El cabaret del infierno Capítulo 20 Ocho pétalos #3
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Capítulo 20 Ocho pétalos #3

—Jack es de los románticos, de los que se enamoran. Y es una persona realmente especial.

Marguerite miró a Jack y ambos se sonrieron.

Los pensamientos enfrentados, las dudas, el miedo, comenzaron a hacer ruido en su mente, pero los silenció y trató de serenarse.

Con Jack se sentía fuerte. Ahora, el opio con el que tantas veces había pensado adormecerse hasta desaparecer se estaría pudriendo en alguna de las cloacas de París.

Todo eso estaba ya tan lejos de ella que le parecía un mal sueño.

Quería que fuera un mal sueño. Se preguntó qué estaría haciendo Cesare y si alguna vez pensaría en ella.

Ahora, ya tendría su conciencia tranquila.

—¿Sabes, Em? Marguerite baila muy bien —dijo Jack, tomando asiento junto a ellas. Apenas cabía entre el pequeño asiento y la mesa, dada su estatura—. El otro día fuimos a bailar. Fue genial.

—No… No, no. No, no… no tengo estudios… No he estudiado baile. No he estudiado nada… —dijo Marguerite.

Jack sonrió.

—El otro día estuvimos hablando de que bailar es como volar. Y ella vuela.

Marguerite miró fijamente a los ojos de aquel músico que tenía una mirada transparente y fascinante, la piel de ébano y las manos grandes y cálidas. Sentía tantas ganas de llorar de emoción que no sabía si podría contenerse.

—Lo pensaré —dijo, riéndose, ruborizada—. Para ti sí bailaría, Jack…

—No. Debes hacerlo para ti misma —dijo Jack. Sonrió y le dio un beso en la mejilla—. Besos de estrella.

—¿Qué?

—Tus pecas. Me encantan. Son besos de estrella.

Marguerite se tapó la cara con las manos y sonrió.

Algunos hombres le habían sugerido darse baños de leche con esponja de lufa para quitarse las pecas.

A Lucius le daban asco. La había llamado «pecosa psicótica».

Todavía podía sentir el olor desagradable de su aliento, sus caricias ásperas, su violencia.

Jack jamás la había tratado de aquella forma.

Emmeline los miró a los dos con una sonrisa.

—Bueno, el club va a cerrar, pero ¿qué tal si seguimos la fiesta en mi casa? Tengo una amiga americana que espera una buena despedida de París, así que…

—¿Qué te parece, Marguerite? —le peguntó Jack.

Marguerite los miró sorprendida. No estaba habituada a tomar decisiones, ni a que alguien considerase lo que tenía que decir.

—Oh, sí, claro, claro…

Al salir del club, el amanecer, de un extraño color ceniza, le confería a la nieve acumulada en las calles un tono triste y hosco. Todos se cerraron los abrigos y caminaron deprisa.

—¿No hace demasiado frío para esta época? —preguntó uno de los músicos de la banda de Emmeline.

—En París siempre hace frío… —dijo Emmeline.

—Pero no tanto —corrigió Jack—. Yo he vivido aquí toda mi vida, y esto es muy extraño. Parece que estamos en enero.

—Bueno, así, quizá vea nevar por primera vez —dijo la amiga americana de Josephine, riendo.

—Por mí puedes quedarte con toda la nieve de París, Debbie. La palabra lo dice: «Invierno, infierno» —dijo Jack.

—¡Qué exagerado! La nieve tiene su encanto. En Los Ángeles la echamos de menos.

Los miembros de la banda siguieron hablando del clima mientras Jack se quedaba atrás con Marguerite. Ella le cogió la mano.

—Nos buscaremos problemas, Marge —dijo Jack, fijándose en cómo les miraban los que se cruzaban con ellos—. No quiero que tengas problemas por mi culpa.

—No me importa, Jack, no me importa eso —repuso ella sonriendo. Jack la besó en la frente. Emmeline y su amiga Debbie, en la oscuridad de la noche, por aquella calle poco transitada y, sin que nadie se diera cuenta, se habían dado la mano.

—Marguerite —empezó él—. Toda mi vida he estado esperando que aparecieras.

—Jack, por favor, dime que lo dices de verdad…

—¡Claro que es verdad! ¿Crees que miento?

—No, tú no… no mientes… Sé que no mientes. Jack, yo… desde que estoy contigo ya no estoy siempre hecha un lío, ya no tengo ese ruido horrible en mi cabeza.

—No es por mí, es por ti. Has pasado por cosas muy duras.

Pero tú eres inteligente, eres valiosa y eres más fuerte de lo que crees, y lo has demostrado.

Un día descubrirás tu fuerza, Marguerite.

Mi margarita —añadió, trazando con el dedo índice caminos entre las pecas que surcaban su rostro—, al fin un sueño que se ha hecho realidad.

Ambos se abrazaron y, mientras él le limpiaba las lágrimas y la tranquilizaba con su mirada serena, oscura y agradable, Marguerite sintió que el amor no era algo que solo sucediera en las películas.

No le importaban las miradas de desaprobación de los demás.

Sí, quizás era posible, quizá pudiera llegara estar en paz consigo misma.

Y a lo mejor podría llegar a ser cantante, y bailar.

Le pareció que lo que había vivido, desde su infancia en el burdel hasta el horrible nacimiento de aquella criatura, era un mal sueño, una suerte de pesadilla que iba desapareciendo entre suaves brumas, mientras las luces de las farolas iluminaban su rostro, que ya no le parecía feo porque estaba surcado de besos de estrella.