traído a Bernard. Han llegado esta mañana, los trajeron en barco —dijo Pamela, y ante un levísimo gesto de su jefe, se retiró haciendo una especie de reverencia.
Lucius sonrió. Por un momento, a Müller le pareció que el pecho de su jefe se hinchaba.
Estaban solos de nuevo. Fleedermaus se frotó las manos y puso los pies sobre la mesa.
Le observó sin reparo, desde su trono tras la descomunal mesa de madera lacada que se encontraba estratégicamente situada al final de la sala interminable.
—Puedes acercarte —le dijo, con aquella voz que a veces sonaba grave y agresiva y otras veces aguda e hiriente.
Müller avanzó, con la cabeza baja, mirando al suelo, como Fleedermaus les indicaba.
—Ven aquí, a mi lado —le dijo.
Müller se acercó a un metro de su superior, hasta sentir su aliento agrio.
Lucius cogió su copa de vino blanco y, agitándola, casi ceremoniosamente, giró sobre su butaca.
—Agáchate —le ordenó, con suma frialdad, señalando sus pies.
Müller sabía lo que tenía que hacer. Dobló la temblorosa rodilla izquierda y la apoyó en el suelo. Adoptó la postura que solía tomar cuando era solo un crío y limpiaba las botas de los caballeros en las calles.
Lucius le arrojó un trapo que él extendió sobre su muslo, con habilidad profesional, y después apoyó su pierna sobre el paño. A Müller le pareció que esa bota enorme, acordonada, con hebillas en los laterales y de gruesa suela, pesaba toneladas sobre su muslo tembloroso.
—Puedes empezar. Y ya sabes cómo tienes que hacerlo —ordeno Lucius.
Müller bajó la cabeza despacio. Trató de humedecer la lengua, pero no tenía saliva, su boca parecía estopa.
—He dicho que empieces.
—Mi señor, sí, mi señor.
Müller cerró los ojos e hizo lo posible por acumular un hilo de saliva. Se inclinó, sacó la lengua. Temblaba.
—¿A qué estás esperando? ¡No tengo toda la mañana!
—¡Mi señor, sí, mi señor!
Sudando, Müller volvió a sacar la lengua y la acercó hasta rozar la bota de Fleedermaus.
—¿Voy a tener que aumentarte el castigo, Müller?
Lucius acercó su bota a los labios de Müller. Muy despacio, apretó la suela contra su labio inferior hasta abrirle la boca.
Müller aguantó la arcada, decidió que aquello debía pasar rápido si quería irse cuanto antes y comenzó a lamer a toda velocidad el empeine de la bota, los cordones y la parte superior.
—Así me gusta —dijo Fleedermaus—, los laterales también —añadió.
Ahora su voz sonaba algo más aguda. Se decía que era amanerado, que había sido asesino a sueldo, que era de la mafia…
Se decían muchas cosas que no llegaban a oídos de «el murciélago» por el temor inmenso que todos le tenían, pero él pensaba que, simplemente, no era humano.
—Müller, esto deja mucho que desear —reprochó Lucius mirándose la bota—. ¿Y los bordes? ¿Qué me dices de los bordes? Aún están sucios.
Müller aguantó otra arcada, bajó la cabeza y lamió la parte de la bota que lindaba con la suela. Sintió un sabor a alquitrán, a barro, al estiércol que usaban para el césped, al producto con el que limpiaban el suelo de la sala.
—Eso está mejor —dijo Lucius saboreando cada palabra—. Pero ¿sabes qué, Müller? Esta vez quiero que queden como una patena. No están quedando como una patena, Müller. Mira esas hebillas, aún les falta brillo. Piensa un poco. ¿Qué más puedes hacer?
Müller no contestó.
—Tienes labios gruesos como los de los negros. Probablemente por tu baja procedencia. Labios preparados para trabajar. Usalos.
Müller, respirando trabajosamente, tomó aire, se inclinó y chupó la bota, ayudándose de sus labios ajados por el frío, mientras su superior lo observaba y bebía de su copa de vino blanco.
Chupó con los labios y la lengua toda la superficie, los laterales, las hebillas, los cordones y los talones, tratando de evitar la suela. Cuando la vio brillar, subió la cabeza.
Su primer impulso fue escupir, pero sabía que no podía hacerlo y mucho menos vomitar.
—¿A qué esperas? Traga. La saliva tiene que estar limpia para que la bota quede bien.
Müller temblaba de pies a cabeza, apenas podía sostenerse allí, arrodillado y aguantando el peso de la pierna de Fleedermaus.
—He dicho «traga».
Müller sabía lo que le pasaría si no cumplía, sabía cómo eran los castigos de «el murciélago», lo que era capaz de hacer, lo que podía hacerle «a él». Cerró los ojos y tragó.
—Abre la boca, soldado, quiero estar seguro de que te lo has tragado.
Lucius levantó su mano enguantada e introdujo sus dedos, índice y anular, en la boca de Müller. Despacio, los deslizó por debajo de los labios, por la lengua. Müller aguantó, dócilmente, hasta que terminó la morbosa exploración.
—Está bien, buen chico, Müller. Puedes seguir.
Desconcertado, temblando, con la ropa mojada de sudor, Müller se quedó paralizado, mirando la bota, deseando no escuchar lo que sabía que estaba a punto de escuchar.
—Vamos, Müller, sabes que una bota no está limpia si no se le da un buen repaso a la suela —dijo Lucius mostrándole el reverso de la bota—.
Dale ese repaso. Y quiero que sea a conciencia.
Dedícale su tiempo, lo harás dos veces para que nos aseguremos del resultado —ordenó despacio, saboreando cada palabra mientras sostenía su copa en la mano—.
Sé buen chico o tendrás que limpiar mis otros pares de botas, una por una.
Y, créeme, tengo muchas botas —añadió, y bebió otro trago de su vino blanco.