El cabaret del infierno Capítulo 21 La casa del reloj de sol
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Capítulo 21 La casa del reloj de sol

La casa del reloj de sol

París, Place du Calvaire

Crowley caminó despacio hacia la casa situada en la cumbre de la pendiente más pronunciada de Montmartre, bajo unos pinos abandonados que ya no olían a nada.

Todos conocían la casa del reloj de sol, la mansión Moreau.

Era propiedad de uno de los antiguos miembros de la Sociedad Teosófica, un oscuro médico alquimista retirado desde hacía años, a causa, se decía, de una depresión provocada por la muerte de su hija.

Allí le había citado ese extraño egipcio, poniendo final a su conversación en la taberna cercana al Moulin Rouge, sin más explicaciones.

Probablemente, ahora sí, este era el camino hacia los Stver y todo lo que representaban.

No podía decirle nada de esto a nadie, desde luego no a Hess ni a Haushofer, a quienes daba solo las migajas.

Seguiría los pasos que le indicara ese siniestro maniquí con túnica, hasta que confiaran en él y entonces pisaría el acelerador y comenzaría con la estrategia final.

Dejaría que esos imbéciles siguieran reverenciando a sus criaturas, si es que existían.

Dentro de poco, él sería el único ídolo.

La entrada era reconocible únicamente gracias a los célebres búhos de piedra que, en otro tiempo, habían hecho las delicias de los paseantes.

El abandono se hacía evidente en las manchas de humedad de los muros principales y en el espeso polvo que cubría las ventanas.

En el frontal, el reloj de sol había quedado oculto por los pinos que, desordenados, engullían la fachada principal y hacían que la espesa polvareda de los cristales no llamara la atención.

En los dorados años veinte, cuando el esplendoroso jardín estaba cuidado y los símbolos herméticos de la puerta principal eran visibles, Víctor Moreau era uno de los médicos de mejor reputación de París.

De alta cuna, bien parecido y con un matrimonio burgués que lo había elevado a la gloria económica y social, su coqueteo con lo esotérico se consideraba parte de su atractivo.

Su inmersión en la oscuridad empezó después, cuando una enfermedad más cruel que el mismo diablo retorció los huesos de su hija como si fueran barro y la dejó postrada en una cama.

Se dice que, por las noches, los aullidos de dolor de la joven reverberaban en todas las paredes de la casa.

Cuando las más altas instancias de la medicina se mostraron inútiles y su esposa cayó en la desesperación, Moreau decidió tratar a su hija con mezclas alquímicas que elaboraba en el sótano de su propia casa.

Crowley sabía, por testimonio fidedigno de un amigo común, que aquellos brebajes nunca consiguieron su verdadera finalidad, pero sí produjeron determinadas mutaciones en el cuerpo de la niña, como por ejemplo que el color pálido de la piel tornara hacia un tono grisáceo y que sus venas se volvieran protuberantes, convirtiéndola en una especie de monstruo.

Los últimos días de Charlotte Moreau fueron especialmente estremecedores.

Sin fuerzas para gritar, su espalda retorcida y combada y sus extremidades contraídas la redujeron a un bulto siniestro bajo las mantas.

Murió en posición fetal, con los ojos desorbitados de dolor.

Ni siquiera pudo tener paz en esos últimos instantes.

Después de aquello, Moreau dejó de comunicarse con sus amigos y se recluyó en la casa.

La mayoría de la gente dijo que había perdido la cordura y, poco a poco, la caprichosa sociedad parisina se olvidó de él.

Crowley se acercó hasta la verja principal y observó la extraña arquitectura de la casa, semiluminada por algunos candiles que le daban a la fachada un aspecto aún más siniestro.

Las vidrieras ambarinas de la enorme puerta verdosa estaban diseñadas para mutar según la luz y, ahora, en medio de la oscuridad, refulgían, como si fueran los amenazantes ojos de un felino o de una serpiente.

—Ya no es lo que era, pero sigue resultando imponente, ¿verdad, monsieur Crowley? —dijo alguien cuya voz le resultó familiar. Se dio la vuelta, sobresaltado. Tras él estaba aquel extraño individuo egipcio, ataviado con túnica y capa negra.

—Vaya, ya le echaba de menos después de nuestra fiesta del otro día.

El egipcio abrió la verja sin necesidad de llaves. Antes de entrar, miró fijamente a Crowley.

—¿Está usted seguro de que realmente me vio? —dijo, esbozando una sonrisa inquietante. Con suavidad, se deslizó hacia el descuidado jardín interior.

—Sígame —murmuró.

Crowley se llevó la mano al bolsillo de su abrigo y comprobó que llevaba la pistola. Lo siguió hasta la puerta de la casa. El egipcio llamó tres veces con la aldaba.

—Oiga, no me ha dicho usted su nombre —exigió Crowley.

—No le hará falta saber mi nombre. Y tampoco le hará falta la pistola que lleva en el bolsillo.

Crowley se preguntó cómo demonios lo habría sabido.

La puerta se abrió con un desagradable chirrido y entraron.

El interior de la mansión resultaba tan sombrío, decadente y misterioso como el exterior.

Apenas una mesa redonda, una cómoda extremadamente antigua y unas sillas modernistas desvencijadas, llenas de polvo, poblaban el salón en penumbra que olía a humedad.

La lámpara, envuelta en telarañas polvorientas, en la que solo dos velas permanecían encendidas, se balanceaba colgando del techo oscurecido por las manchas de humedad.

Las escaleras finalizaban en una oscuridad densa e intrigante.

Los escalones crujieron cuando Víctor Moreau surgió de ella como un espectro y comenzó a descender, llevando un candelabro en la mano.

Sus cabellos aceitosos y grises, el rostro prematuramente envejecido, sembrado de arrugas profundas, y sus anteojos espesos contribuían a la imagen de mendicidad que proyectaba aquel hombre que, en los felices veinte, había sido una de las figuras más elegantes de la Ciudad de la Luz.

Moreau instaló el candelabro en el centro de la mesa. No le dirigió una palabra.

El extraño andrógino se quitó la capa, dejando ver una túnica blanca y dorada, tomó asiento y le indicó a Crowley que se sentara. Él volvió a reparar en el indescifrable signo que llevaba tatuado en el cuello.

—Ese signo que…

—¿Quiere usted beber algo, Crowley? —interrumpió el egipcio, con su desagradable sonrisa.

—Lo que beban ustedes, estimado amigo —respondió.

Debía procurar seguir todos los pasos, todo lo que ellos estipularan, pero mantener la conciencia en todo momento.

Moreau colocó unos vasos azulados con extrañas formas romboides sobre la mesa vacía y polvorienta, junto al candelabro.

Crowley pudo comprobar que sus ojos estaban perdidos en un horizonte que solo él conocía; un débil destello, instalado en esa fina línea que separaba la cordura de la locura, los iluminaba de una forma inquietante.

Moreau murmuró algo para sus adentros, se alejó hacia la oscuridad del final del salón y regresó con una especie de vasija.

Vertió un líquido negruzco en los vasos romboides, pronunciando una especie de mantra en un idioma que, a Crowley, una vez más, le pareció armenio antiguo.

Había estado investigando ese idioma desde el día del ritual en Ferrières-en-Brie, y había logrado retener unas cuantas palabras, pero, aun así, solo pudo traducir algo semejante a «danos tiempo».

«¿Danos tiempo? —se preguntó—. ¿Qué podía querer decir? ».

El hombre de la túnica bebió el primer trago. Después lo hizo Moreau. Ambos miraron fijamente a Crowley, que no dudó en beber.

—Bebemos las aguas negras de Enlil para recibir a su encarnación, Datark —dijo el hombre de la túnica, invitando a Crowley a que apurase el vaso. En su mirada había una especie de agresividad subyacente. Crowley, sin dejar de mirarle a los ojos, bebió lo que quedaba.

El asqueroso sabor a aguas subterráneas, a algas y a lodo le revolvió el estómago.

Sobre ellos, la lámpara se balanceaba de forma extraña, como si una fuerza externa la empujara. Se preguntó si ya habría empezado a alucinar.

Ambos hombres pusieron las manos en paralelo sobre la mesa y Crowley los imitó.

El rostro del hombre de la túnica cobró una forma siniestra, dos sombras se dibujaron bajo sus pómulos.

Los ojos pintados se volvieron más rasgados aún, con un ribete conjuntivo rojizo sobre las ojeras.

Los dientes, negruzcos por el jugo negro, se estrecharon y se afilaron.

En medio del juego de luces y sombras de la lámpara y las trémulas velas del candelabro, su rostro parecía una aparición subliminal que se dibujaba y desaparecía en cuestión de segundos.

En una de esas fugaces apariciones, el rostro se mostró completamente pálido, cadavérico; los ojos abiertos, los labios replegados sobre los dientes, la mirada llena de rabia, como una fiera a punto de atacar.

Crowley recordó la mirada agresiva, corroída de maldad de Datark, en la que también residía, muy al fondo, el miedo, un miedo atávico, ancestral como el hambre.

La misma mirada que había percibido en Lamartine.

Crowley ahogó un grito de terror. La lámpara se detuvo y las velas dejaron de temblar.

La cara del hombre de la túnica comenzó a reflejar un sinfín de rostros que desconocía, los colores de los elementos de la casa se estaban mezclando. La atmósfera tenía un velo pajizo, como si estuviera mirando a través de una cámara sobre cuyo objetivo alguien hubiera puesto una media marrón.

De pronto, algunas de las personas que fugazmente había visto reflejadas en el rostro de aquel hombre estaban de pie ante él, moviéndose por el salón, como si fuera un efecto óptico.

—¿Qué coño me habéis dado? —murmuró.