Capítulo 25 Los días de luz
Los días de luz
Creta, Ierápetra
Ginebra acarició el disco varias veces, sentada sobre la arena de la playa, frente al mar que rugía bajo la oscuridad de la noche, La última que pasarían en Ierápetra, antes de refugiarse, por seguridad, en Ágios Nikólaos.
Ya no experimentaba dolor al tocar el disco, solamente una leve vibración.
Pero, por más que se concentraba, no lograba ninguna conexión, ni recordar los versos que, en Festos, había percibido nítidamente.
Solo veía algunas imágenes borrosas que siempre terminaban con el hombre de la túnica.
Era como si ese hombre quisiera darle algún mensaje.
A veces le parecía que él también la veía a ella, y eso la aterraba.
—¡Ginebra!
Se volvió, sobresaltada. Théo se acercaba, caminando sobre la arena, desde la casa de Ian. Su gesto había cambiado en los últimos días: estaba siempre enfadado y más taciturno y apagado que de costumbre.
—¡Te dije que no debías usar el disco! —le expresó.
—Tú no quieres intentarlo, así que… —dijo ella levantándose—. No entiendo por qué tienes tanto miedo. Antes no eras así…
—Tú tampoco, ¡has cambiado mucho!, ya ni siquiera me hablas…
—Te empeñas en eso…
Ginebra caminó hacia la casa, dejando a Théo atrás.
—¡Es la verdad! Siempre estás triste —dijo él, siguiéndola—, parece que no me soportas…
—Tú sí que has cambiado. Ya no eres el mismo, Théo.
Antes no eras así, eras un hombre espontáneo y seguro de ti mismo, con la ternura de un niño…
¡eras como el sol! Y ahora te has vuelto huraño, desconfiado, estás lleno de inseguridades.
¡No te reconozco! —dijo ella, y siguió caminando hacia la puerta de la casa que daba a la playa.
—Yo he hecho todo lo que he podido para que pudiéramos ser felices juntos, Ginebra, pero tú no lo eres… Quizá sea ese cerdo de Lucius… O seguramente es que no he estado al nivel que esperabas.
—¿Al nivel? ¿De qué hablas? ¿Qué nivel?
—He sido un iluso… eso es todo.
Entraron en la casa de Ian. Ginebra colocó el disco en su sitio, en la caja fuerte dentro del armario, y se dejó caer sobre el sofá del salón.
—Théo, no sé qué nos ha hecho ese viaje, pero no hemos sido los mismos después de Festos… Ninguno de los dos. Yo solo quiero volver a la luz, volver a conocer las respuestas.
—¡No las tendremos nunca! Es mejor aceptarlo. Mierda, otra vez este condenado vértigo. No me lo he quitado de encima desde que volvimos.
—Nunca estaremos bien, porque logramos salir del tiempo. Fuimos absolutamente libres. ¡Libres! Por una maldita vez, ¡y conocimos la belleza! —dijo ella, rompiendo a llorar—. Y ahora estamos dentro, otra vez. Dentro de esto…
—Eso no debería parecernos tan horrible, estando juntos… Pero no está siendo así.
—Entonces, quizá ya no podamos ser los mismos. Tal vez debamos estar solos —consideró Ginebra, apoyando los codos sobre las rodillas y bajando la cabeza—. Los dos. Estoy cansada de todo, hasta de mí misma.
—Está bien —dijo Théo. Cogió la mochila que tenía sobre la mesa, se la colgó a la espalda y salió dando un portazo.
* * *
Ierápetra, Baritaki
Théo caminó por las calles empedradas y terrosas de Ierápetra sintiendo que su mochila pesaba más que nunca, que los pies se le hundían en el suelo.
El viento, caliente como si saliera de la boca del infierno, cada vez era más fuerte.
Todos los recuerdos de la guerra, de su infancia y de los años en la buhardilla, se agolpaban en su cabeza.
Ginebra merecía un hombre cultivado y sereno, que no arrastrara culpas, ni cargara con tanto dolor.
Debería alistarse y luchar con los suyos.
Debería acabar con Lucius, aunque él muriera en el intento, para que Ginebra pudiese vivir en paz, de una vez.
Percibió un temblor en el suelo. Un golpe de viento caliente mezclado con tierra le cegó los ojos. Empezó a toser. El polvo ocre invadió la calle.
Avanzó, sin saber muy bien si volvía o se alejaba. Los pensamientos se cruzaban en su cabeza. Se cubrió los ojos y, para protegerse del viento, se ovilló en un portal cercano a la iglesia, donde los habitantes de Ierápetra hacían cola para entrar, persignándose.
«Pero ¿qué diablos está ocurriendo?», se dijo.
Extrajo de su mochila una linterna. Al sacarla, cayó al suelo un sobre de color azul. Recordó que Ginebra había guardado ahí el poema que le escribió en San Mamiliano. Ya no importaba si era el momento de leerlo o no, porque quizá no volviera a verla. Rompió el sobre y sacó el papel.
* * *
París, Epinettes
Marguerite se miró al espejo mientras se ponía el sombrero de lana verde que le había regalado Jack, y sonrió.
Se cubrió con una enorme bufanda de lana, se puso el abrigo y salió de la habitación, modesta pero bastante confortable, en una residencia en la que le daban alojamiento a cambio de su trabajo como limpiadora.
Fuera, bajo la luz de las farolas, la calle parecía la estepa rusa; la nieve había llegado a los dos metros de altura en algunas esquinas.
Pero esta noche estaba decidida a llegar al Hot Club para darle una sorpresa a Jack asistiendo a una de las últimas actuaciones que haría allí.
Desde la ocupación, todo había cambiado.
Ahora el Hot Club tenía que subsistir en la clandestinidad, en un pequeño hotel de la Rue Chaptal, y Josephine y Jack apenas podían dar conciertos.
Decían que los nazis llamaban «negroides» a los cantantes de jazz , y los consideraban «filojudíos estadounidenses».
Más de una vez, Jack había tenido que recurrir a tocar en la calle con su saxofón.
Por otro lado, a ella le daba miedo que Lucius la reconociera y supiera que no estaba muerta. Afortunadamente, los cambios radicales en el clima hacían que saliera cada vez menos. Normalmente, Jack la recogía en coche e iban a su casa.
Marguerite tomó el sendero que unos policías habían despejado con palas, donde algunos jóvenes jugaban con bolas de nieve, y caminó con cuidado, para no resbalar.
Al llegar a la Rue Chaptal, vio, a lo lejos, cómo se acercaba al club un pequeño grupo de gente.
Reconoció a algunos músicos que tocaban con Jack.
Iba a saludar con la mano cuando vio que un coche negro se acercaba a ellos y frenaba bruscamente.
Bajaron varios hombres. Reconoció los abrigos y uniformes de los policías de la Carlingue —así era como llamaban a la Gestapo francesa—.
Dos de ellos extendieron el brazo y comenzaron a disparar.
Marguerite se tapó los oídos y se pegó a la pared.
Todo sucedió muy rápido: gritos, gente corriendo y una voz alemana que se alzaba por encima del resto: «¡Fuera simios de la Francia aria!
». Marguerite, paralizada, observó cómo los policías entraban de nuevo en el automóvil, entre risas.
Bastaron unos segundos para reconocer a uno de los hombres que había disparado: era Lucius Fleedermaus.
Le vio sonreír mientras se guardaba el arma humeante en el cinturón.
El coche aceleró, salpicando a Marguerite de barro helado.
Al llegar a la esquina, entre risas, dejaron caer por la ventanilla unos botellines de cerveza que se rompieron contra el suelo, y se alejaron a toda prisa, carretera arriba.
Permaneció paralizada, de espaldas contra la pared, unos instantes, tratando de recuperar el aire.
Un pequeño corro de gente comenzaba a congregarse en torno a la puerta del club, miraban al suelo, señalaban.
Dos policías de las brigadas especiales francesas, que habían llegado en un coche de patrulla, se aproximaban por la otra calle.
Marguerite se acercó despacio, con las piernas temblorosas.
Tres cuerpos inertes yacían sobre la nieve de la acera.
Se fijó en uno de ellos, el de un hombre alto y grande, con un abrigo gris, cubierto por una bufanda, tendido junto a una funda de saxofón.
La sangre se extendía por la nieve, dibujando formas, como si unas rosas rojas crecieran en medio de las dunas.
Cuando reconoció el abrigo y la bufanda y las manos grandes y oscuras extendidas sobre la nieve, se dejó caer, sobre sus rodillas.
—¡Eh! ¡No lo toque! —le gritó uno de los policías.
—¡Cállese! —gritó Marguerite.
El silencio se hizo entre los presentes, junto con algunos murmullos de asombro y otros de desprecio, mientras Marguerite acariciaba con su mano temblorosa el rostro de Jack, se echaba encima de él, abrazándolo, y le besaba en la frente.
Los dos policías se acercaron a ella. Uno de ellos era rechoncho y fuerte. El otro, más tímido y pálido, parecía estar en lucha consigo mismo.
—Señora, apártese, tenemos que llevarnos el cuerpo —dijo el más corpulento, sin disimular su desprecio.
—¡Yo los he visto, los he visto! Eran de la Gestapo, ¡ha sido Lucius Fleedermaus! —gritó ella.
—¡Cállese! —gritó el policía, completamente rojo, mirando en dirección al corro de curiosos—. ¡Está diciendo estupideces! ¡Y ustedes, despejen esto! ¡Fuera!
El otro policía, aún más pálido de lo que ya estaba, hizo una mueca de resignación, tragándose su propia rabia, y miró a Marguerite con una tristeza auténtica y contenida.
—¡Vamos, llevémonos esto de aquí! —ordenó su compañero.
Marguerite comprendió. De rodillas, sobre la nieve, impotente, miró a Jack por última vez, mientras los oficiales franceses tapaban el cuerpo y todo rastro de lo sucedido, como quien recoge la basura.
—Necesita una manta —murmuró Marguerite—, necesita… necesita una manta. ¡Jack odia el frío! ¡El odia el frío! —gritó.
El policía rechoncho la agarró violentamente y la arrojó a la calzada. Ella resbaló en la nieve y cayó al suelo. Los presentes se disgregaron, mirando a Marguerite entre la pena y la vergüenza.
Ambos policías se alejaron, con los cadáveres, hacia el coche de patrulla.
—¡El odia el frío! —gritó Marguerite, tirada en el suelo, mientras el viento helado silenciaba el último eco de su lamento.
* * *
Creta, Ierápetra, Kales