El cabaret del infierno Capítulo 22 El centro del laberinto #2
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Capítulo 22 El centro del laberinto #2

Las llamas habían desaparecido. Estaba en el agua.

A una velocidad de vértigo, aquellas aguas la trasladaron hacia una visión: una estructura asimétrica, alargada, en la que había varias ventanas ojivales.

No era un monasterio, sino una vivienda, en medio de un bosque.

Dentro, las habitaciones se multiplicaban hacia el infinito, como si hubiera varios espejos superpuestos.

El fractal la absorbió, le mostró cristales ambarinos que se sucedían, búhos de piedra, un reloj de sol grabado en una fachada, unos laboratorios subterráneos, una casona de piedra y gentes vestidas como en la Edad Media.

Estaba sudando y tenía frío, estaba dentro y fuera de su cuerpo al mismo tiempo.

Finalmente vio al hombre de la túnica que hacía el ritual en San Víctor y que, a la vez, estaba en los laboratorios subterráneos, a la vez en las montañas de asta de toro, en la casona de piedra, en la casa del bosque.

Tenía facciones orientales. De pronto, vio a unos hombres egipcios sacando el disco de la tierra, los contempló guardándolo en un cofre, en una pirámide, y vio cómo el disco llegaba a manos de ese hombre.

Sonrió y sus ojos rasgados se transformaron en una mirada de lodo cargada de odio y de terror, su rostro en el de una fiera. Ginebra gritó.

Corrió hacia la valla golpeada por el viento, en medio del prado. La atravesó.

La tierra se hundió bajo sus pies, pero no cayó, se elevó.

—¡Ginebra! ¿Dónde estás?

—¡Théo! —gritó Ginebra al verle acercarse a ella desde un agua invisible.

Se dio cuenta de que podía respirar con especial facilidad y de que su cuerpo pesaba poco. Aunque había agua a su alrededor, no estaba mojada. Se hallaba sobre una superficie lisa de un extraño material blanco que se hundía en un agua cristalina. Se abrazaron.

—Ginebra, te quiero, ¡te quiero! Sabía que estabas conmigo, pero temía perderte —gritó Théo.

—¡Yo también te quiero, Théo! Creo que lo hemos hecho, hemos llegado al centro del laberinto, ¡hemos encontrado la puerta! —dijo Ginebra apretando el disco contra su pecho.

—¿Dónde estamos? —preguntó Théo. La luz comenzó a llegar desde varios frentes, iluminando una estructura blanca tornasolada que ninguno de los dos reconocía. Más allá, el horizonte permanecía desdibujado—. Dios mío, siento algo que no había sentido nunca. Es como si…

—Como si todo estuviera bien —completó Ginebra.

Una ráfaga de luz abrió un intersticio y el paisaje cobró nitidez.

Frente a ellos se desplegaba una majestuosa construcción de puentes y anillos sobre los que había edificios de tonos blancos, negros y azulados, bajo inmensos puentes que unían unos anillos con otros.

Amarradas al embarcadero, unas naves de tonos plateados brillaban al sol.

Algunos hombres salían a navegar, otras personas paseaban, recorrían los puentes elevados.

Llamaba la atención el tamaño enorme de todos ellos.

En el centro de la constelación había una figura azul lapislázuli que tenía una forma parecida a una flor.

Una mujer que llevaba un cántaro de cristal e iba vestida con ropajes marrones y grises pasó junto a ellos.

La mujer le pareció desmesuradamente alta; era morena y llevaba el cabello rizado recogido al estilo de las mujeres minoicas que había visto en las pinturas de los libros y en las paredes de Cnosos.

En sus ojos no había impaciencia ni extrañeza, sino una mirada afable y a la vez auténtica.

Se dio cuenta de que se encontraba sobre la parte más estrecha de uno de los anillos.

—Son anillos de marfil blanco —confirmó Ginebra acariciando la superficie blanca, sin dar crédito a lo que veía.

—No siento el cuerpo —reveló Théo—. Quiero decir… lo siento, pero… mejor que nunca. Es como… como si no tuviera tripas. ¡No sé cómo explicarlo!

Ginebra asintió sin dejar de mirar a su alrededor.

—Parece imposible. Es una especie de… transfiguración.

Avanzaron hacia el centro de la construcción, conmocionados por lo que veían, lira una flor de ocho pétalos, de tonos azulados. La flor parecía no tener materia.

—No sé qué lugar es este, Gin —murmuró Théo estupefacto—. Pero eso parece energía. Debe emanar de alguna parte.

—De sus habitantes, Théo… —dijo Ginebra sin entender por qué—.

Esa es la clave, la barca no es una barca, los ejes no son ejes, la puerta no es puerta…

Y la flor no es una flor, sino otra interpretación del tiempo, una suma de constantes sostenidas por la gravedad, trascendiendo el espacio, gracias a la única variable que puede posibilitar tal cosa: el amor.

El amor con el que todos los seres humanos son capaces de actuar, y en el que deberíamos vivir en todo momento, la verdadera omnipotencia de Dios, el verdadero poder…

No era el poder material. Eso quería decirles Zeus a los atlantes.

Théo miró a Ginebra y sonrió, con lágrimas en los ojos. Era como si toda la belleza que estaba contemplando se uniera a ese mensaje.

—¡Quiero recordar siempre esas palabras!

—Mira esos barcos. Su aleación tiene mercurio, ahora lo sé.

El disco necesita el mercurio para funcionar, a través de esa partícula azul o como la llamen.

Jamás llegaremos a entender esa partícula porque es capaz de ser lo que somos, de habitar en nuestra sangre, de entrelazarse con nuestros átomos y latir.

El disco fue creado a partir de esa energía increíblemente evolucionada.

Necesita que se giren los ejes auténticos, no hacia la oscuridad, sino hacia la luz.

El disco viene de aquí, los minoicos son los herederos, no los creadores.

Por eso en las imágenes se juntaban todas las civilizaciones y todas las destrucciones.

Théo, siento que aquí tengo las respuestas a todas las preguntas; es demasiada información, pero a la vez es fascinante.

Ahora puedo atar los cabos, todo está conectado, ¡es maravilloso!

Ginebra dejó escapar una carcajada. Estaba llorando y riendo a la vez.

Théo la abrazó, conteniendo las lágrimas. Se miró las manos. Su piel parecía haber rejuvenecido diez años.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó.

—¡No lo sé! No tengo la sensación de estar en el espacio-tiempo que conocemos. ¡Creo que hemos trascendido el tiempo! —exclamó Ginebra.

—La estructura es como la que vimos dibujada, pero ¡mucho más impresionante! —dijo Théo mirando a su alrededor.

Frente a ellos, dos hombres que vestían ropajes anchos, uno de ellos con túnica azul marino, el otro, con una camisa blanca ancha, les miraban y hablaban.

No parecía que estuvieran cuchicheando, más bien querían conocerlos.

Ambos llevaban el cabello largo. El que parecía más mayor, moreno y de cuerpo extraordinariamente grande, se acercó, se inclinó y les preguntó algo en una lengua que ninguno de ellos entendía.

—¿Qué ha dicho, Gin?

—Ni idea… Se parece al griego, pero no es igual. Creo que intenta ser amable.

El hombre sonreía de un modo suave y sincero, en sus ojos de un castaño intenso no había un resquicio de oscuridad. A ellos se unió una mujer, igual de grande.

Ginebra distinguió en sus rostros una mezcla de rasgos que le recordaban a las esculturas griegas y etruscas, y a las pinturas de los minoicos. Sonrió.

—Creo que nos preguntan si necesitamos algo, quieren ayudarnos —dijo ella, tratando de entenderse por medio de signos.

—Desde luego, no son como esos extraterrestres monstruosos que narran en los libros. Ginebra, quiero quedarme aquí, con ellos —musitó Théo.

—Quizá por eso estamos aquí, para quedarnos. Creo que podemos entenderles. Théo, ¿no tienes la sensación de que tu cerebro funciona más rápido o algo así?

—¡Sí! Y de que podría hacerlo todo, saberlo todo. Todo lo que pueda haber soñado alguna vez es posible aquí.

—El disco está empezando a vibrar —dijo Ginebra que apretaba el disco contra su costado.

El otro hombre, también de enorme tamaño, se acercó a ellos.

Ambos tenían una mirada sorprendentemente limpia y agradable, sus ojos eran grandes y en ellos brillaba una pureza tan radical y sencilla que resultaba emocionante y casi turbadora. Pero, de pronto, no podían oírlos.

—Théo, no puedo moverme —dijo Ginebra— El disco está vibrando…

—¡No! ¡No me quiero ir de aquí! —gritó Théo.

—¡Yo tampoco! Pero ¡no sé cómo pararlo!

—Los versos, ¡recita otra vez esos versos!

—No los recuerdo… ¡No los recuerdo! —gritó Ginebra, desesperada.

Ambos trataron de poner las manos sobre el disco. Los trazos de la maravilla que tenían ante ellos comenzaban a deshacerse.

Con preocupación, el hombre alto volvió a preguntarles, pero ni Théo ni Ginebra podían escucharle, y tampoco articular palabras.

Ginebra se dio cuenta de que la mano de Théo se desdibujaba. Ya no la sentía. El suelo bajo sus pies se había borrado. Frente a ella, en el horizonte, superponiéndose sobre la ciudad de marfil, divisaba la valla en el prado y las llamas. La sombra se dibujaba tras ella.

—¡Basta!

Los anillos concéntricos de la Atlántida se transformaron en espirales que se movían como hélices, y se entrecruzaban.