Capítulo 25 Los días de luz #3
Cuando se dio la vuelta, Konstantinos tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo o, más bien, lo que no estaba viendo en aquella urna. El soporte en forma de «Y» que normalmente sostenía el disco estaba vacío. El disco no estaba.
Parpadeó varias veces. «No puede ser», se dijo, «¿qué broma es esta?
». Perplejo, Konstantinos se acercó, casi hasta pegar su nariz contra el cristal, para confirmar que sus sentidos no le engañaban.
Escudriñó un lado de la vidriera, después, el otro, se agachó con bastante esfuerzo y se incorporó, respirando trabajosamente, levantándose el gorro para secarse el sudor de la frente.
Miles de pensamientos pasaron por su cabeza en menos de un segundo: ¿y si habían decidido moverlo?
¿Y si, sin que él lo supiera, se lo habían llevado a una de esas exposiciones temporales?
Imposible: nada se movía de esa sala sin que él lo supiera.
Ese pequeño museo abigarrado era su microcosmos, su viejo vergel, lo único que le quedaba.
Ese cubículo de mármol y cristales donde se encerraba nueve horas al día, treinta a la semana, era suyo, maldita sea, nadie podía entrar ahí, así como así, y mover las piezas, «llevarse» una pieza, ¡por el amor de Dios!
En veinte años, ese disco no se había movido de su soporte a pesar de las numerosas solicitudes de museos, incluso de los más importantes del mundo. ¿Le culparían a él?
De pronto, Konstantinos percibió que, en el cristal de la urna vacía, algo brillaba de forma extraña.
Parecía una especie de… Y en ese instante Konstantinos lo vio.
Vio claramente el círculo entero dibujado en el cristal, perfecto y nítido mientras en su cabeza terminaba de trazarse otro círculo también.
La escena se construyó en menos de dos segundos, las manos enguantadas y hábiles de un tipo haciendo el agujero en el cristal y extrayendo el disco a través de él.
Así de rápido, así de fácil. Su jefe iba a sentirse como si le hubieran arrancado las pelotas.
Sin dejar de mirar el cristal, sin pestañear, la boca medio abierta, las gotas de sudor resbalando por su rostro, se quitó el sombrero, lo apretó entre sus manos y emitió un grito que mezclaba varios sentimientos, varias heridas: «¡El disco! ¡Se han llevado el disco!».
* * *
Creta, Ágios Nikólaos
Aquella noche, el lago Voulismeni, de paredes rojizas, restos de un cráter volcánico, parecía más hondo que nunca.
El gran espejo líquido se encendía con las luces de los comercios y restaurantes cercanos y vibraba con la música de acordeones y violines que algunos viejos músicos bohemios tocaban junto a las mesas en las que cenaban las parejas.
Ginebra, hipnotizada por el ondulante reflejo de la luna en el agua, permanecía en silencio.
Desde la acelerada huida de Ierápetra, a causa del incendio forestal, no habían salido del pequeño apartamento que Ian les había facilitado en Agios Nikólaos, hasta que el intenso calor les había obligado a ir a refrescarse al piano-bar, en la parte inferior del edificio.
Los ventiladores, situados en todas las esquinas del local, funcionaban sin pausa. Los clientes pedían agua helada y jugaban a echarse los cubos de hielo por la espalda.
—¿No les parece increíble? —les dijo el camarero mientras les servía—.
Ayer hacía un frío de invierno y hoy nos asamos como pollos.
Tormentas de arena, incendios en los montes, los volcanes y las centrales estallan…
Solo faltan las plagas de langostas. Esto es el Apocalipsis.
Menos mal que, al menos, los italianos nos han dejado en paz.
En el pequeño escenario, alguien tocaba al piano Let’s misbehave , rodeado por un corro de gente borracha que coreaba la canción con un entusiasmo desquiciado, como si fuera el fin del mundo y hubiera que cantar a toda costa.
Théo agarró a Ginebra del brazo.
—Gin, vámonos, nos están vigilando.
—¿Cómo?
—Hazme caso. Disimula. Salgamos de aquí.
Juntos, se perdieron entre el tumulto y accedieron a la parte trasera del local, una salida que los clientes y forasteros no conocían, y subieron las escaleras hacia el primer piso, donde se alojaban.
Una vez dentro, cerraron la puerta y la atrancaron con una cómoda.
Rápidamente, ambos buscaron sus correspondientes armas y se situaron a los lados de la puerta, como habían ensayado.
Cuando el timbre sonó, ambos se miraron. Théo le indicó a Ginebra que no hiciera ruido.
—Ginebra, soy Claire.
En ese momento Ginebra reconoció la voz de su amiga.
Théo le indicó con gestos que no se moviera.
—¿Ginebra? —preguntó la voz al otro lado de la puerta.
Esta se giró despacio y se acercó a la mirilla, mientras Théo negaba con la cabeza. Claire estaba sola, al otro lado de la puerta, con gesto de preocupación.
—¡Es Claire! —gritó Ginebra.
Ginebra y Théo retiraron la mesa de la puerta y abrieron. Claire entró y abrazó a Ginebra.
—¡Gin, tenemos que irnos! —exclamó. Sudaba y sus ojos expresaban verdadera preocupación.
—No deberías estar aquí, ¡es muy arriesgado!
—Los nazis han destinado a varios agentes políglotas del ministerio, para preparar el siguiente avance aquí y cooperar con los italianos —explicó Claire, rápidamente—. Por eso vine. A través de una filtración supe que os estaban buscando.
Os han estado siguiendo. Sé lo del disco, Dios, Ginebra, no hay tiempo ahora, pero tenemos que hablar. Confía en mí, tengo cubierta la puerta del sótano del piano-bar, comunica con la otra calle, podremos salir por ahí. ¡Larguémonos!
En ese momento el cristal de la ventana se rompió, y un hombre con pasamontañas negro introdujo el brazo por el agujero, buscando la abertura.
Théo le disparó en la mano y los tres corrieron escaleras abajo.
Atravesaron el sótano, lleno de cajas y mercancía del bar, hacia la otra salida, y lograron acceder a las callejuelas traseras.
Un hombre, en medio de la penumbra de la noche, les seguía.
Ginebra no le veía bien, solo distinguía la silueta de su abrigo.
Cada vez se acercaba más a ellos. Se volvió y le apuntó con su revólver.
El hombre buscó su pistola, pero Théo se le echó encima para bloquearlo, forcejeó hasta que logró que tirara el arma y cayera al suelo.
Corrieron hasta alcanzar la playa, y se sentaron en el recodo más escondido, bajo las palmeras. Los tres estaban sin aliento.
—¿Sabéis en qué lío os habéis metido? —dijo Claire, bajando la voz—.
Escuchadme, durante todos estos meses he estado investigando el caso del disco, de forma clandestina, uniendo piezas, ¡creedme, me costó lo mío!
Y he estado trabajando en la Resistencia al mismo tiempo.
John Waxley, a través del MI6, está proporcionando agentes infiltrados ingleses para ayudarnos en París.
Todo esto me ha ayudado a acceder a cierta información y a mantenerme a salvo…
pero sé que me estuvieron vigilando. El caso es que tengo que deciros algo: Vincent Siena os vendió, lo contó todo, registraron la casa de Théo y tu buhardilla, Ginebra.
—¡¿Vincent?! —exclamó Théo.
—Sí, Bernard, tu amigo trabaja ahora para la Gestapo en París.
—¡Eso es imposible!
—Es posible, puedes apostar por ello.
—Claire es de confianza, créeme —intervino Ginebra, mirando a Théo con tristeza—. Dios, lo siento, Théo…
—La cuestión es que los nazis están a punto de invadir Creta.
Ellos ya sospechan de mí, no me importa si me cogen, solo quería avisaros.
Saben que estáis vivos, Lucius untó a todo el mundo cuando estuvieron rastreando por aquí, tienen topos en todas partes.
Están detrás de la reliquia, se trata de un proyecto que obsesiona a Rudolf Hess.
Van a invadir Creta y van a por vosotros.
¡Tenéis que salir de aquí lo antes posible!
La invasión oficial puede ser mañana mismo —dijo Claire.
—Si ese cerdo de Lucius está aquí, lo mataré con mis propias manos —sentenció Théo.
—Lucius reina ahora en la Gestapo de París y, en realidad, todos saben que él es quien toma las decisiones en Vichy en lugar de Pétain —explicó Claire—.
Está muy bien protegido, tiene a todo el mundo a su favor, y lo temen más que a Heydrich.
Está mandando a cientos de personas a los campos de concentración.
Nuestra única esperanza es que Bömelburg termine, por fin, alzándose contra él.
La Resistencia está intentando… Bueno, no hay tiempo de hablar, ya os lo contaré.
Tuve acceso a los informes confidenciales y a archivos de Renaud Lambert…
¿Conocéis las propiedades que tiene ese pedazo de piedra que tenéis en vuestro poder?
—Créeme, Claire, las conocemos —confirmaron Ginebra y Théo mirándose.
—Tenéis mucho que contarme, eh… El caso es que, por lo que he podido saber, hay dos líneas de investigación dentro del Partido Nazi, la de Hess y la de Himmler, y Lucius está en ambos bandos.
Eso explicaría que hayan robado el disco del museo, y que también estén tras la pista del que tenéis vosotros.
Hess no quiere que nada se le escape. Desde luego, el asunto es muy gordo.
Con razón hay gente de la alta sociedad metida en el jaleo.
—Aunque en realidad, ya todos son lo mismo… —dijo Ginebra.
—La idea es que John nos ayude a llegar a Inglaterra. Pero para ello tenemos que llegar a la estación. Nos van a recoger en la plaza central y ya es la hora. No hay tiempo que perder. ¡Seguidme!
Cuando salieron de la arena y pisaron el asfalto un temblor sacudió el suelo e hizo que perdieran el equilibrio.
Ginebra apretó el disco contra su pecho.
Una grieta se trazaba bajo sus pies, estrecha pero nítida, como un torpe subrayado en negro sobre el suelo de la plaza.
El temblor hizo que perdieran el equilibrio.
—¡Por aquí! —gritó Théo.
Torpemente, corrieron hasta una plaza cercana que se hallaba despejada de edificios.
—¡Contra la piedra! —gritó Claire.