Capítulo 22 El centro del laberinto
El centro del laberinto
La enorme bola de fuego anaranjada que era el sol del atardecer griego se escondía en el horizonte, pero el calor seguía siendo denso y pesado. Las chicharras cantaban y las ramas de los árboles crepitaban de sequedad.
Théo contempló el recinto de ruinas de la antigua Festos, como un viejo laberinto de piedra deslavazado, semihundido en la arena. Ya lo habían recorrido entero, sin encontrar absolutamente nada, pero Ginebra insistía en explorar el área perteneciente al antiguo anfiteatro.
—Gin, sigo pensando que no ha sido buena idea venir aquí sin Ian, tendríamos que haber esperado un poco más.
—Es el momento Théo. Además, tú dijiste que nos seguían.
—Vi algo en… Heraclión, pero quizá lo imaginé.
—Es ahora, Théo. Y somos nosotros los que tenemos que hacerlo, sé que es así.
Mientras la ayudaba a buscar la localización que había visualizado, Théo pensó que Ginebra podía llegar a ser realmente obstinada.
Vivían en esa pequeña casa junto al mar, estudiando sobre el enigma del disco.
Él había encontrado trabajo en la construcción y enseñando a niños a pintar; mientras que ella daba clases particulares, paseaban por la playa.
Eso había sido suficiente para él, pero ella…
no parecía estar feliz en las situaciones normales.
Siempre había cierta melancolía en su corazón.
Théo se preguntó si alguna vez podría ayudarla a liberarse de esa tristeza o si, al hacerlo, le estaría quitando su don para la poesía, para ver más allá.
Quizá, él no estaba siendo suficiente para ella, quizá los sueños de Ginebra iban más lejos.
Era como si intuyera una apertura al infinito que la reclamaba constantemente.
A veces se preguntaba si estaba amando a un ser extraterrenal que venía de algún mundo diferente.
¿Cómo habría podido pensar que una mujer tan compleja podría quererle? Desde la noche de las visiones ella no había podido dormir bien, ni estar tranquila. Mientras la veía buscar a un lado y a otro, bajó la cabeza, impotente, y se sentó sobre una piedra.
—Tiene que ser aquí. Yo lo vi aquí —dijo ella—. Dicen que los minoicos vivían en paz, no construían fortificaciones, valoraban la armonía. Mucha gente los considera herederos de los atlantes, o inspiradores de la historia e Platón, en caso de que no exista. Yo sí creo que existe, Théo.
—Gin, el calor no disminuye mucho y yo me estoy licuando.
Ginebra se alejó sola por el sendero de piedra y hierba hacia la valla que separaba el recinto de las ruinas del monte.
—Lo he visto cientos de veces en las imágenes, Théo. Era aquí, tiene que estar aquí.
Théo observó de nuevo la montaña que se erigía frente a ellos, como si estuviera coronando el recinto de Festos.
Tenía dos picos paralelos puntiagudos que se elevaban igual que dos astas de toro.
Curiosamente, el disco del museo había sido encontrado muchos metros más hacia el este, en el borde de una especie de valla de piedra, pero ella no había percibido nada especial en esa zona.
Otra prueba de que, como decían Ian y Urik, se trataba de una copia.
—¡Fue justo aquí! Aquí terminaba el anfiteatro. ¡Por aquí caminaban con las antorchas! —insistió ella.
—¿Los minoicos?
—Hombres y mujeres danzando… Saltaban por encima del toro. Taurocatapsia. La llama grande, al final… Tenían que traspasar la llama.
Ginebra se sentó en el suelo, tocó la tierra y las piedras con las manos.
—Justo antes del final, un laberinto de arbusto y piedra…
Había teas por todas partes, todos llevaban antorchas, pero también había oscuridad.
Y en la tierra, debajo de la tierra había liras y las liras eran mercurio —dijo, hundiendo sus manos en la tierra—.
Tenían que atravesar el laberinto. El ganador, el iniciado, saltaría la llama, pero llegó la destrucción.
La tierra se mueve. Todos gritan. Durante semanas, el clima se descontrola, ¡como ahora!
Las casas se caen. El laberinto de fuego…
El que llegara al centro atravesaría la puerta.
La barca es una sustancia espiritual y material, brilla como el sol.
Ginebra sacó las manos de la tierra. Tenían un tono rojizo.
Théo se puso en pie y comenzó a sentir que en su interior vibraba la misma fuerza que mostraba Ginebra, el mismo entusiasmo por seguir el hilo que ahora sí parecía llevar a alguna parte.
—Salta entre los cuernos, atraviesa la llama, el gran ojo.
Una puerta… pero no es real… no es de madera ni metálica, es…
un portal… entre dimensiones… —dijo Ginebra.
Cerró los ojos y se tapó la frente con la mano—.
Lo que ocurrió aquí ya había pasado antes.
Y sucederá otra vez, si no comprendemos, si no somos capaces de ver…
—Oh, Gin, ¿qué estamos haciendo? —se lamentó Théo—. ¿Por qué siempre parece que llegamos, que no nos queda nada, pero todo se va en menos de un segundo, todo el sentido desaparece?
—Es como cuando escribes poesía… atrapas el sentido, atrapas lo inefable… solo unos segundos, la revelación dura unos segundos, la entrevisión… —dijo Ginebra.
—Aquí no hay ninguna puerta —dijo Théo secándose el sudor.
Había empezado a ver ondulaciones en la tierra que sospechaba eran espejismos—.
Deja que te limpie las manos, se te han quedado un poco rojas —propuso, pero Ginebra se apartó, abrió los ojos y respiró hondo. Le miró desde una serenidad inusitada.
—Sí la hay. Hay una puerta. Déjame el disco, Théo.
—Puede ser peligroso…
—Théo, por favor, déjame el disco. Si no abrimos la puerta, no podremos acceder.
—¿A dónde conduce esa puerta, Ginebra? ¿A dónde va?
—Las espirales son el laberinto. Haz girar el eje y abrirás la puerta.
—¿El eje? —El eje somos nosotros. Nosotros somos el mercurio y la poesía.
Théo sacó el disco de la bolsa y Ginebra lo cogió y leyó, impaciente, los signos. Nunca había visto a Ginebra en ese estado.
—Son versos… Solo los versos llevan a la visión fugaz del otro lado. Hay que saber nombrarlos desde las claves que nos ha dado el Critias . ¡Los signos son versos!
Théo pensó que definitivamente el calor estaba afectando a Ginebra. Trató de abrazarla, pero ella se soltó, empeñada en leer el disco. Sudando a chorros, tocaba los signos con los dedos y murmuraba, cerrando los ojos.
—Gin, ni siquiera Ian ha sabido descifrar eso…
Théo se echó las manos a la cabeza y miró a su alrededor. No quedaba nadie allí, la subida repentina de la temperatura había expulsado a todos, excepto… Al otro lado del recinto alguien los observaba.
—¡Gin! —dijo agarrándola del brazo—. Esos hombres… van vestidos como los nazis… ¡Son ellos!
Ginebra se soltó, le miró con los ojos llenos de lágrimas, con esa mirada urgente y a la vez lejana que parecía estar más allá del presente, negando con la cabeza.
—Son las sombras. Las sombras…
Théo se volvió y vio una sombra alargada que se hacía cada vez más oscura. De pronto, todo el espacio soleado comenzaba a teñirse de oscuridad.
—Es ahora. ¡Es ahora! —gritó Ginebra—. ¡Coge el disco! ¡Vamos, antes de que lo olvide! ¡Lo he visto!
Théo, estupefacto, no podía dejar de observar cómo la oscuridad avanzaba lentamente, adueñándose de la tierra.
—¡Gin, te lo ruego, vámonos! —pidió Théo.
—¡Théo! —exclamó ella abriendo los ojos y clavándolos en sus pupilas con una seguridad que parecía venir de algo más allá del tiempo—. Necesito que me veas. Necesito que recuerdes quién eres. ¡Confía!
Théo guardó silencio y miró fijamente a Ginebra. Asintió con determinación y tomó el disco con las dos manos.
Ginebra comenzó a hablar. Lo que decía le resultaba incomprensible, lo pronunciaba cada vez a mayor velocidad.
Mientras percibía la intensa vibración del disco, Théo creyó escuchar, a lo lejos, una especie de canto, una música lejana.
De pronto, vio las antorchas y a los antiguos habitantes de aquel lugar. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Vio cómo se acercaban, a través del recinto, los hombres de Lucius. No necesitó mirar, simplemente los veía. Y vio lo que había ocurrido en Festos siglos atrás.
En ese instante, como si se tratara de un cometa, cayó junto a ellos una rama prendida de fuego.
El fuego comenzó a extenderse rápidamente, rodeando las piedras del antiguo anfiteatro, escondidas bajo la maleza, trazando formas laberínticas en el camino por el que Ginebra había dicho que pasaban las procesiones minoicas con antorchas. No tardó en rodearlos.
Escuchaba a Ginebra, pero también a las personas que había con ellos, veía su dolor, lo sentía. La tierra se estaba desvaneciendo.
Las llamas crecieron, se conformó una gigantesca estructura de fuego en torno a ellos.
Todo Festos parecía haberse transmutado en un laberinto ígneo.
Ginebra siguió pronunciando los versos una y otra vez.
La brecha en el continuo estaba abierta.
Entonces lo vio: aquello no era un teatro, era una especie de altar junto al laberinto.
Y la lira se volvía líquida, se hacía plateada y después azul, se disolvía en la tierra, en las entrañas del disco y en su propia piel, en sus venas.
«¿Tenemos que llegar al centro?», preguntó Théo. Y se dio cuenta de que no había movido los labios.
«Ya estamos en el centro», respondió Ginebra, sin hablar.
Un sonido de caballos se entrelazó con gritos y con lo que parecía una tempestad. La gente corría, Festos estaba en llamas. Ginebra y Théo vieron cómo enterraban el disco. «Ellos lo sabían, por eso lo enterraron. Conocían su poder».