El cabaret del infierno Capítulo 22 El centro del laberinto #3
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Capítulo 22 El centro del laberinto #3

Una sensación de mareo le cerró la boca del estómago.

Quiso llamar a Théo, pero no podía emitir ningún ruido.

Solo escuchaba esa maldita reja de madera, chocando con la valla, movida por el viento.

Aparecieron las formas extrañas, las geometrías imposibles; el prado desapareció y todo quedó cubierto por una nebulosa blanquecina.

«Ahora sí, esto debe de ser la muerte», se dijo.

Pero notó el tacto del suelo pétreo y sembrado de hierbajos bajo su cuerpo, que parecía pesar toneladas.

Le dolía tremendamente la espalda, tenía frío, el estómago revuelto y un zumbido molesto en los oídos.

Se movió y miró a su alrededor. Estaba de nuevo en el anfiteatro de Festos.

¡Habían vuelto! Suspiró entre el alivio y la más profunda amargura.

Théo se acercó a ella, trabajosamente. Se incorporó y la ayudó a levantarse, la abrazó y la besó.

—Ginebra, ¿estás bien? ¿Ha sido real?

—No lo hemos soñado, Théo.

—Siento el cuerpo como si lo tuviera al revés. Y me duele la cabeza.

—Creo que todo lo que hemos visto forma parte de una especie de constelación, pero no solo espacial, también temporal…

Esa construcción central de la Atlántida es el epicentro.

Es a donde lleva la barca, la conexión. Todos los signos marcan puntos del camino y algunos de ellos he podido verlos.

Y entendí los versos, entendí las claves, ¡todo encajaba!

¡Allí lo entendía todo! Maldita sea, ahora todo está borroso, no logro recordar… ¡No logro recordar!

—Pero Ginebra, tú lo dijiste. La «entrevisión»… siempre es fugaz. «Es como en la poesía», eso dijiste.

—No…, yo quiero recordarlo todo. ¡Lo estoy olvidando! Dios, ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que volver! —gritó Ginebra.

—Eh, Gin, mírame —dijo Théo, tomando a Ginebra de las manos—. Estamos juntos. Estamos bien. Eso es lo que importa. Tenemos que recuperarnos, Gin.

—Quiero volver, quiero estar allí, quiero quedarme allí… —murmuró ella, llorando, sin dejar de temblar.

—Mírate, estás temblando —dijo Théo, abrazándola—. Ya no hace calor, mi vida. ¿Ves? Es una buena noticia, el clima ya no está tan loco. Escúchame, Gin, descubriremos la manera de volver. Yo también lo deseo. Lo lograremos…

—¡Théo! ¡Ginebra!

Instantáneamente, Théo reconoció la voz de Ian y miró a su alrededor.

Ian, con los ojos tremendamente abiertos, le miraba como quien observa a una aparición.

—¡Demonios, Ian! Qué susto me has dado —protestó Théo.

Ian no parecía escucharle. Se acercó a él, lentamente; con manos temblorosas le agarró por los hombros y le miró a los ojos, como si no creyera que estaba delante de él. Théo se dio cuenta de que tenía ojeras y le había crecido la barba más rápido de lo habitual.

—Théo… —repitió Ian—, Ginebra… —añadió al ver a Ginebra acercarse tambaleándose. Dio unos pasos hacia atrás—. ¡Gracias a Dios! —exclamó, con lágrimas en los ojos.

—¿Qué ocurre, Ian? —preguntó Théo desconcertado.

—¿Cómo habéis vuelto hasta aquí? ¿Dónde diablos os habéis refugiado? ¿Cómo habéis podido hacerme eso? ¡Por qué me la habéis jugado así!

—Cálmate, Ian, solo vinimos a explorar por aquí esta tarde. Decidimos que era mejor venir solos, porque…

—¡¿Esta tarde?! ¿De qué me estás hablando, Théo? ¡Os teníamos por muertos!

—Ian, vinimos esta misma tarde, te dejamos una nota avisándote —reiteró Théo—. Decidimos investigar un poco más y nos quedamos algo más de tiempo…

—¿Trece malditos meses te parecen «algo más de tiempo»?

Ginebra y Théo se miraron.

—¿Cómo dices? —preguntó Théo.

—Théo, habéis desaparecido durante más de un año. ¡Hace trece meses que no sabíamos nada de vosotros!

—Théo… —interrumpió Ginebra—, recuerdas cuando me preguntaste «¿Cuánto tiempo llevamos aquí?».

—¿Qué? Pero es imposible, Ginebra, es…

—¿Recuerdas lo que sucedió cuando caímos al río en el Pont des Arts? No fue una pérdida de conciencia por el golpe, ¡hubo un lapso de tiempo! —exclamó Ginebra.

—Durante meses vinimos a buscaros, día tras día a esta explanada, porque nos dijeron los guardias que os habían visto entrar, justo el día del incendio —dijo Ian, sin salir de su estupor—, para irnos con las manos vacías y sin la más mínima pista.

¡Hace tiempo que dejamos de buscaros! ¡Os dimos por muertos!

Hoy hemos vuelto por una corazonada que tuvo Urik.

Se empeñó en que viniéramos de nuevo. ¡Que me aspen si ese condenado ucraniano no es un brujo!

—Ian… —dijo Théo frotándose la cara—, espera un segundo, ¿quieres?, espera… espera un segundo. Aquí hay algo que no comprendo. No puede ser. Ginebra, no puede ser…

Ian permaneció en silencio unos segundos, mirándolos a los dos.

—Ginebra, Théo —dijo, extrayendo de su mochila un diario enrollado—, no sé si os han secuestrado y drogado, o si esto es un maldito fenómeno paranormal, pero quiero que miréis esto atentamente. Este es el periódico de hoy.

Abrió el periódico y se lo mostró a ambos. Ginebra lo agarró incrédula.

—«Tras más de siete meses de invasión, el Gobierno de Vichy…» —leyó—. Los nazis han invadido París… —murmuró Ginebra, tapándose la boca.

—Mirad un poco más arriba, por favor —les indicó Ian.

Théo y Ginebra buscaron con la mirada la cabecera del diario. Impresa en letras negras, una cifra les congeló la respiración: 16 de febrero de 1941.

Ginebra se dejó caer al suelo, mientras Théo ojeaba el diario, obnubilado, y miraba a Ian, ansiando que le dijera que era una broma.

—Bueno, amigos renacidos —dijo Ian—, tengo dos órdenes para vosotros: primero, nos largamos de aquí antes de que pilléis una pulmonía, vais casi desnudos. Y, la segunda: ¡contádmelo absolutamente todo!