Capítulo 21 La casa del reloj de sol #3
Ahora sabía que lo que los poderosos perseguían con tanta voracidad, la razón de tanto oscurantismo, era una pieza de descomunal valor que databa de tiempos más antiguos de los que podían registrarse.
Se consideraba el verdadero disco de Festos, pues el del museo de Heraclión era, al parecer, una de las copias que se habían realizado en barro, junto con otras no recuperadas, repartidas por el mundo, y que no tenían las propiedades que la pieza original poseía.
Ese tal Nikolas Schenk provenía de una saga de empresarios, médicos y farmacéuticos, sumamente poderosa, de origen suizo, vinculada con prácticas que vulneraban el juramento hipocrático, como la creación de venenos en Baviera y de experimentos ilegales en el subsuelo de San Gotardo que aún se investigaban en secreto, aunque, dada la impunidad de los sospechosos, no serviría de nada.
En los apuntes de Renaud quedaba clara la secuencia de acontecimientos: los Schenk cobijaron a los Stver cuando estos fueron expulsados de Patara.
El disco se perdió en las aguas negras de Enlil, en Patara.
No pudo ser recuperado hasta mucho tiempo después, cuando Nikolas viajó allí con Koch.
En la línea siguiente ponía algo así como «esa bestia podía adoptar otras formas», pero le pareció que sería una especie de delirio, pues no tenía relación con lo que estaba narrando.
«¿Y por qué “no pudo ser recuperado” antes el disco?», se preguntó Claire, «¿quizá por la consistencia del terreno?».
Nikolas utilizó la reliquia, gloriosamente rescatada, para hacer diferentes experimentos.
Renaud apuntaba algo incomprensible sobre una reacción química necesaria y un código.
Tras la muerte de Nikolas, Koch había visto una forma jugosa de enriquecerse gracias a la reliquia.
Se propuso investigarla, extraer la máxima información posible y venderla a los nazis.
Claire se tumbó boca abajo en el suelo, sobre los recortes y volvió a revisar, una vez más, el cuaderno de Renaud Lambert mientras mordisqueaba el bolígrafo.
Buscó con el dedo índice las referencias sobre ese misterioso personaje egipcio al que mencionaba numerosas veces.
Según el relato de Renaud, aunque la antigüedad era aún mayor, los primeros signos que se tenían de la existencia del disco databan del imperio del faraón Djeser, quien, al no poder manejarlo, lo había escondido en la pirámide de Saqqara, custodiado por varios guardas, en torno a 2. 600 años antes de Cristo.
Renaud aseguraba que Djeser contaba con un hombre de confianza, alguien que se había criado con él y era su mano derecha.
En este punto, introducía textos que había copiado de alguna referencia histórica: «Se decía que ambos eran tan crueles que gozaban con la tortura, pues de esa manera habían sido educados por los impíos antecesores de Djeser.
Ambos practicaban rituales oscuros y enterraban vivos a los esclavos».
El extraño personaje decidió traicionar a Djeser robando el disco de su custodia en la pirámide, tras matar a todos los guardas, para hacerse con el poder absoluto.
Claire buscó página por página, hasta que encontró las referencias a su estatus poderoso, a su huida de Egipto, a su cultivo de una magia negra primitiva.
—Así que vendiste tu alma al diablo, ¿eh, amigo egipcio? —murmuró Claire, que estaba agotada de días de trabajo e investigación constante, pero sencillamente no podía parar de leer.
Por alguna razón, el científico se había obsesionado con la búsqueda de información sobre el personaje, de quien, sin embargo, no figuraba nombre alguno. Anotaba dónde había sido visto tras la huida. Aparecían datos como «Patara» y «yacimiento de Jarmo», pero eran apuntes sueltos.
—Vamos, dime tu nombre —susurró mientras mordía su sándwich.
De pronto, reparó en que, en la siguiente página, había una fecha rodeada varias veces con un rotulador rojo: 2658 a.
C. Al lado, Renaud constataba que el personaje egipcio había sido encontrado muerto en la península de Anatolia, al parecer en un «gran río de profundos torbellinos, que los dioses llaman “Janto” y los hombres “Escamandro”».
La palabra «muerto» estaba en mayúsculas y se repetía varias veces, subrayada hasta la saciedad.
En la otra página se repetía «Khadim» y había confusos apuntes sobre diversas identidades. Al lado, señalaba: «Llevaba el signo de los siervos de Enlil. Y lo grabó en los que le siguieron, los Stver, los Sombra…». Claire ató cabos mentalmente.
—Dios mío, Ginebra —dijo, retirando el plato del sándwich, sin dejar de contemplar esas últimas palabras—. Dónde te has metido.
«Lo llamaban el signo del vacío. En armenio: Datark».
—¿Es ese tu nombre? —musitó Claire.
Uno de los troncos de leña que ardían en la chimenea crujió de forma extraña y ella giró la cabeza. Las llamas se reflejaron en sus grandes ojos azules. Se volvió y siguió leyendo.
Un poco más abajo en la esquina del cuaderno, en letras torcidas, como si lo hubiera escrito delirando, una última anotación que le sorprendió aún más por el tiempo verbal empleado: «He visto su verdadero rostro».