Capítulo 25 Los días de luz #4
Los tres se sentaron en el suelo, pegados, de espaldas contra la piedra de la fuente, mientras la gente gritaba y corría sobre las grietas finas que dividían las baldosas.
Ginebra sentía la vibración del disco, como si fuera una prolongación de la tierra. Un trueno tan profundo que parecía la trompeta del Apocalipsis dio paso a una lluvia implacable.
El fenómeno duró solo unos minutos. La lluvia cedió justo cuando el suelo dejaba de temblar, pero ella sabía que el peligro no había terminado.
—Vámonos de aquí —susurró Ginebra—. Vámonos…
—Deberíamos esperar un poco más —repuso Théo—. Por lo que sé de terremotos, después de la sacudida grande, hay…
Antes de que Théo pudiera terminar la frase, tres oficiales nazis les rodearon, apuntándoles con enormes escopetas. Uno de los oficiales sonrió a Ginebra.
—Me parece que mi jefe te está buscando —dijo, con un inconfundible bisbiseo gutural alemán que a Ginebra le revolvió el estómago y le llenó los ojos de lágrimas.
Théo le dio la mano y ella la apretó con fuerza.
—Es el final —musitó.
* * *
París, La Muette, jardín de Ranelagh
Cesare caminó, con las manos a la espalda, por el salón.
Finalmente, se sentó sobre el sofá Luis XVI, color crema, y miró de nuevo a Crowley, mientras agitaba su copa de vino.
Tenía que hacer creer a ese inglés podrido que estaba a su favor.
Era la única manera de llegar al meollo de las cosas.
Ya tenía controlados los pasos de los nazis, esta era su oportunidad de conocer y controlar a los otros.
—Crowley, su propuesta es, sin duda, apetecible —dijo Cesare—. Sin embargo, déjeme decirle que no sé si entiende usted la fuerza de lo que está manejando.
—La entiendo —afirmó Crowley, con una voz en la que se hacían evidentes los efectos del alcohol y el tabaco—.
Y por eso mismo confío en usted para unirse a mi proyecto.
Necesito contar con hombres brillantes que conozcan los rudimentos del esoterismo.
Sé que usted se ha apartado bastante de la Sociedad en los últimos meses.
Justamente, lo que necesitamos es discreción.
Debemos ser sumamente discretos. Tal como lo han sido ustedes robando ese… disco de Festos.
Cesare frunció el ceño.
—Disculpe, pero no entiendo a qué se refiere.
—Vamos, Cesare, no se haga el tonto, estamos entre amigos. Recuerde que yo también tengo mis contactos. Haushofer, Hess… estoy bien informado. Y sé que el ritual perpetrado por Hess no tuvo éxito alguno. Porque esa pieza no es la auténtica.
Cesare bebió un trago mientras intentaba ganar tiempo. Todavía recordaba la parada en Samarcanda y el encuentro con aquel extraño egipcio a quien Crowley conocía.
—Él nos ha elegido a los dos —indicó Crowley, como si le leyera el pensamiento.
Aquel extraño individuo de la túnica, bajo una especie de poder hipnótico, había estado a punto de conseguir que aceptara una cita en la casa del reloj de sol.
—Era cuestión de tiempo que nos encontráramos.
Y es cuestión de tiempo que usted se una a nosotros.
Sé que estuvo usted escarbando sobre la criatura y sobre Lamartine.
Chico curioso… —dijo, chasqueando la lengua, con esa mueca de picardía turbia y vulgar que Cesare no soportaba—.
Escuche, París es de los nazis y por eso, usted y yo, estamos bien situados.
Es el momento de dar el paso. Es el momento del verdadero ritual.
—El de los Stver… Y, por lo que veo, usted tiene trato con ellos…
—Creí que estábamos de acuerdo en que queremos una nueva sociedad en la que impere el poder de los iniciados. Usted y yo lo somos —dijo Crowley.
—¿Hasta dónde llega esa especie de grupo Stver? ¿Se trata de gente de la Teosófica o están implicadas otras sociedades?
—Probablemente tenga usted razón en todo y en nada de lo que está diciendo, Evola.
Cesare, sin disimular su hartazgo, dejó la copa de vino sobre la mesa de mármol.
—No deseo más acertijos, Crowley —se sinceró levantándose y mirándole a los ojos.
—Cesare, usted ha investigado mucho, ha luchado y ha trabajado, y ahora va a obtener su recompensa. Permítase disfrutarla. Si confía en mí, le diré el día y la hora exactos en los que está prevista la invocación, con la verdadera reliquia.
—¿Qué invocación?
—Datark —respondió Crowley, y caminó hacia la ventana.
—¿«El vacío»? ¿Eso tiene algo que ver con la criatura?
—Más de lo que usted cree. Si se une a mí, no habrá un secreto que no quede desvelado, pero debe confiar… Debe beber el agua negra de Enlil, como hice yo.
—¿Eso se lo dijo el hombre de la túnica?
—Evola, hace tiempo que conozco sus estudios, sus escritos.
Muchos de ellos, brillantes, si me permite.
Hay cosas que no puedo compartir con nuestros queridos amigos, Hess y Haushofer.
Esos dos idiotas creen que tienen dominada la cuestión, pero siguen dando palos de ciego.
En cambio, usted y yo, querido amigo Evola, podemos gobernar el mundo.
Si empleamos bien nuestras fuerzas. Si las unimos.
Tengamos contentos a los nazis y a Los Sombra, hagamos creer a los Stver que estamos con ellos.
Es la única forma de llegar al gran ritual.
Y entonces, usted y yo nos repartiremos el pastel.
—¿De verdad cree que podrá engañarles?
—Cesare, no debe preocuparse por nada de eso. A partir de ahora estará protegido.
—¿Y la verdadera reliquia? Tengo entendido que se hicieron con ella los nazis.
—Estamos haciendo lo necesario para que esté en nuestro poder. Y lo estará.
Cesare tragó saliva. Recordó el ritual realizado junto a Hess y los miembros de la AvGull en el área elegida, la que ellos consideraban como los restos de la antigua Thule.
El disco de Festos, extraído del museo, no había funcionado, y ahora Hess no confiaba en él.
En París había vivido como una sombra durante los últimos meses, condenado al ostracismo por los mismos que le encumbraron.
Solo tenía dos caminos: aceptar la propuesta de Crowley o marcharse a Italia y esconderse en su casa de campo el resto de sus días.
Pensó en una tercera alternativa para su destino: buscar a Marguerite, vivir con ella el romance que nunca fue, olvidar lo demás.
No, no podría vivir ajeno a la oscuridad que, de algún modo, había contribuido a desatar.
—En cualquier caso, tengo la teoría de que hace falta un códice, una interpretación de los símbolos, con la que no hemos dado —dijo Cesare.
—¡Bravo! Le diré algo al respecto: esa interpretación está en una versión antigua del Ars Goetia que solo los Stver saben interpretar.
En esa versión hay algo más que una lista de entidades demoníacas: hay instrucciones y conjuros esenciales para lo que nos proponemos.
Les haré creer que usted es uno de nosotros.
Cuando llegue el gran ritual, nos haremos con la reliquia y todo será nuestro —le dijo Crowley, y Cesare guardó silencio—.
Cesare, ¿quiere contemplar la verdadera puerta, el pasaje, la entrada? ¿Quiere cerrar el círculo?
Cesare no quería hacer nada de eso, pero, en virtud de lo que había vivido, debía impedir que alguien como Crowley lo hiciera.
—¿Qué cree que llevo intentando toda mi vida? —respondió, fingiendo convicción.
Crowley sonrió.
—Consígame información sobre los movimientos de la Ahnenerbe de Himmler, Cesare. Y yo le conseguiré la gloria.
Cesare Evola cogió la copa de vino tratando de evitar que le temblara la mano, brindó con Crowley y bebió un trago, sin dejar de mirarle.
Sus ojillos torvos de borracho no le transmitían ninguna confianza, pero era el único camino.
Al fin y al cabo, ¿qué podía perder a estas alturas?
Si no intervenía en esto, el poder de la reliquia acabaría en manos de los Stver.
La máxima oscuridad, la que conoció en L’Enfer, penetraría por ese pasaje y se cerniría sobre el mundo. No podía dejar que ellos ganaran.
—Está bien, Aleister. Cuente conmigo —dijo a regañadientes.
Crowley sonrió despacio, dejando ver sus rojas conjuntivas bajo los ojos.
—Se alegrará. Se lo garantizo —dijo, levantándose y tendiéndole la mano.
Al estrechar la mano del inglés, Cesare percibió algo extraño, como si su temperatura no fuese la habitual del cuerpo, como si estuviera tocando otro tipo de materia… inerte.
Crowley se puso el sombrero, saludó con una pequeña inclinación burlona y salió de la casa.
Cesare no lo acompañó a la puerta. Se quedó allí parado, degustando el carísimo vino que le estaba sabiendo a rayos.
Percibió que la tierra se movía. No era la primera vez que pasaba: en las semanas anteriores habían tenido lugar temblores de magnitudes muy distintas alrededor del globo.
Algo dentro de él cedía también a las vibraciones.
Se preguntó si sería capaz de ingerir ese líquido negro de Enlil, si estaría vendiendo su alma al diablo, si sería demasiado tarde para recular una vez que estuviera metido en el asunto. Pero sentía que solo él podía parar a los Stver, solo él sabría llevar ese poder hacia sus verdaderos cauces.
A través del cristal de la ventana comprobó que seguía nevando.
En pleno mes de mayo… Había empezado por la mañana con una ola de frío imprevista, tras las lluvias y los tres días insólitamente veraniegos.
El clima seguía siendo una clara señal de que debía actuar.
«Tarhun, nos darás la paz que nos debes», pensó.
Miró al techo y clamó a la fuerza superior con la que había hablado, cuando rogaba por que hubiera un dios.
—Solo espero estar procediendo como creo que es justo. No quiero volver a sumirme en el abismo. No dejes que así sea —rogó. Y sus manos temblaron al mismo tiempo que el suelo.
Al subir al coche que le esperaba, Crowley se dio cuenta de que una parte de él se resistía a volver a la pensión. Sin saber por qué, le dijo al cochero que le llevara a la casa del reloj de sol, en Montmartre. La casa Moreau.