Capítulo 23 Samael
Samael
Lucius se contempló en el espejo de su nuevo despacho, con su radiante uniforme de jefe de la Gestapo alemana en Francia.
Se había ganado el sobrenombre de «el sanguinario» por parte del pueblo, y «el hombre de acero» por parte del Reich, y los judíos le apodaban «Samael».
Nunca actuaba solo, tenía a su cargo manadas de perros fieles que ladraban con que moviera un dedo, y él podía dedicarse a las grandes ejecuciones y a las decisiones importantes.
Nada escapaba a su control. En París, nadie respiraba sin que él le concediera permiso.
Sus músculos se marcaban bajo el uniforme perfectamente planchado y decorado con las insignias ganadas por salvarle la vida a Heydrich.
Se le escapó una sonrisilla burlona al recordar cómo había conseguido implicar a Dussman en un escenario en el que el chico era un saboteador interno, y él quien se encargaba de salvar a Heydrich y al Reich.
Tanto Himmler como Hess le protegían, y habían eliminado todo posible obstáculo a su ascenso, incluido ese sucio Bomelburg, a quien mantenía vigilado de cerca.
Conforme subía escalones, los peces gordos franceses iban poniéndose a sus pies, incluido su futuro suegro, el francoalemán Hellweger, de nobles ancestros.
Él era el niño mimado del Reich ahora. Él era el Reich.
Pletórico, atravesó el enorme espacio de su despacho, escuchando, con orgullo, cada golpe de talón de sus botas sobre el suelo para recibir a sus subalternos.
Les obligó a cuadrarse ante él para pasar revista.
Era necesario que todo estuviera controlado, pues sabía que Rolf seguía vigilándole.
Pero ahora las tornas habían cambiado. Ahora él tenía el mando en París, él daba las órdenes, y hacía funcionar a su regimiento de policías con absoluta disciplina militar y, cuando algún clavo quería sobresalir, no dudaba en dar un martillazo.
—Oficial Weber, dúchese. No tenemos por qué aguantar ningún tipo de peste cuando no estamos entre judíos —añadió, mirando a los demás con una sonrisa burlona.
Todos, sin excepción, rieron a carcajadas su ocurrencia. La humillación pública era, siempre, el arma más efectiva a pequeña escala. El joven, un tanto rebelde, bajó la cabeza, sonrojado y pidió perdón.
Lucius sonrió mientras meditaba el siguiente paso. Caminó, con las manos a la espalda, mirándolos a todos detenidamente.
—Veamos, veamos, ¿para quién será esta vez la insignia dorada? —dijo, sosteniendo en la mano la insignia que concedía por los trabajos bien hechos. Finalmente, se detuvo delante de uno de ellos, el hijo de Schneider, gran amigo de Rolf.
—Schneider, felicidades, te has ganado esta insignia simbólica por el trabajo impecable que has hecho esta semana, controlando a los Judenräte —declaró, poniéndole la insignia en la solapa.
—Muchas gracias, herr Fleedermaus, es un honor, señor —respondió el joven, nervioso y entusiasmado.
Lucius le dio un simpático cachete en la cara y, después, inició un nuevo paseo, con las manos a la espalda, mirándolos de arriba a abajo.
Se detuvo ante Müller, observó su uniforme, sus solapas, su cuello; descendió hasta sus piernas y pies, y, con la punta de su bota, golpeó levemente la de él, dos veces.
—Müller, ¿qué le dije de las manchas en las botas?
El aludido, rápidamente, se agachó a limpiarse la bota, en la que apenas se vislumbraba una pequeña mancha terrosa.
Lucius no dejó de observar cómo se tensaban sus músculos mientras limpiaba con ahínco.
Era el más atractivo de sus subordinados, tanto que le costaba pasar revista cuando él estaba presente, lo cual despertaba su rabia y, a la vez, su más profundo deseo.
Habría que bajarle los humos al guapito.
El chico limpió su bota hasta que la dejó reluciente.
Cuando terminó, Lucius, tratando de mantener la compostura, le dijo:
—Tienen permiso para marcharse.
Los oficiales saludaron inclinando la cabeza, con un obediente golpe de tacón, y se dirigieron hacia la salida, dándole palmadas en el hombro al ganador de la insignia y despreciando a Weber, que, disimuladamente, se olía el uniforme.
—Müller —dijo Lucius, alzando el tono—, usted se queda.
Müller tragó saliva, se dio la vuelta, regresó al centro de la sala y adoptó de nuevo su posición: derecho, pies juntos, mirando al suelo, mientras los demás salían.
Lucius se acercó a él, con las manos a la espalda, esforzándose por aparentar indiferencia.
Hasta con cara de miedo estaba irresistiblemente atractivo.
—Müller, hoy se encargará de limpiar todas las botas de sus compañeros y las tendrá listas antes de las nueve de la noche.
El soldado bajó la cabeza, aguantando la rabia, y asintió.
—No le veo muy conforme, Müller —dijo Lucius.
—Oh, sí lo estoy, señor.
—No te he oído bien.
—Sí, lo estoy, señor. Conforme, señor.
—Te quedarás una hora más, para compensar ese afán de rebeldía.
—Señor, sí, señor… —dijo Müller, con la resignación de quien ya se sabe irracionalmente señalado por su jefe.
—A partir de ahora «mi señor» para ti.
—Señor, sí, señor. Perdón, mi…
—¡Mi señor, he dicho! ¡Repítelo! —gritó, con las mejillas enrojecidas a escasos centímetros del rostro de Müller, casi rozando su nariz.
—¡Mi señor, lo siento, mi señor!
—¡Otra vez! —gritó, y al ver como algunas gotas milimétricas de su saliva caían en los labios de Müller, se excitó aún más.
—¡Mi señor, lo siento, mi señor!
Lucius se alejó de Müller, ahogando el latido que sacudía todo su cuerpo.
—Estás descuidando el uniforme últimamente —dijo con falsa calma.
—Perdóneme, mi señor —rogó Müller, quebrándose—, mi mujer está enferma, perdóneme, mi señor…
Lucius hizo una mueca de asco, controlando un acceso de furia por la mención de la mujer que disfrutaba de Müller en la intimidad.
Se acercó de nuevo a él hasta rozar su rostro.
—Una hora más —dijo en un tono lascivamente lento, como si degustara cada una de las sílabas.
Y guardó silencio sin dejar de mirar a Müller, paladeando cada milímetro de frustración y miedo en su respiración—.
Te quedarás una hora más. Así aprenderás que lo primero es el Reich y la fidelidad a los superiores.
¿Estás de acuerdo, Müller, o tienes alguna objeción que hacer?
—Mi señor, a sus órdenes, mi señor —contestó Müller, conteniendo el temblor de su barbilla.
—Límpialas ahí mismo, en el jardín —ordenó Lucius, señalando la ventana, despectivamente—.
Fuiste limpiabotas cuando eras un muchacho, así que no te costará.
Después, limpiarás las mías. Lo harás con un…
tratamiento especial —añadió, sonriendo mientras saboreaba la perspectiva—. Nada más que añadir.
El soldado asintió, rojo de ira y tristeza, asombrado de que Fleedermaus supiera ese detalle de su pasado, del que se avergonzaba. Hizo el gesto de permiso y salió del despacho.
Lucius, sonriendo, se sentó tras la enorme mesa oscura, de madera maciza (más que una mesa parecía un muro, un altar, pero un altar imponente, que provocaba temor) que ahora era su lugar de trabajo en aquel salón enorme y poderoso, y contempló el jugoso almuerzo que le traían todos los días a las doce, ni un minuto más tarde.
Le dio un portentoso bocado a la Bratwurst en panecillo y, mientras masticaba, se acercó despacio a la ventana.
Brillaba el sol. Hasta el clima se había enderezado para acompañarle.
Se situó tras la cortina y observó al soldado Müller, que limpiaba las botas en el jardín, como él le había indicado.
Müller sudaba y se pasaba la mano por el pelo.
Imaginó a qué sabría aquel sudor. Mordiéndose la uña del pulgar, se fijó en sus pantalones, en cómo se ceñían a sus músculos mientras abrillantaba las botas, en la entrepierna abultada…
—Señor, aquí tiene los informes que me pidió y una notificación urgente —dijo Pamela.
Lucius se sobresaltó y bajó rápidamente la persiana, sin poder ocultar su nerviosismo.
—¡Lárgate, Pamela! —gritó—. ¡Fuera!
Pamela dejó los informes sobre la mesa y salió corriendo del despacho, aguantando las lágrimas.
Lucius se limpió el sudor de las sienes con el pañuelo, tiró lo que quedaba de su almuerzo al suelo, recuperó la compostura y eliminó de su mente todo pensamiento, como siempre hacía.
Precisamente, había utilizado aquella habilidad para deslumbrar a esos budistas a quienes idealizaban Rolf y Hitler, haciéndoles creer que se trataba de una técnica de meditación aprendida en el Tíbet. La gente creía lo que se le decía.
Se sentó ante su mesa, perfectamente ordenada, buscando, instintivamente, el pequeño frasco en su estuche de lápices, arrojó el escaso contenido que quedaba, sobre su mesa, y lo aspiró por la nariz. Tenía que conseguir más, cuanto antes.
Revisó los informes que le quedaban por leer sobre el inicio de las deportaciones al campo de Drancy en pocos meses, y reparó en la notificación urgente de la que le había hablado Pamela.
Al leer la nota, el estómago se le revolvió y comenzó a sudar: indicios de Bernard y Wilde, esta vez en Ierápetra.
¿Cómo era posible? Esos dos, sencillamente, se habían esfumado hacía más de un año, después de aquel extraño incendio en el recinto cretense, en septiembre del 39.
Tras mandar a todos los efectivos allí, y peinar cada rincón de la isla de Creta, les habían dado por muertos.
Ni rastro de la reliquia que supuestamente tenían en su poder.
La posibilidad de reaparición le encendió como si le hubiera estallado dentro un paquete de dinamita.
Ya no había ni rastro de antiguas melancolías inútiles.
Ya, ni siquiera sentía rabia por el desprecio de aquella traidora, solo afán de venganza.
Si la invasión de París no le hubiera tenido tan ocupado, él mismo se habría encargado de aquel asunto, personalmente.
Demasiado trabajo. Pero todo tendría su momento.
Los siguientes pasos que pensaba dar el Reich en Grecia le vendrían bien para rastrear Creta hasta encontrar a esos dos y darles su merecido.
Y lo haría a fuego lento. Arrugó el papel de la notificación, lo dejó caer sobre la mesa y cogió un pañuelo de su cajón. Le sangraba la nariz.