El cabaret del infierno Capítulo 24 La variable oculta
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Capítulo 24 La variable oculta

La variable oculta

Creta, Ierápetra

Ginebra terminó de leer la correspondencia que había llegado desde París: cartas escritas con impaciencia y celeridad, con la inconfundible caligrafía irregular de Urik, haciéndoles todo tipo de preguntas y buscando una explicación racional a lo sucedido.

Quería saber cada detalle de lo que habían experimentado.

Les hablaba de teorías de famosos físicos, en relación con las propiedades del disco, y otras cosas que resultaban difíciles de comprender.

Ella le había trasladado todo lo que recordaba, que cada vez era menos.

Después del inexplicable «viaje» en Festos, tanto ella como Théo habían tenido síntomas de enfermedad, migrañas intensas, dolores, mareos y vómitos.

Pero ahora se sentía mucho mejor e, increíblemente, los dolores crónicos que antes sufría estaban desapareciendo.

Era como si su cuerpo se hubiera renovado.

Théo aseguraba que ya no le molestaba la rodilla, aunque los tinnitus y vértigos ocasionales eran diarios para los dos.

Théo mostraba un comportamiento extraño y, en realidad, ella también. Era como si ya no pudieran ser felices, tras haber visto y sentido esa ciudad maravillosa, esa posibilidad de plenitud, esa infinita armonía. Pero Théo intentaba adaptarse, y lo conseguía. A ella le resultaba más difícil.

—Ginebra, ¿tú me quieres? —le preguntó, una mañana, en la playa de Ierápetra, junto a la casa de Ian.

—Ya sabes que sí.

—¿Por qué no lo noto nunca? Has cambiado mucho conmigo…

—Théo, estoy tratando de recordar… He olvidado cosas que sabía cuando estaba allí, cosas que dije… Entendí los versos y cuál era la interpretación, cuál era el camino, el enlace con el Critias . ¡Todo tenía sentido!

—Gin, no podemos volver a intentar esa locura, ya has visto las consecuencias.

—¿Y si podemos aprender a controlarlo?

—Sé que tú misma no crees eso. Dijiste que todo había sido fugaz.

—En efecto, estamos aquí encerrados en nuestro espacio tiempo, no podemos concebir el resto. Intentar manejarlo supone demasiado riesgo, pero… no tenemos nada en Francia, y menos ahora que la han invadido. No tenemos nada aquí. Podríamos correr el riesgo.

—Ginebra, el problema no solo es la muerte, es que podríamos quedar dañados de por vida, ¿no lo ves? Urik nos ha avisado de ese peligro…

—Quizá merecería la pena…

—¿En serio?

—Desde este lado no podremos acceder. No podremos mantenerlo en el tiempo. Necesitaríamos estar muertos para comprender algo de todo esto, estar al otro lado, para que los accesos fueran algo más que visiones fugaces.

—¿No te importaría morir?

—Creo que no.

Ginebra observó el horizonte de agua azul, la muralla de Kales, a la derecha, y, a lo lejos, una ermita azul y blanca construida sobre un brazo de tierra que entraba en el mar. Más allá, los montes de Selakano. Todo parecía sorprendentemente irreal ahora.

Théo observaba el mar, perdido en sus pensamientos. Él, que nunca estaba callado, últimamente guardaba largos silencios.

—Vámonos de aquí —susurró, de pronto—. Olvidemos todo esto. Quizá sea la única forma de ser felices.

—No sé si yo te haría feliz, Théo. No sé qué hago yo en este mundo…

—Mejorarlo, Gin. Mejorarlo.

Pero ella no sabía cómo mejorar el mundo y ya no le importaba. Solo quería volver al único lugar en que las cosas tenían sentido.

Estaban en marzo y, en Creta, el tiempo era cambiante. Los fenómenos climáticos incomprensibles ya eran continuos en casi todos los lugares del globo. En Ierápetra, el viento arrastraba, casi siempre, un polvo rojizo, y las tormentas de arena eran cada vez más habituales.

Cuando volvieron a la casa, desde la playa, Ian les recibió con noticias.

—Ginebra, respecto a esas construcciones que viste durante el suceso de Festos…

Urik ha estado investigando: una de ellas está en París, responde a la descripción de la casa Moreau, cercana a Place du Tertre.

La otra, la de las ventanas ojivales, parece que está ubicada en Boleskine, Escocia.

No han sido simples visiones. Algunas amistades de Urik le han informado de que en Boleskine se cuece algo.

De hecho, fue la residencia de Alister Crowley, el célebre ocultista.

Si existe alguna relación con la casa de Moreau, lo descubriremos. Urik está investigando…

Ginebra sintió un escalofrío al escuchar el nombre de Crowley. No le gustaba lo que percibía en ese mago con el que se había cruzado una vez en Londres.

—¿Y cómo podemos saber que estamos seguros aquí, que los nazis no siguen vigilando? —preguntó Théo.

—Ese Fleedermaus no paró hasta que no registró Creta entera, pero, tras vuestra desaparición durante el incendio de Festos, y el conflicto griego con Mussolini, lo dieron por perdido, como os dije.

En este momento, parece que su prioridad es anexionarse Yugoslavia.

De hecho, desde la Operación Lustre, hay tropas británicas aquí, en respuesta a la fallida invasión italiana.

Por eso he podido quedarme… Los aliados por fin parecen haber despertado y han tomado la iniciativa, aunque no os voy a engañar: en breve, los nazis darán el paso.

—Se han adueñado de París. Ya no nos queda nada —apuntó Ginebra.

—Ginebra, respecto a eso… Debes saber que Lucius está, en este momento, al mando de la Gestapo y que, bajo cuerda, es la mano derecha de Pétain en el Gobierno de Vichy, en el París ocupado… Los judíos lo llaman «Samael».

Ginebra se pasó las manos por el pelo y suspiró.

—Era cuestión de tiempo… Oh, pobre Claire. ¿Cómo podría saber si está bien?

—No hay forma de saberlo. Cualquier movimiento que hagamos es sumamente delicado y nos puede delatar.

Urik está siendo muy cuidadoso. Estamos buscando un salvoconducto, posiblemente hacia América, pero es muy difícil de conseguir.

Tranquila, Ginebra, todo indica que la búsqueda de la reliquia por parte de los nazis lleva tiempo paralizada.

Aun así, ya he buscado una residencia en Ágios Nikólaos para que estéis más seguros, por si vuelven a Ierápetra.

—Debería hablar con John Waxley, debería encontrar la manera de hacerlo sin llamar la atención. Pero creo que nada de esto me importa lo suficiente…

Ginebra miró hacia el mar a través de la ventana.

Las olas se alzaban. Se estaba levantando viento.

Una vez más creyó ver la silueta de aquel hombre egipcio dibujándose, por un instante, en el horizonte.

A pesar de las palabras de Ian, tenía la sensación de que se hallaban ante un engañoso estado de calma que presagiaba la mayor de las tormentas.

* * *

París, Neuilly

Urik tiró al suelo los interminables textos de artículos científicos que él y Jacques habían estado repasando, apagó su pipa, se levantó y caminó por el salón de su casa, inquieto, mientras Bergier permanecía sentado, leyendo.

Llevaban días sin dormir, tratando de dar una explicación al salto temporal de Ginebra y Théo.

—Urik… por más que te enfades no lograrás comprender lo que ha pasado.

—No pretendo comprender, pretendo, más bien, sentir…

—Ya estás con esas cosas. Yo también soy un místico, no lo olvides.

—Tu eres un estudioso de la mística, que es diferente. Precisamente a eso me refiero. Ese disco requiere otra clave. Desde el ser. Como demuestra lo que ha sucedido.

—Pero ¿y si no viajaron a ningún sitio? ¿Y si lo que ocurrió fue que la reacción del fuego y el cinabrio de la tierra los dejó inconscientes? Ginebra habló de una tierra rojiza y el cinabrio es sulfuro de mercurio. No debería haber restos de ese mineral allí, pero, si así fuera, ¿y si el calor…

—Jacques, ya lo hemos hablado: Ian peinó el recinto de Festos, en varias ocasiones. Allí no había nada. Si tu hipótesis es cierta, ¿qué ocurrió con los cuerpos? ¿Se teletransportaron y luego volvieron a donde estaban? No… la explicación es otra.

—Urik, no creo que los agujeros de gusano sean la respuesta… Acelerando uno de los extremos del agujero a velocidades cercanas a la de la luz, se podría crear una diferencia temporal entre ambos extremos, permitiendo viajes al futuro. Pero no al pasado.

—Lo sé, pero ¿quién habla de agujeros de gusano?

Fíjate en la paradoja Einstein-Podolsky-Rosen sobre el entrelazamiento cuántico —dijo Urik.

Se acercó a la pequeña pizarra, junto a la repisa rebosante de libros, e hizo un dibujo, para mostrárselo a Jacques—.

Dos partículas han estado conectadas, y cuando se separan, una vez que se mide el estado de una de ellas, el estado de la otra se define instantáneamente, de tal manera que el cambio repentino en el estado de la partícula A afecta instantáneamente al estado de la partícula B, sin importar la distancia entre ellas —dijo, señalando los elementos dibujados en la pizarra—.

¿No sería un modo de explicar el tránsito en el tiempo, el concepto de no localidad, la instantaneidad de la información?

¿Y no podría ser eso equivalente a un desplazamiento a la velocidad de la luz?

No tendría que ser necesariamente hacia el futuro, puesto que los cambios afectan a cualquiera de las dos al mismo tiempo.

Tú dijiste que la partícula azul del disco era capaz de generar la potencia necesaria para transformar el berilio en sodio…

Y eso tendría aplicaciones en la física cuántica.

—Bueno —dijo Bergier, pensativo, dándole una calada a su cigarro—.

Lev Shtrum hablaba de los taquiones, unas partículas que se mueven a la velocidad de la luz…

podría ser lo más parecido a esa clase de potencia, pero no está suficientemente probado.

En cualquier caso, haría falta generar una reacción en el laboratorio.

No serviría con los componentes de mercurio en la sangre, ni con que Ginebra bañara sus manos en cinabrio…

—No, desde el campo que conocemos. No, desde lo que la ciencia puede medir. Pero, ¿y desde lo que no puede medir? ¿Y si la explicación de todo esto estuviera en la patafísica?

—¿La ley de las excepciones? ¿Esa de la que hablan los surrealistas?

—Sé que puede sonar raro, pero intenta aplicarlo al ámbito en que nos movemos: el propio Einstein afirma que debe haber algo más profundo; algo que la teoría cuántica no está considerando.

El entrelazamiento cuántico muestra que existe una variable oculta.

Y bien, ¿y si esa variable oculta no tiene que ver con lo que la ciencia que conocemos puede medir?

¿Y si hay otro camino diferente al de las reacciones químicas tal y como las conocemos?

¿Y si esas mismas reacciones químicas que medimos en el laboratorio se produjeran…

de otra forma, porque están en una esfera espaciotemporal que escapa a lo que podemos comprender desde la nuestra?

Bergier miró unos segundos a Urik y no pudo evitar una sonrisa de admiración.

—Eso sería, sin duda, apasionante. Pero, ¿cómo demostrarlo?

—No podemos porque somos seres temporales, y estamos de este lado del poliedro dimensional. Pero lo sucedido, Jacques…, ¡lo sucedido nos demuestra que hay otro camino!

—No me hablarás de condenados fenómenos extraterrestres…

—¡No! Te hablo de una civilización más adelantada, situada en algún lugar del tiempo no lineal…

Quizá no sea el pasado, quizá la Atlántida es el futuro.

Quizá no es ni una cosa ni la otra, porque «pasado», «presente» y «futuro» son denominaciones que hemos puesto nosotros.

¡No sabemos nada, Jacques! Ginebra apenas recuerda, pero hizo algunas revelaciones interesantes, nada más volver, que iban en esa línea.

Imagina que existiera una ciencia lo suficientemente avanzada como para estar imbricada en la propia textura humana, en nuestra mente, en nuestro espíritu.

—Urik, nadie más que yo desearía creer eso —dijo Bergier.

Se levantó y caminó por el salón con las manos en los bolsillos—.

Sabes que he tratado de realizar estudios que no han sido bienvenidos por lo innovadores que resultaban…

, he trabajado con Helbronner y hasta con Fulcanelli, he investigado sobre la transmutación alquímica en relación con la física, aunque no creo que esto sea lo mismo.

Y desde el plano físico en que estamos, con nuestras posibilidades…

Por mucho que soñemos con ello, es imposible comprobarlo…

—Pero, si no soñamos con ello, no lo comprobaremos nunca, ¿verdad? El primer paso para que algo se cumpla es poder concebirlo. El primer paso para demostrarlo, es querer captar lo inefable. ¡Es un procedimiento poético, Jacques!

Jacques sonrió y encogió los hombros conteniendo su propio entusiasmo.

—Tengo que concederte que sería, sin duda, una perspectiva increíble. Pero no te mortifiques más, Urik, estamos al borde, y siempre estaremos al borde. No podemos cruzar al otro lado. ¿Por qué no volvemos a centrarnos en la red Polus? Eso sí está nuestro alcance.

—No me gusta la palabra «red» —dijo Urik.

—Pues no utilizaremos esa palabra, viejo cabezota… Oye, Polus es un equipo en el que trabaja gente distinta, por un tiempo definido. Es cierto que está jerarquizado, pero… no somos totalidad, como los nazis.

—Lo seréis.

—Urik, el mundo que conocemos, desgraciadamente, funciona así.

—Lo sé, Jacques, pero ya has visto que la física puede sorprendernos.

La vida puede sorprendernos, ¿verdad? ¿No podemos cambiar el mundo?

De acuerdo, pero quizá podamos encontrar otro, dentro de este.

Algo que no vemos, pero siempre estuvo ahí, y que percibimos solo en tactos atemporales, desde otra concepción del tiempo, a través de la poesía.

Quizá podamos traerlo, construirlo. Y… lo sorprendente es que será posible —dijo Urik, y quiso creer sus propias palabras.