Capítulo 25 Los días de luz #2
Ginebra avanzó despacio por el largo brazo de tierra que entraba en el mar, hacia la ermita construida al final del cabo, que, como un vigía silencioso, la acompañaba en silencio.
El aire suave, cargado de aromas, mecía su vestido de algodón blanco y negro.
El temporal parecía haber pasado y el viento ya no soplaba con fuerza salvaje.
Olía a sal, pero también a ceniza y a madera quemada.
Ginebra percibía una alerta inminente, pero no quería irse de allí.
Por alguna razón, se sentía segura junto a esa ermita blanca y azul, en aquel saliente de tierra que se sostenía como un hilo de barro cobrizo sobre el mar, bajo el crepúsculo violeta. Las aguas la habían hipnotizado.
Cerró los ojos y sintió una serenidad dulce que borraba sus lágrimas.
Quizá, si se hiciera al mar con un barco, este la llevaría lejos, a otra ermita nostálgica del infinito, erigida sobre el agua, en la que podría empezar una nueva vida, lejos de todo.
Tenía que haber alguna parte del mundo en la que no fuera perseguida ni traicionada.
Alguna parte del mundo parecida a esa Atlántida que había conocido.
A unos cuantos metros, cerca de la fortaleza de Kales, los militares hacían guardia.
Era consciente de la presencia de militares italianos, desde el último intento de invasión por parte de Mussolini, pero ya no le preocupaba si eran aliados de Lucius o no.
«¡Ginebra!», escuchó de pronto. Pensó que se trataba de un engaño de su mente.
Se dio la vuelta. Cubierto de polvo rojizo, con la mochila al hombro y los cabellos despeinados por el viento, se acercaba un hombre al que reconoció enseguida.
—Théo…
—¡Ginebra! —gritó Théo, acercándose a ella a toda prisa.
Se limpió la cara con la manga de su camisa sucia y Ginebra pudo ver el destello del mar gris en sus ojos enrojecidos y cansados que la miraban con un amor infinito—.
Ginebra, por favor, perdóname. Los dos nos perdimos, después del viaje, del salto en Festos…
A lo lejos, una leve columna de humo se levantaba tras el valle. Unos caballos majestuosos, color azabache, escapaban de algún lugar. Galopaban libres, sin arneses ni monturas, hacia la ladera, bajo las gaviotas.
—Nunca podremos volver… —murmuró Ginebra—. Y tú deberías quedarte donde quiera que hayas ido. ¿Para qué estar aquí, Théo? —dijo, mirando al mar.
—No fui a ningún sitio, Ginebra, la tormenta de arena me arrastró. ¡Ginebra, tu poema!, ¡tu maravilloso poema…!
—Qué importa ya la poesía —interrumpió ella. Le dio la espalda al mar y comenzó a caminar, por el cabo, hacia la tierra firme.
Théo la miró, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Recuerda quién eres! —le dijo. Ginebra se detuvo.
Lentamente se volvió y miró a Théo—. Así terminaba tu poema, y eso me dijiste en Festos, ¿recuerdas?
—añadió Théo, acercándose a ella—. ¡Yo lo he recordado!
¡Y lo he comprendido todo! He sido un imbécil por estar tan inseguro.
Ginebra, la única verdad eres tú, somos nosotros.
Estaba dispuesto a matar a Lucius con mis propias manos, pero he comprendido que la verdadera batalla la estamos haciendo aquí; la única guerra posible es desde el amor, desde lo que somos capaces de crear.
Y te juro, Ginebra, que vamos a vencer. Hay que soñar y creer en lo que soñamos, porque es la única forma de avanzar.
Quizá no logremos el sueño grande, pero, si estamos en el camino, habrá muchos sueños más pequeños que se harán realidad, ¿no es así?
Si no podemos ir a la Atlántida crearemos la nuestra.
Antes solías decir que era posible. Si vuelves a creer en ello, si lo haces con la fuerza suficiente, lo será.
—Théo… —dijo ella con los ojos llenos de lágrimas—, siento haber estado tan obsesionada con la idea de volver, perdóname, yo…
Él le puso un dedo sobre los labios, sonrió y se arrodilló ante ella, rebuscó en sus bolsillos; varias cosas cayeron al suelo, hasta que encontró una especie de cordel desgastado y lo miró con impotencia. Rápidamente, lo anudó en forma de círculo y se lo mostró a Ginebra.
—Ginebra, ¿quieres casarte conmigo? ¿Con este pobre torpe que ni siquiera tiene un anillo para ofrecerte?
Ginebra permaneció unos instantes mirando a Théo, sin poder disimular su emoción y la profunda ternura que sentía.
—Te quiero, Théo.
Él se incorporó, conmovido, se abrazaron y el beso llegó de una forma tan dulce que no fueron conscientes de que las olas golpeaban cada vez con mayor fuerza el espigón.
Ginebra percibió que Théo volvía a ser la persona que había conocido en el Atlantis, ese hombre que vivía desnudo, a quien admiraba por lo que era capaz de soñar; ese hombre que jamás rivalizó con ella ni trató de manejarla, que la amaba libre, y que era capaz de ver más allá.
Théo cogió de la mano a Ginebra y ambos corrieron contra el viento que volvía a levantarse, cargado de polvo rojizo, hasta llegar a la ermita.
Las olas se alzaban y entraban en la tierra, olía a humo.
Entre los dos, apartaron el gran cerrojo de madera que sellaba las puertas y entraron en el templo.
—No sé si sería tu boda soñada, Gin, pero este es un espacio sagrado. ¿Qué te parece?
—Me parece el lugar ideal para un cristiano y una judía.
Entraron y caminaron hacia el altar de la pequeña ermita que olía a incienso y a lirios.
—Con este anillo, Ginebra, yo te desposo —dijo Théo poniéndole el cordel en el dedo—.
Y espero que un día podamos comprar uno de verdad, si es que queda en pie algo en esta ciudad…
Da igual, porque nosotros no somos de aquí y no podemos fingir que lo somos.
Nosotros venimos de algún lugar en las estrellas, de esa Atlántida que vimos.
O quizá seamos dos pobres ingenuos. Pero da igual, yo quiero pensar que… aún quedan días de luz.
—Aún quedan días de luz, Théo —asintió ella, limpiándose las lágrimas.
—Vincent siempre me decía que debería volver a alistarme, que debería ser más duro, que debería ser como el resto… ¿Sabes qué?, creo que no quiero serlo. No quiero, Ginebra. Creo que hay otra manera, hay otro camino. Quiero poder ser yo, quiero…
—Poder ser —terminó Ginebra. Sonrió, acariciándole a mejilla a Théo, que le besaba la mano—. «Quieto, corazón mío, no levantes polvo. Que el mundo encuentre tu camino» —susurró, mirando a Théo a los ojos—. Rabindranath Tagore sabía lo que decía…
Cuando Théo estaba rozando sus labios, la puerta de la ermita se abrió violentamente. Un hombre con la cara y las ropas manchadas de hollín los miró, desconcertado.
—Eh, ¡márchense de ahí! —exclamó—. ¿Es que no saben que hubo una explosión de combustible? ¡Los montes de Ierápetra están en llamas!
Unos metros más atrás, un carro de caballos atravesaba a toda mecha el sendero que iba hacia la fortaleza de Kales. Su conductor gritaba sin cesar: «¡Fuego!».
* * *
Creta, Museo Arqueológico de Heraclión
Si alguien le hubiera dicho a Konstantinos Antzas lo que aquel día de abril iba a suceder, probablemente, en lugar de levantarse de la cama, hubiera tirado el despertador al patio maloliente de su piso barato, cercano al puerto de Heraclión.
Pero nadie le dijo nada a Konstantinos y, como cualquier día de abril, se levantó a las seis de la mañana.
Siempre se levantaba a las seis de la mañana, a menos que su mujer le hubiera estado gritando la noche anterior, por las cosas de siempre: beber demasiado, malgastar el dinero, regresar tarde…
Normalmente, encendía un cigarro y se dejaba caer en la butaca de las esquinas rotas, mientras la escuchaba hablar.
Sabía que tenía que dejar hablar a Lidia.
Tenía que dejar que hablara hasta que se quedara seca, hasta que la voz le saliera afónica y ya no quedaran argumentos, y, entonces, el propio cansancio la hacía recular, y empezaban las palabras de consuelo mutuo, un «buenas noches» agotado, y Konstantinos iba a la nevera a buscar unos yalatzi y queso feta del día anterior, lo engullía con una cerveza y se quedaba dormido pensando en su hijo Néstor, su único orgullo, el niño de quien dijeron que llegaría lejos, porque era brillante.
Ahora, Néstor reparaba los coches de los ricos y los turistas en un taller, con un mono azul lleno de manchas de grasa.
A las siete y media, Konstantinos ya estaba en el museo.
Era hora de abrir las puertas al servicio de limpieza y dar el acostumbrado paseo para comprobar que todo estaba bien.
Jarrones, botijos, cuencos, muñecos de barro…
Sí, tenían una antigüedad de siglos, pero vinieran de Festos, de Cnosos, de los yacimientos de Malia o del condenado Titicaca, no servían para nada más que para estar ahí, tras un cristal ante el que se quedaban embobados los visitantes, que cada vez eran menos, debido al clima y a los ataques militares.
Vasileios, el director del museo, decía que era importante tenerlos contentos.
Vasileios ganaba miles de dracmas más que él, estaba en el museo el tiempo justo como para contemplar sus malditos trofeos arqueológicos y salir volando en su Alfa Romeo, y jamás pagaba las multas.
Tampoco las de la conciencia. Como cuando le negó la ayuda para llevar a Néstor a un colegio mejor.
«Es mejor que aprenda a hacerse a sí mismo», le había dicho, con jovial indiferencia.
Konstantinos pensaba en estas cosas mientras recorría la sala principal, comprobando que todo estuviera en su sitio.
Llevaba trabajando más de veinte años en el museo y jamás había visto el más mínimo cambio en ninguna de esas figuras inmóviles.
A sus espaldas estaría el disco, el famoso disco de Festos, esa especie de galleta grande con dibujitos, pero que era, sin duda, la joya de la corona del museo, esa que su jefe contemplaba con minucioso orgullo.
No le vendría mal que, alguna vez, alguien…