El cabaret del infierno Capítulo 21 La casa del reloj de sol #2
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Capítulo 21 La casa del reloj de sol #2

Algunos de ellos iban vestidos como a principios de siglo, con el traje de chaqueta negro y el bigote típico de principios del siglo XX ; otros, como en el siglo XIX .

Dos mujeres, vestidas con el atuendo de los años veinte y bandas de colores sobre el pelo corto, le sonrieron desde un mueble bar con varias vitrinas y múltiples opciones de bebidas.

La casa estaba en todo su esplendor, se veían los atrevidos decorados en el techo y las paredes, las lujosas lámparas modernistas, extrañas figuras geométricas y símbolos herméticos tallados en muebles y mesas, cenefas doradas, retratos colgados en la pared, todo se estaba estrenando, y esas personas parecían estar celebrándolo.

Sobre el enorme espejo que presidía la pared colgaba un letrero art déco : «Gloria a Enlil».

—¡Por el advenimiento de Enlil! —dijo uno de los caballeros elevando su copa.

—¡Por el advenimiento! —respondió el otro.

Ambos brindaron. Las mujeres bailaban, se cruzaban unos con otros con la mayor naturalidad, recorriendo la estancia.

En la escalera, ahora resplandeciente, con barandillas doradas y pomos adornados con esmeraldas, unos músicos tocaban bajo la brillante lámpara que refulgía en todo su esplendor art déco .

En el rincón derecho, sentados en enormes sofás de terciopelo azul, un grupo de personas conversaban animadamente.

Sus atuendos no eran de los años veinte, sino mucho más antiguos.

Aquella gente parecía haber salido del siglo XIII .

Junto a ellos, madame Lamartine se transformaba en otra mujer, y después en un joven.

Había varias personas vestidas igual que el egipcio.

Con sorprendente lucidez, Crowley hizo un rápido cálculo mental: imperio egipcio de Dyeser, tercera dinastía, así iban vestidos.

Recordó inmediatamente las palabras de Orsic: «A través de Djeser llegó, desde una civilización perdida…

». Ahora sabía, con abrumadora certeza, que el culto a Enlil y a Moloch se remontaba aún más allá de los hititas, al igual que la reliquia.

Pero ¿qué papel representaba el egipcio?

Moreau, acompañado de su hija y su mujer, le miraba.

De pronto supo de qué forma los descubrimientos de Moreau les habían servido a los Stver para traer a Datark, al nuevo Enlil, hijo de Tarhun, al mundo de los vivos, y qué otros descubrimientos habían ayudado a los Stver en Lucerna, en el empeño de cerrar un círculo abierto desde tiempos inmemoriales.

Moreau no había sido el único que había hecho un pacto con el diablo.

Las luchas de poder se habían sucedido a lo largo de eones, desde las civilizaciones perdidas, pasando por la época de los faraones, el Medievo, el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Vio las traiciones, las endogamias, los rituales, la expulsión de los Stver de Patara, los laboratorios de Lucerna…

Vio la dilución de cada una de esas personas en muchas otras.

Porque sí, ahora lo sabía, lo sabía, como si un rayo acabara de atravesarle el pecho. Todos ellos eran uno.

En ese momento, en una especie de espejismo abismal, los cuerpos, entre risas y murmullos incesantes, conformaron una misma figura geométrica que, ante sus desconcertados ojos, tomó la forma del egipcio.

Algo en su estómago se soltó, el cuerpo le dio la vuelta y sintió unas ganas incontenibles de vomitar. Corrió, escaleras arriba, al baño, mientras todo se difuminaba a su alrededor. Buscó el baño, pero no sabía dónde estaba. Vomitó sobre un suelo invisible. Iodo era oscuridad.

A gatas, primero, luego sosteniéndose a duras penas, se abrió paso entre unos muebles que sin embargo no lo eran.

Recorría un pasillo estrecho en el que, a ambos lados, enormes estanterías se multiplicaban, adquirían formas romboides, se alargaban en el espacio y el tiempo.

Libros prohibidos, ediciones perdidas, secretos de diferentes culturas, antiguos conjuros, respuestas a infinitas preguntas.

Todo se daba al mismo tiempo, mientras las formas geométricas mutaban y se reproducían a varios niveles por los que él transitaba sin moverse.

«Me voy a volver loco», pensó Crowley. Todo lo que deseaba estaba allí, al alcance de su mano.

Pero por un momento temió quedarse encerrado en esa angustiosa sucesión fractal, en el sueño de otro sueño.

Una figura alargada y oscura señaló una puerta desdibujada en un fondo oscuro.

—Has elegido.

—¡No he elegido! —replicó Crowley, preso de un mareo intenso y desquiciante.

La puerta se hizo más grande y ancha ante él. Supo que sí lo había hecho. Había elegido. Y supo muchas más cosas sin necesidad de que nadie se lo explicara. La puerta era la de la casa de Moreau. Y, en realidad, él había estado siempre dentro.

* * *

Berlín, Mitte

—Cesare, espero que comprendas que estoy teniendo una deferencia contigo —dijo Hess, desde el otro lado de su imponente mesa de trabajo, perfectamente ordenada, sin disimular su indignación—.

Durante meses no he sabido nada de ti y, de pronto, te presentas aquí para decirme que la clave es… el disco de Festos.

—Rudolf, insisto en que, lamentablemente, mi telegrama no llegó a tu despacho…

No recibí respuesta alguna. Ignoro por qué, pero dispongo de los registros de envío —dijo Cesare extrayendo de su bolsillo los resguardos y poniéndolos sobre la mesa de Hess—.

Te he trasladado con absoluta fidelidad las informaciones obtenidas por la Ahnenerbe, y espero que no albergues ninguna duda respecto a mi honradez.

Todas las líneas trazadas llevan al disco de Festos.

He sido fiel a nuestra causa, a nuestra Hermandad.

Aquí están los informes de mis comprobaciones —señaló dejando una carpeta gris sobre su mesa—. Si no te interesa, me iré.

Hess vaciló unos instantes. Finalmente, asintió.

—Han sido meses duros, Cesare. La guerra nos mantiene realmente ocupados.

Por eso es necesario darle un impulso a Tür.

Ya sabes que trabajamos con los mejores geomantes, así que, cuando esté en nuestras manos ese disco del que hablas, y me aseguraré de que así sea, haremos las comprobaciones adecuadas en los escenarios elegidos.

Durante estos meses hemos intentado averiguar el paradero de la reliquia en diferentes localizaciones, sin resultado alguno, de modo que debo agradecerte tu información.

Aunque Lucius está siguiendo una pista en Grecia, ha desplazado a efectivos allí y tiene policía encubierta.

Por cierto, hemos tenido noticia de movimientos…

poco habituales en la alta sociedad. Obviamente sabemos que puede haber gente poderosa interesada en conseguir la pieza, al igual que nosotros, ¿sabes algo de eso?

Cesare negó con la cabeza.

—En cualquier caso, Crowley está investigando sobre ello.

Cesare se mordió la lengua, de lo contrario le hubiera dicho a Hess que existía toda una estructura de alquimistas, magos, médicos, financieros, empresarios y Dios sabía qué más, que querían cerrar su propio círculo a través de la pieza y habían perpetrado el advenimiento de una especie de anticristo.

Solo deseaba que Lucius no diera jamás con el paradero de esa pieza.

Buscó una excusa para despedirse, se colocó el sombrero y la capa y se dispuso a regresar a un París golpeado por la guerra y que, probablemente, ya no lo adoraría nunca más.

Solo en el despacho, Hess ojeó con avidez los informes de Cesare y realizó una rápida llamada a Haushofer.

—Escucha, voy a presionar para que la fase de Creta se adelante… Sí, exacto, la Operación Mercurio. Ya te explicaré. Programa la fecha del ritual. Hablaremos pronto.

* * *

París, Montmartre, Place du Calvaire, mansión Moreau

Cuando Crowley despertó, la luz del amanecer se colaba por las estrechas rendijas de las persianas torcidas que permanecían bajadas de forma permanente.

Pestañeó varias veces. Poco a poco, todo a su alrededor cobró nitidez.

La casa estaba tan polvorienta y abandonada como cuando había entrado en ella de madrugada.

Moreau, desde la oscuridad del final de la escalera, le observaba. Le pareció que empatizaba con él y, a la vez, le compadecía. Sintió rabia. Por un momento, distinguió a Lamartine detrás de Moreau, junto a él, en él.

Percibió tantas cosas al mismo tiempo que tuvo que cerrar los ojos y se puso una mano en el corazón. Respiró hondo. Se sentía perfectamente bien y, al mismo tiempo, como si le hubieran golpeado; estaba tranquilo y nervioso, formidablemente fuerte y débil. No comprendía nada.

—Se acostumbrará —le dijo el egipcio, con su desagradable sonrisa, abriendo la puerta. Crowley no pudo evitar sobresaltarse, juraría que él no estaba allí cuando despertó.

—Y por supuesto, todo lo que he visto fueron alucinaciones —ironizó.

—No sé a qué se refiere.

—¿Y qué hay de la reliquia? ¿Dónde la guardan?

—Hace usted demasiadas preguntas, Crowley. A su debido tiempo, algunas de ellas tendrán respuesta. Acompáñeme. Tenemos cosas que hacer —dijo el egipcio sin perder un ápice de su seguridad.

Crowley pensó que pronto serían ellos los que le siguieran.

Le excitaba estar al borde del poder secreto más estremecedor del que la humanidad sería testigo.

Cuando estaba atravesando el umbral de la puerta, percibió un sobrecogedor llanto de bebé que llegaba desde algún lugar en el piso de arriba. Sonrió.

* * *

París, Montmartre

Claire, sentada en el suelo, a la luz de una lámpara de mesa, esparció sobre la alfombra, junto a los platos de la cena, todos los recortes, entrevistas, informes y demás documentación que había recopilado respecto al caso Koch, sin que sus superiores se enterasen.

Se le caería el pelo si supieran que había entrevistado a testigos supuestamente «inexistentes» o que había investigado un Código Cinco.